31 agosto 2010

Cazadores de sombras. Ciudad de hueso - Cassandra Claire

Cazadores de sombras es el título de la trilogía que se inicia con Ciudad de hueso: una fantasía urbana poblada por vampiros, demonios, hombres lobo, hadas, auténtico romance y acción explosiva.
En el Pandemonium, la discoteca de moda de Nueva York, Clary sigue a un atractivo chico de pelo azul hasta que presencia su muerte a manos de tres jóvenes cubiertos de extraños tatuajes.
Desde esa noche, su destino se une al de esos tres cazadores de sombras, guerreros dedicados a liberar a la tierra de demonios y, sobre todo, a combatir a Jace, un chico con aspecto de ángel y tendencia a actuar como un idiota...

30 agosto 2010

Las Valkirias - Paulo Coelho


Comentario
Un hombre y una mujer, motivados por una búsqueda espiritual, viajan hacia la aridez y el supuesto vacío del desierto de Mojave. A lo largo de cuarenta días, rodeados de dudas y tentaciones, entrarán en contacto con sus más íntimos conflictos y cuestionamientos.
Paulo Coelho advierte que éste ha sido un libro difícil de escribir porque revela episodios y sentimientos de su propia vida; porque dudaba poder narrar esta historia y porque marca la frágil distancia entre la tradición mágica a la que pertenece y el hombre que realmente es.

29 agosto 2010

Biografía de un superhéroe - Zambayonny


Marea presenta el primer libro del reconocido músico y poeta Zambayonny.
Con un humor delirante, ingenuo y vertiginoso, Zambayonny construye su primera novela a la manera de los antiguos folletines, pero con la sensibilidad contemporánea que lo hizo famoso a través de sus canciones.
Karmelo Restelli es un hombre sencillo que esconde, sin saberlo, un asombroso don.
La noche que la mujer de su vida se casa con otro hombre, se escapa durante la fiesta de casamiento y emprende un viaje iniciático sin fronteras claras entre la vigilia y la realidad.
Exactamente en la vuelta opuesta a su punto de partida conoce a Morresi, un uruguayo alcohólico en recuperación que vive exiliado en Inglaterra desde hace muchos años y que sólo lamenta haber perdido los poderes sobrenaturales que alguna vez lo hicieron popular.
Juntos enfrentan a extraterrestres, narcotraficantes, paisanos de a caballo, fantasmas, hombres mono, hombres rata, marineros japoneses y hasta vecinos enojados.
Una historia de antihéroes que promete convertirse en la primera entrega de una saga en la que el cantautor y escritor ofrece su particular visión de lo que es un superhéroe.
Ilustrado por Daniel Caporaletti.

28 agosto 2010

La Banda del Ciempiés - Mario Levrero

Solapa

Mario Levrero nació en Montevideo en 1940 y falleció en la misma ciudad en 2004. Fue librero, guionista de cómics, humorista, creador de crucigramas y juegos de ingenio, y autor de una extensa obra literaria que abarca el cuento, la novela y el ensayo. Escritor de culto y casi secreto, en los últimos años se ha convertido en maestro y referente imprescindible para gran parte de la mejor literatura latinoamericana actual.

Contratapa

Un aterrador muñeco con la apariencia de un gigantesco gusano, formado por una cincuentena de hombres cubiertos por una tela, provoca pánico en la ciudad y obliga al detective privado Carmody Trailler a entrar en acción. Smithe Andrews, el jefe de policía, intuye que esta peligrosa banda de delincuentes es de inspiración china, y ordena una redada que desencadena una serie de peripecias diplomáticas, secuestros, complots, persecuciones, venganzas y represalias entre países. Esto es apenas el disparador de La Banda del Ciempiés, una delirante novela de aventuras en la que la mezcla de géneros, el humor, las digresiones y los desvíos se combinan magistralmente, para dar forma a un universo vertiginoso donde Mario Levrero encuentra, una vez más, una salida radiante e inesperada.

25 agosto 2010

Primera Parte
1
En el siglo XVIII vivió en Francia uno de los hombres más geniales y abominables de una época en que no escasearon los hombres abominables y geniales. Aquí relataremos su historia. Se llamaba Jean-Baptiste Grenouille y si su nombre, a diferencia del de otros monstruos geniales como De Sade, Saint-Just, Fouchè Napoleón, etcétera, ha caído en el olvido, no se debe en modo alguno a que Grenouille fuera a la zaga de estos hombres célebres y tenebrosos en altanería, desprecio por sus semejantes, inmoralidad, en una palabra, impiedad, sino a que su genio y su única ambición se limitaban a un terreno que no deja huellas en la historia: al efímero mundo de los olores.
En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata, las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre, las curtidurías, a lejías cáusticas, los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo, el oficial de artesano, como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera y, si, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de algún hedor.
Y, como es natural, el hedor alcanzaba sus máximas proporciones en París, porque París era la mayor ciudad de Francia. Y dentro de París había un lugar donde el hedor se convertía en infernal, entre la Rue aux Fers y la Rue de la Ferronnerie, o sea, el Cimetiére des Innocents. Durante ochocientos años se había llevado allí a los muertos del hospital H4tel-Dieu y de las parroquias vecinas, durante ochocientos años, carretas con docenas de cadáveres habían vaciado su carga día tras día en largas fosas y durante ochocientos años se habían ido acumulando los huesos en osarios y sepulturas. Hasta que llegó un día, en vísperas de la Revolución Francesa, cuando algunas fosas rebosantes de cadáveres se hundieron y el olor pútrido del atestado cementerio incitó a los habitantes no sólo a protestar, sino a organizar verdaderos tumultos, en que fue por fin cerrado y abandonado después de amontonar los millones de esqueletos y calaveras en las catacumbas de Montmartre. Una vez hecho esto, en el lugar del antiguo cementerio se erigió un mercado de víveres.
Fue aquí, en el lugar más maloliente de todo el reino, donde nació el 17 de julio de 1738 Jean-Baptiste Grenouille. Era uno de los días más calurosos del año. El calor se abatía como plomo derretido sobre el cementerio y se extendía hacia las calles adyacentes como un vaho putrefacto que olía a una mezcla de melones podridos y cuerno quemado. Cuando se iniciaron los dolores del parto, la madre de Grenouille se encontraba en un puesto de pescado de la Rue aux Fers escamando albures que había destripado previamente. Los pescados, seguramente sacados del Sena aquella misma mañana, apestaban ya hasta el punto de superar el hedor de los cadáveres. Sin embargo, la madre de Grenouille no percibía el olor a pescado podrido o a cadáver porque su sentido del olfato estaba totalmente embotado y además le dolía todo elcuerpo y el dolor disminuía su sensibilidad a cualquier percepción sensorial externa. Sólo quería
que los dolores cesaran, acabar lo más rápidamente posible con el repugnante parto. Era el quinto. Todos los había tenido en el puesto de pescado y las cinco criaturas habían nacido muertas o medio muertas, porque su carne sanguinolenta se distinguía apenas de las tripas de pescado que cubrían el suelo y no sobrevivían mucho rato entre ellas y por la noche todo era recogido con una pala y llevado en carreta al cementerio o al río. Lo mismo ocurriría hoy y la madre de Grenouille, que aún era una mujer joven, de unos veinticinco años, muy bonita y que todavía conservaba casi todos los dientes y algo de cabello en la cabeza y, aparte de la gota y la sífilis y una tisis incipiente, no padecía ninguna enfermedad grave, que aún esperaba vivir mucho tiempo, quizá cinco o diez años más y tal vez incluso casarse y tener hijos de verdad como la esposa respetable de un artesano viudo, por ejemplo... la madre de Grenouille deseaba que todo pasara cuanto antes. Y cuando empezaron los dolores de parto, se acurrucó bajo el mostrador y parió allí, como hiciera ya cinco veces, y cortó con el cuchillo el cordón umbilical del recién nacido. En aquel momento, sin embargo, a causa del calor y el hedor, que ella no percibía como tales, sino como algo insoportable y enervante -como un campo de lirios o un reducido aposento demasiado lleno de narcisos-, cayó desvanecida debajo de la mesa y fue rodando hasta el centro del arroyo, donde quedó inmóvil, con el cuchillo en la mano.
Gritos, corridas, la multitud se agolpa a su alrededor, avisan a la policía. La mujer sigue en el suelo con el cuchillo en la mano; poco a poco, recobra el conocimiento.
¿Qué le ha sucedido?
--Nada.
¿Qué hace con el cuchillo?
--Nada.
¿De dónde procede la sangre de sus refajos?
--De los pescados.
Se levanta, tira el cuchillo y se aleja para lavarse.
Entonces, de modo inesperado, la criatura que yace bajo la mesa empieza a gritar.
Todos se vuelven, descubren al recién nacido entre un enjambre de moscas, tripas y cabezas de pescado y lo levantan. Las autoridades lo entregan a una nodriza de oficio y apresan a la madre. Y como ésta confiesa sin ambages que lo habría dejado morir, como por otra parte ya hiciera con otros cuatro, la procesan, la condenan por infanticidio múltiple y dos semanas más tarde la decapitan en la Place de Gréve. En aquellos momentos el niño ya había cambiado tres veces de nodriza. Ninguna quería conservarlo más de dos días. Según decían, era demasiado voraz, mamaba por dos, robando así la leche a otros lactantes y el sustento a las nodrizas, ya que alimentar a un lactante único no era rentable. El oficial de policía competente, un tal La Fosse, se cansó pronto del asunto y decidió enviar al niño a la central de expósitos y huérfanos de la lejana Rue Saint-Antoine, desde donde el transporte era efectuado por mozos mediante canastas de rafia en las que por motivos racionales hacinaban hasta cuatro lactantes, y como la tasa de mortalidad en el camino era extraordinariamente elevada, por lo que se ordenó a los mozos que sólo se llevaran a los lactantes bautizados y entre éstos, únicamente a aquéllos provistos del correspondiente permiso de transporte, que debía estampillarse en Ruen, y como el niño Grenouille no estaba bautizado ni poseía tampoco un nombre que pudiera escribirse en la autorización, y como, por añadidura, no era competencia de la policía poner en las puertas de la inclusa a una criatura anónima sin el cumplimiento de las debidas formalidades... por una serie de dificultades de índole burocrático y administrativo que parecían concurrir en el caso de aquel niño determinadoy porque, por otra parte, el tiempo apremiaba, el oficial de policía La Fosse se retractó de su decisión inicial y ordenó entregar al niño a una institución religiosa, previa exigencia de un recibo, para que allí lo bautizaran y decidieran sobre su destino ulterior. Se deshicieron de él en el convento de Saint-Merri de la Rue Saint-Martin, donde recibió en el bautismo el nombre de Jean-Baptiste. Y como el prior estaba aquellos días de muy buen humor y sus fondos para beneficencia aún no se habían agotado, en vez de enviar al niño a Ruen, decidió criarlo a expensas del convento y con este fin lo hizo entregar a una nodriza llamada Jeanne Bussie, que vivía en la Rue Saint-Denis y a la cual se acordó pagar tres francos semanales por sus
cuidados

24 agosto 2010

Blanco Nocturno - Ricardo Piglia

Tony Duran, un extraño forastero, nacido en Puerto Rico, educado como un norteamericano en Nueva Jersey, fue asesinado a comienzos de los años setenta en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Antes de morir, Tony ha sido el centro de la atención de todos, el admirado, vigilado, diferente pero también el fascinante. Había llegado siguiendo a las bellas hermanas Belladona, las gemelas Ada y Sofía, hijas de una de las principales familias del lugar. Las conoció en Atlantic City, y urdieron un feliz trío sexual y sentimental hasta que una de ellas, Sofía, "quizá la más débil o la más sensible", desertó del juego de los casinos y de los cuerpos. Y Tony Duran continuó con Ada, y la siguió cuando ella volvió a la Argentina, donde encontró su muerte. A partir del crimen, esta novela policíaca muta, crece, y se transforma en un relato que se abre y anuda en arqueologías y dinastías familiares, que va y viene en una combinatoria de veloz novela de género y espléndida construcción literaria. El centro luminoso del libro, cuyo título remite a la cacería nocturna, es Luca Belladona, constructor de una fábrica fantasmal perdida en medio del campo que persigue con obstinación un proyecto demencial. La aparición de Emilio Renzi, el tradicional personaje de Piglia, le da a la historia una conclusión irónica y conmovedora. Situada en el impasible paisaje de la llanura argentina, esta novela poblada de personajes memorables tiene una trama a la vez directa y compleja: traiciones y negociados, un falso culpable y un culpable verdadero, pasiones y trampas. Blanco nocturno narra la vida de un pueblo y el infierno de las relaciones familiares.

23 agosto 2010

SOBRESALTOS - Samuel Beckett


Uno
Sentado una noche a su mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir. Una noche o un día. Pues aunque apagada su luz no se quedaba a oscuras. Le venía entonces de la única alta ventana una apariencia de luz. Debajo de ella todavía el banco en el cual se subía a ver el cielo hasta ya no poder desearlo. Si no se asomaba para ver cómo era abajo era quizá porque la ventana no estaba hecha para abrirse o porque no podía o no quería abrirla. Quizá sabía perfectamente cómo era abajo y ya no deseaba verlo. Tan bien que permanecía simple y llanamente allí encima de la lejana tierra viendo a través del vidrio nublado el cielo sin nubes. Tenue luz invariable sin par en su memoria de días y noches de antaño en los que la noche venía puntualmente a relevar al día y el día a la noche. Única luz pues apagada la suya de ahora en adelante aquélla le llegaría del exterior hasta que a su vez se apagara dejándolo en la oscuridad. Hasta que él a su vez se apague.
Una noche pues o un día sentado a su mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir. Primero levantarse sin más pegado a la mesa. Luego volver a sentarse. Luego levantarse nuevamente pegado a la mesa nuevamente. Luego partir. Comenzar a partir. Con pies invisibles comenzar a partir. A pasos tan lentos que sólo el cambio de sitio lo probaba. Como cuando desaparecía mientras aparecía nuevamente en un nuevo sitio. Luego desaparecía nuevamente mientras aparecía más tarde en un nuevo sitio nuevamente. Así iba desapareciendo cada vez mientras aparecía luego nuevamente en un nuevo sitio nuevamente. Nuevo sitio en el lugar en el que sentado a su mesa con la cabeza en las manos. Mismo sitio y misma mesa que cuando Darly murió y lo abandonó. Que cuando otros a su vez antes y después. Hasta que él por fin a su vez. Con la cabeza en las manos semi-deseando semi-temiendo que volviera a desaparecer que ya no reapareciera. O simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando ver si sí o no. Si sí o no nuevamente solo sin esperar nada nuevamente.
Visto siempre por la espalda donde quiera que fuera. Mismo sombrero y mismo abrigo que en la época de la errancia. Tierra adentro. Ahora como alguien en un sitio desconocido en busca de la salida. En las tinieblas. A ciegas en las tinieblas del día o de la noche de un sitio desconocido en busca de la salida. De una salida. Hacia la errancia de antaño. Tierra adentro.
Un reloj lejano tocaba la hora y la media. El mismo que en la época en la que Darly entre otros murió y lo abandonó. Toquidos ya claros como llevados por el viento ya apenas en tiempo sereno. También gritos ya claros ya apenas. Con la cabeza en las manos semi-deseando semi-temiendo cuando tocaba la hora que ya nunca la medía. Igual que cuando tocaba la media. Igual cuando los gritos cejaban un momento. O simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando escuchar.
Hubo un tiempo en el que de tiempo en tiempo levantaba la cabeza suficientemente para ver las manos. Lo que de ellas había que ver. Una extendida en la mesa y sobre ella extendida la otra. En reposo después de todo lo que hicieron. Levantaba su finada cabeza para ver sus finadas manos. Luego la reposaba en ellas en reposo también ella. Después de todo lo que ella hizo.
Mismo sitio que aquél desde el cual cada día se iba a errar. Tierra adentro. Al que cada noche regresaba a dar vueltas en la sombra aunque pasajera de la noche. Ahora como desconocido al que vio levantarse y partir. Desaparecer y reaparecer de nuevo en un nuevo sitio. Desaparecer otra vez y aparecer otra vez en otro nuevo sitio. O en el mismo. Ningún índice de que no el mismo. Ninguna pared señal. Ninguna mesa señal. En el mismo sitio que en el que daba vueltas todo sitio como uno mismo. O en otro. Ningún índice de que no otro. Donde nunca. Levantarse y partir en el mismo sitio de siempre. Desaparecer y reaparecer en otro donde nunca. Ningún índice de que no otro donde jamás. Sólo los toquidos. Los gritos. Los mismos de siempre.
Luego tantos toquidos y gritos sin que hubiera reaparecido que quizá ya no reaparecería. Luego tantos gritos desde los últimos toquidos que quizá ya no habría. Luego tal silencio desde los últimos gritos que quizá ya no habría más. Como quizá el final. O quizá solamente un remanso. Luego todo como antes. Los toquidos y los gritos como antes y él como antes ya allí ya ausente ya allí nuevamente ya nuevamente ausente. Luego el remanso nuevamente. Luego nuevamente como antes. Así una y otra vez. Y paciencia esperando el único verdadero fin de las horas y de la pena tanto de sí como del otro es decir la suya.

Dos
Como alguien que posee toda su cabeza nuevamente fuera en fin sin saber cómo se había encontrado tan poco tiempo antes de preguntarse si poseía toda su cabeza. Pues de alguien que no posee toda su cabeza ¿se puede razonablemente afirmar que se lo pregunta y que además se encuentra bajo pena de incoherencia se obstina en este rompecabezas con todo lo que le queda de razón? Por lo tanto fue bajo la especie de un ser más o menos razonable como emergió por fin sin saber cómo en el mundo exterior y no había vivido más de seis o siete horas del reloj antes de comenzar a preguntarse si poseía toda su cabeza. Mismo reloj cuyos toquidos daban la hora y la media cuando en su reclusión y por lo tanto primero naturalmente para tranquilizarlo antes de ser finalmente una fuente de preocupación ya que no más claros ahora que cuando acallados en principio por sus cuatro paredes. Luego buscó consuelo pensando en quien al caer la noche se apresura hacia el ocaso para ver mejor a Venus y no encontró ninguno. Sucedía lo mismo con el único sonido diferente que anima su soledad el de los gritos mientras subsistía perdiendo sufrimiento a su mesa con la cabeza en las manos. Sucedía lo mismo con la procedencia de los toquidos y los gritos en tanto que tan ilocalizable al aire libre como normalmente desde el interior. Obstinándose en todo eso con todo lo que le quedaba de razón buscó consuelo pensando que su recuerdo del interior dejaba qué desear y no encontró ninguno. A su pena se agregaba su caminar silencioso como cuando descalzo recorría su suelo. Así todo oído de peor en peor hasta cejar hasta de escuchar de oír y ponerse a mirar a su alrededor. Resultado finalmente estaba en un prado lo cual por lo menos tenía la ventaja de explicar su caminar silencioso antes un poco más tarde como para excusarse de incrementar su turbación. Pues no tenía recuerdo de ningún prado desde cuyo corazón mismo no fuera visible algún límite desde el cual siempre a la vista algún lado un confín cualquiera como una cerca u otra forma de frontera que no debía franquearse. Circunstancia agravante al mirar de más cerca la hierba ésta no era de la que creía acordarse es decir verde y en la que pacían los diferentes herbívoros sino larga y de color grisáceo incluso blanca en partes. Luego buscó consuelo pensando que su recuerdo del exterior dejaba quizá qué desear y no encontró ninguno. Así todo ojos de peor en peor hasta cejar de ver de mirar alrededor de él o con atención y ponerse a pensar. Con ese fin a falta de una piedra sobre la cual sentarse como Walther y cruzar la pierna no encontró algo mejor que quedarse allí de pie inmóvil lo cual hizo después de dudarlo brevemente y por supuesto que inclinar la cabeza como alguien abismado en sus pensamientos lo cual hizo también después de dudarlo otra vez brevemente.
Pero pronto cansado de hurgar en esas ruinas retomó su paso a través de las largas pálidas hierbas resignado a ignorar dónde estaba y cómo llegó o a dónde iba y cómo regresar al sitio del cual ignoraba cómo había partido.
Así iba ignorando todo y con ningún fin a la vista. Ignorando todo y además sin deseo alguno de saber ni a decir verdad sin ninguno de ninguna clase y por consiguiente sin remordimientos tan sólo hubiera deseado que cesaran de una buena vez los toquidos y los gritos y lamentaba que no. Toquidos ya apenas ya claros como traídos por el viento pero no sopla nada y gritos ya claros ya apenas.

Tres
Así estaba antes de quedar inmóvil nuevamente cuando en sus oídos desde lo más profundo de sí oh cómo sería y aquí una palabra perdida terminar allí en donde nunca jamás. Luego largo silencio largo simplemente o tan largo que quizá ya nada y luego nuevamente desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería y aquí la palabra perdida allí donde nunca antes. En todo caso sea lo que sea lo que haya podido ser terminar y así una y otra vez acaso no estaba ya allí mismo en donde se encontraba inmóvil en el mismo sitio y doblado en dos y sin cesar en sus oídos desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería tal y así una y otra vez ¿no se encontraba ya si se da crédito a sus ojos allí donde nunca antes? Pues incluso alguien como él al encontrarse una vez en un sitio semejante ¿cómo no se hubiera estremecido al volverse a encontrar lo cual él no había hecho y habiéndose estremecido buscado consuelo pensando diciéndose que habiendo encontrado el medio de salir de ello entonces podía volverlo a encontrar para volver a salir una vez más lo cual tampoco había hecho? Allí entonces todo este tiempo en donde nunca antes y a dondequiera que buscara con los ojos ningún peligro o esperanza según el caso de salir alguna vez de allí. Era necesario pues como si nada persistiera ya en una dirección ya en otra o por el contrario ya no moverse según el caso es decir según esa palabra perdida que si resultaba negativa como desgraciado o malvenido por ejemplo entonces evidentemente a pesar de todo lo primero y en caso contrario evidentemente lo otro es decir ya no moverse. Como a título de ejemplo el lío en su mente supuestamente hasta ya nada desde lo más profundo que apenas de vez en vez oh terminar. Sin importar cómo sin importar dónde. Tiempo y pena y sí mismo por decir algo. Oh terminar todo.

22 agosto 2010

Murió el escritor Rodolfo Fogwill

21/08/10 - 20:31
Tenía 69 años. Durante su carrera, publicó seis libros de poemas y tres colecciones de relatos, reeditados en varios países.
A los 69 años, falleció hoy el escritor y sociólogo Rodolfo Fogwill. Su muerte se produjo como consecuencia de un problema pulmonar.
Fogwill fue egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, de la que fue docente y Profesor Titular. Publicó seis libros de poemas y tres colecciones de relatos, reeditados en Chile, España y Francia. También trabajó como directivo de publicidad y marketing.
En 1980 su cuento Muchacha Punk ganó un importante premio literario y por un tiempo se dedicó exclusivamente a escribir. Entre sus libros están las novelas Los Pichiciegos, Urbana, La experiencia sensible y Runa.
Sus ensayos y artículos fueron compilados en Los Libros de la Guerra. En 2003 ganó la beca Guggenheim y en 2004 el Premio Nacional de Literatura por Vivir afuera.

Obra

  • El efecto de realidad, 1979 (poesía)
  • Las horas de citas, 1980 (poesía)
  • Mis muertos punk, 1980 (cuentos)
  • Música japonesa, 1982 (cuentos)
  • Los Pichiciegos, 1983 (novela)
  • Ejércitos imaginarios, 1983 (cuentos)
  • Pájaros de la cabeza, 1985 (cuentos)
  • Partes del todo, 1990 (poesía)
  • La buena nueva, 1990 (novela)
  • Una pálida historia de amor, 1991 (novela)
  • Muchacha punk, 1992 (cuentos)
  • Restos diurnos, 1993 (cuentos)
  • Cantos de marineros en las pampas, 1998
  • Vivir Afuera, 1998 (novela)
  • La experiencia sensible, 2001 (novela)
  • Lo dado, 2001 (poesía)
  • En otro orden de cosas, 2002 (novela)
  • Urbana, 2003 (novela)
  • Runa, 2003 (novela)
  • Canción de paz, 2003 (poesía)
  • Últimos movimientos, 2004 (poesía)

16 agosto 2010

La Villa - César Aira



I

Una ocupación voluntaria de Maxi era ayudar a los cartoneros del barrio a transportar sus cargas. De un gesto casual había pasado a ser con el correr de los días un trabajo que se tomaba muy en serio. Empezó siendo algo tan natural como aliviar a un niño, o a una mujer embarazada, de una carga que parecían no poder soportar (aunque en realidad sí podían). Al poco tiempo ya no hacía distinciones, y le daba lo mismo que fueran chicos o grandes, hombres o mujeres: de cualquier modo él era más grande, más fuerte, y además lo hacía por gusto, sin que nadie se lo pidiera. Nunca se le ocurrió verlo como una tarea de caridad, o solidaridad, o cristia­nismo, o piedad, o lo que fuera; lo hacía, y basta. Era espontáneo como un pasatiempo: le habría cos­tado explicarlo si lo interrogaban, con las enormes dificultades de expresión que tenía; ante sí mismo, ni siquiera intentaba justificarlo. Con el tiempo se lo fue tomando en serio, y si un día, o mejor dicho una noche, no hubiera podido salir a hacer sus ron­das por el barrio, habría sentido agudamente que los cartoneros lo extrañaban, y se preguntaban "¿dónde estará?, ¿por qué no habrá venido?, ¿se ha­brá enojado con nosotros?". Pero nunca faltaba. No tenía otros compromisos que le impidieran salir a esa hora.

Llamarlos "cartoneros" era hacer uso de un eu­femismo, que todo el mundo había adoptado y ser­vía al propósito de entenderse (aunque también se entendía el nombre más brutal de "cirujas"). En realidad, el cartón, o el papel en general, era sólo una de sus especialidades. Otras eran el vidrio, las latitas, la madera, y de hecho donde hay necesidad no hay especialización. Salían a rebuscárselas, y no le hacían ascos a nada, ni siquiera a los restos de co­mida que encontraban en el fondo de las bolsas. Al fin de cuentas, bien podía ser que esos alimentos marginales o en mal estado fueran el verdadero ob­jetivo de sus trabajos, y todo lo demás, cartón, vi­drio, madera o lata, la excusa honorable.

En fin. Maxi no se preguntaba por qué lo hacían, apartaba discretamente la mirada cuando los veía revolver en la basura, y era como si sólo le impor­taran las cargas una vez que las habían hecho, y de ellas no el contenido sino sólo el peso. Ni siquiera se preguntaba por qué lo hacía él. Lo hacía porque podía, porque se le daba la gana, porque le daba un sentido a sus caminatas del atardecer. Empezó enel otoño, en las siniestras medias luces del crepúsculo, y cuando se le hizo un hábito la estación había avanzado y ya era noche oscura. Los cartone­ros salían a esa hora, no porque les gustase, ni por esconderse, sino porque la gente sacaba la basura al final del día, y a partir de ahí se creaba una urgen­cia, por ganarle de mano a los camiones recolecto­res que limpiaban con todo.

Era la hora mala para Maxi, siempre lo había si­do, desde chico, y ahora que entraba en los veinte años se acentuaba. Sufría de lo que se llama "cegue­ra nocturna", que por supuesto no es ceguera ni mucho menos, pero sí una dificultad muy moles­ta para distinguir las cosas en la oscuridad o con luz artificial. Tenía un ritmo circadiano diurno muy marcado, quién sabe si como causa o como efecto de este problema. Se despertaba con la primera luz, inevitablemente, y el derrumbe de todos sus siste­mas con la caída de la noche era abrupto y sin ape­laciones. De chico se había adaptado bien, porque era el ritmo natural de los niños, pero en la adoles­cencia lo había ido apartando de sus amigos y con­discípulos. Todos buscaban con avidez la noche, gozaban la libertad que les daba, se hacían adultos con sus enseñanzas; él lo había intentado, sin éxi­to. Ya había renunciado hacía rato; su camino era solitario, sólo suyo. Hacia los quince años, cuando ya se desenganchaba progresivamente de los hora­rios y los consiguientes intereses de sus compañeros, había empezado a ir al gimnasio. Su cuerpo res­pondió muy bien a las pesas, y había desarrollado músculos por todas partes. Era muy alto y corpu­lento, habría sido gordo de otro modo. Tal como eran las cosas, la gente que lo veía en la calle pensa­ba: "un patovica", o "una montaña de músculos sin cerebro". Y no estaban lejos de la verdad.

En marzo había dado algunas de las materias previas que tenía colgadas del bachillerato, y le que­daban otras, para julio o diciembre... o nunca. Su etapa de estudio se había ido extinguiendo de un modo tan gradual como definitivo, tanto hacia ade­lante como hacia atrás: en dirección al futuro, tan­to él como sus padres se habían ido convenciendo de que no volvería a estudiar nada nunca más: no había nacido para hacerlo, y era inútil; retrospectivamente, confirmando lo anterior, se había olvi­dado de todo lo que había estudiado en sus largos años de colegio. En la bisagra entre futuro y pasa­do quedaban esas materias, bien llamadas "pre­vias", flotando en una indecisión realmente per­pleja. De modo que cuando empezó ese otoño no tenía ocupación alguna. Se había pasado el verano preparando vagamente los exámenes, y su familia aceptaba que después de darlos siempre se tomaba un largo período de descanso, para recuperarse no tanto del esfuerzo como de la tristeza y el senti­miento de inadecuación que le producía el estudio.

Esta vez, y aunque lo habían bochado en las tres que dio, o inclusive por causa del fracaso, el apar­tamiento del mundo académico se profundizaba. Pese a que teóricamente debía volver a probar en ju­lio, y según el plan dar otras dos postergadas (¿o eran tres?), no podía ni pensar en el estudio, y na­die se lo recordó. Así que su única actividad fue el gimnasio. El padre, un comerciante acomodado, no lo apuraba a buscar trabajo. Ya habría tiempo para que encontrara su camino. Era un joven dócil, ca­riñoso, casero, hacía contrastecon su única herma­na, menor que él, rebelde y voluntariosa. Vivían en un lindo departamento moderno cerca de la Plaza Flores.

Las caminatas al atardecer habían empezado a fines del verano por varias causas conjuntas. Una era que a esa hora arreciaban las discusiones entre la hermana y la madre, y los gritos llenaban la casa. Otra, que su cuerpo había adquirido una necesidad de acción, y a esa hora hacía sonar una especie de alarma. Iba al gimnasio a la mañana, desde que lo abrían hasta el mediodía. Después del almuerzo dormía una siesta, tras la cual miraba televisión, hacía algunas compras, estaba en la casa... Esas lar­gas horas de inactividad le pesaban, de modo que se le hacía imperativo volver a ponerse en movi­miento. Había tratado de correr, en el Parque Chacabuco, pero era un poco demasiado pesado para correr, tenía demasiada musculatura, y su instruc­tor en el gimnasio se lo había desaconsejado, porque las vibraciones de la carrera podían llegar a mo­dificar el delicado equilibrio de sus articulaciones sobrecargadas por el peso muscular; además no le gustaba. Caminar en cambio era el ejercicio perfec­to. Coincidía con la hora en que salían los cartone­ros, y de esta coincidencia nació todo lo demás.

La profesión de cartonero o ciruja se había ve­nido instalando en la sociedad durante los últimos diez o quince años. A esta altura, ya no llamaba la atención. Se habían hecho invisibles, porque se movían con discreción, casi furtivos, de noche (y sólo durante un rato), y sobre todo porque se abri­gaban en un pliegue de la vida que en general la gente prefiere no ver.

Venían de las populosas villas miseria del Bajo de Flores, y volvían a ellas con su botín. Los había solitarios, y con ésos Maxi nunca se metía, o mon­tados en un carro con caballo. Pero la mayoría lle­vaba carros que tiraban ellos mismos, y salían en fa­milia. Si se hubiera preguntado si aceptarían o no su ayuda, si hubiera buscado las palabras para ofre­cerse, no lo habría hecho nunca. Lo hizo por casua­lidad, naturalmente, al cruzarse con un niño o una mujer embarazada (no recordaba cuál) sin poder mover casi una enorme bolsa, que él tomó de sus manos sin decir nada y levantó como si fuera una pluma y llevó hasta la esquina donde estaba el ca­rrito. Quizás esa vez le dieron las gracias, y se des­pidieron pensando "qué buen muchacho". Todo fue romper el hielo. Poco después podía hacerlo con cualquiera, hombres incluidos; le cedían el tra­bajo sin mosquearse, le señalaban el sitio donde ha­bían dejado su carrito, y allí iba. A él nada le pesa­ba, podría haberlos cargado a ellos también, con el otro brazo. Esa gente enclenque, mal alimentada, consumida por sus largas marchas, era dura y resis­tente, pero livianísima. La única precaución que aprendió a tomar antes de meter la carga en el ca­rrito era mirar adentro, porque solía haber un be­bé. Los niños chicos, de dos años para arriba, corre­teaban a la par de sus madres, y colaboraban a su modo en la busca en las pilas de bolsas de basura, aprendiendo el oficio. Si estaban apurados, y los chicos se demoraban, antes que escuchar sus gritos de impaciencia Maxi prefería alzarlos a todos, co­mo se recogen juguetes para hacer orden en un cuarto, y partía rumbo al carrito. En realidad siem­pre estaban apurados, porque corrían una carrera con los camionesrecolectores, que en algunas ca­lles venían pisándoles los talones. Y veían adelan­te, en la cuadra siguiente, grandes acumulaciones de bolsas muy prometedoras (tenían un olfato especial para saber dónde valía la pena detenerse); entonces se desesperaban, corría entre ellos una vibración de urgencia; unos partían a la disparada, por ejemplo el padre con uno de los hijos, el padre el más hábil en deshacer los nudos de las bolsas y elegir adentro, viendo en la oscuridad; la mujer se quedaba para tirar del carrito, porque no podían dejarlo demasiado lejos... Ahí intervenía Maxi: le decía que fuera con su marido, él les acercaría el vehículo, eso sabía cómo hacerlo, lo otro tenían ne­cesariamente que hacerlo ellos. Tomaba las dos va­ras y lo llevaba casi sin hacer fuerza, estuviera lle­no o vacío, como un juego, y a veces estaba lleno hasta desbordar: lo que le sobraba de fuerza le per­mitía evitar sacudirlo, cosa muy conveniente para su eje remendado, las ruedas precarias y la como­didad de la criatura que dormía adentro.

Con el tiempo llegaron a conocerlo todos los ci­rujas de la zona; era él quien no los distinguía, se le confundían, pero le daba lo mismo. Algunos lo es­peraban, los encontraba mirando hacia una esqui­na, y cuando lo veían apuraban el trámite: les aho­rraba tiempo, que era lo importante. No hablaban mucho, más bien casi nada, ni siquiera los chicos, que suelen ser tan charlatanes. Él los encontraba ca­si al salir de su casa, a veces bajaba hasta el otro lado de Rivadavia y de la vía del tren, donde pulula­ban a hora más temprana, y después los iba acompañando, pasando de una familia a otra, en su lento avance hacia el sur. Nunca intentaban retenerlo cuando los dejaba, entretenidos en alguna ve­ta rendidora: era como si reconocieran que otros un poco más allá lo necesitaban más que ellos.

Si había entre unos y otros un reparto de zonas y puntos productivos, era consuetudinario y tácito, quizás instintivo. Maxi nunca los vio pelearse, y ni siquiera superponerse. La única relación que los unía cuando se cruzaban en una esquina era él; su presencia imponente debía bastar para poner orden y garantizar la paz: su cuerpo de titán hacía de enla­ce solidario para ese pueblo minúsculo y hundido.

Marchando hacia el sur, iban en dirección a sus casas, es decir a la villa, de la que estaban más cer­ca a medida que se iban cargando. Pero también se­guían la dirección de los horarios de los camiones recolectores. La coincidencia era tan conveniente que parecía hecha a propósito.

El grueso del botín estaba en las inmediaciones de la avenida Rivadavia, en las calles transversales y las paralelas, con su alta densidad de edificios al­tos, comercios, restaurantes, verdulerías. Si no en­contraban ahí lo que buscaban, no lo encontraban más. Cuando llegaban a Directorio, si habían hecho buen tiempo, podían relajarse y rebuscar con más tranquilidad en los montones de basura, que se es­paciaban. Siempre había algo inesperado, algún mueble pequeño, un colchón, un artefacto, objetos extraños cuya utilidad no se adivinaba a simple vista. Si había lugar, lo metían en el carrito, y si no ha­bía lugar también, los ataban encima con cuerdas que llevaban para ese fin, y parecían estar efectuan­do una mudanza; el volumen de lo que se llevaban al fin debía de igualar al del total de susposesiones, pero sólo era la cosecha de una jornada; su valor, una vez negociado, debía de ser unas pocas mone­das. A esa altura las mujeres ya habían separado lo que se podía comer, y lo llevaban en bolsas colgan­do de las manos. Más allá de Directorio empezaba el barrio de las casitas municipales, vacío y oscuro, con sus calles en arco entremezcladas. Ahí había mucho menos que buscar, pero no les importaba. Volvían a apurarse, esta vez por llegar cuanto an­tes, tomaban las callecitas que los acercaran antes a Bonorino, por donde desembocaban en la villa. Pe­ro estaban cansados, y cargados, los niños tropeza­ban de sueño, el carrito zigzagueaba, la marcha to­maba el aire de un éxodo de guerra.

A Maxi se le cerraban los ojos. Por suerte en su casa comían tarde, pero él se levantaba temprano y necesitaba dormir mucho. Cuando ya estaba con los últimos de sus favorecidos, y tenía la seguridad de que no habría más, sólo esperaba la oportunidad de despedirse y volver a su casa, lo que general­mente hacía cuando salían a la calle Bonorino, des­de donde ellos seguían derecho, y él también en la dirección opuesta (vivía en la esquina de Bonorino y Bonifacio). Los cartoneros solían dar algunos ro­deos todavía hasta salir, más allá del barrio muni­cipal, a zonas mal definidas, de fábricas, depósitos, baldíos. Y una vez allí, en ocasiones eran ellos los que se despedían de él, pues una repentina inspi­ración, o un plan trazado de antemano (Maxi no podía saberlo: nunca entraban en detalles, y en rea­lidad apenas hablaban), los decidía a quedarse en alguna ruina, en algún sitio vacío que podía servir­les de refugio. Eso lo extrañaba, y nunca pudo ex­plicarse por qué lo hacían. Era evidente que estaban cansados, pero no tanto como para no hacer el res­to del camino. Quizás era para no tener que com­partir la comida que llevaban con parientes o veci­nos. Quizás no tenían casa, o compartían alguna casilla muy precaria e incómoda, y estaban mejor en uno de estos sitios casuales. En fin: era una de las ventajas de salir todos juntos a hacer su trabajo, en familia; donde se detenían, ahí estaba su casa.

Sea como fuera, mientras seguían en movimien­to él postergaba todo lo posible el momento de des­pedirse. En tanto que no se durmiera de pie, podía hacer un poco más por ellos. Se resistía a abando­narlos a su suerte, tan agotados los veía; y a él no le costaba nada, lo hacía por gusto. Ellos le tenían con­fianza, y su vigor era visible sin necesidad de explicaciones. Un elefante tirando de un cochecito de bebé no habría dado una impresión más cabal de lo poco que lo exigía. Todos habían llegado a conocer­lo en poco tiempo: aun los que le parecían descono­cidos, ya porque fueran nuevos en el oficio o vinie­ran de otra zona, o porque la casualidad hubiera querido que no se cruzaran (o bien porque él se confundiera, ya que era poco fisonomista y había tan­tos haciendo lo mismo y eran tan parecidos, sin contar con lo mal que veía de noche), siempre lo to­maban con naturalidad y le cedían muy agradeci­dos las varas del carrito. Quizá no habían necesita­do verlo antes para saber quién era, porque se había corrido la voz de su existencia entre ellos, como una leyenda, pero una modesta leyenda realista, y real, que no asombraba cuando se hacía realidad.En el tramo final subía a los niños al carrito, si había lugar, y los sentía dormirse. Si había lugar, invitaba con un gesto y una sonrisa a la madre a subir también. Y esas mujeres que parecía como si no hu­bieran sonreído nunca, respondían a su sonrisa con otra, tímida, y preguntaban "¿puede? ¿no le pesa demasiado?", por pura cortesía, porque era obvio que sí podía. Pero él aprovechaba la ocasión para responder que no había problema. "¡Por favor! ¡Arriba todos!", y miraba al padre de familia, como diciéndole "aproveche". Y si el hombrecito también se trepaba, la familia entera iba sobre ruedas, en rickshaw, sentada sobre su tesoro de basura. Sólo algún chico grande se negaba a subir, por orgullo o por pensar "sería demasiado", pero no por despre­cio, no agresivos, todo lo contrario: más identifica­dos con el gigante bueno que llevaba a los suyos, y echándole de reojo una mirada de admiración y or­gullo a los grandes músculos que se hinchaban a la luz de la luna. Era en esas ocasiones, cuando los ha­bía cargado a todos, que Maxi realmente creía que más de una vez se había dormido caminando.

La calle Bonorino, desde que nacía en Rivadavia, se llamaba en los carteles "Avenida" Esteban Bonorino, y nadie sabía por qué, porque era una ca­lle angosta como todas las demás. Todos pensaban que era uno de esos frecuentes errores burocráti­cos, una confusión de los distraídos funcionarios que habían mandado a pintar los carteles sin haber pisado jamás el barrio. Pero sucedía que era cierto, aunque de un modo tan secreto que nadie se ente­raba. Dieciocho cuadras más allá, pasando una cantidad de monoblocks y depósitos y galpones y baldíos, donde parecía que la calle ya se había ter­minado, y donde no llegaba ni el más persistente caminador, la calle Bonorino se ensanchaba trans­formándose en la avenida que prometía ser desde el comienzo. Pero no era el comienzo, sino el fin. Seguía apenas cien metros, y no tenía otra salida que un largo camino asfaltado, a uno de cuyos lados se extendía la villa. Maxi nunca había llegado hasta allí, pero se había acercado lo suficiente para verla, extrañamente iluminada, en contraste con el tramo oscuro que debían atravesar, casi radiante, coronada de un halo que se dibujaba en la niebla. Era casi como ver visiones, de lejos, y acentuaba es­ta impresión fantástica el estado de sus ojos y el sueño que ya lo abrumaba. A la distancia, y a esa hora, podía parecerle un lugar mágico, pero no era tan ignorante de la realidad como para no saber que la suerte de los que vivían allá estaba hecha de sor­didez y desesperación. Quizás era por vergüenza que los cirujas se despedían de él antes de llegar. Quizás querían que este joven apuesto y bien ves­tido que tenía el curioso pasatiempo de ayudarlos siguiera creyendo que vivían en un lugar lejano y misterioso, sin entrar en detalles deprimentes. Eso equivalía a suponerles una delicadeza de la que di­fícilmente podrían haberlos dotado sus circunstan­cias. Aunque era igualmente difícil pensar que no hubieran notado la pureza de Maxi, que resplande­cía en su cara linda de niño, sus ojos límpidos, su dentadura perfecta, su corte de pelo al rape, su ro­pa siempre recién lavada y planchada.Lo que también tenían que notar era el sueño que lo dominaba al final: masivo, invencible. Po­drían haber temido que se les durmiera, y no sa­brían dónde meterlo. Ese rasgo tenía mucho de in­fantil; era un niño en el cuerpo de un atleta hiperdesarrollado, que había reemplazado el desgaste del juego por el del levantamiento de pesas, y lo complementaba con el acarreo voluntario de basura. A lo que se sumaba el ritmo diurno muy marcado que le dictaba la alteración química de su hipotálamo y las pupilas (la "ceguera nocturna"). Y como si esto fuera poco (pero era parte del mis­mo sistema general), madrugaba muchísimo. Más de lo que debía, en realidad, por un hecho casual. El gimnasio abría a las ocho de la mañana, y él es­taba levantado, vestido y desayunado un buen ra­to antes. En el verano, cuando a las cinco ya era de día y la espera se le hacía excesiva, tomó la costum­bre de salir con el bolso una hora antes, y hacer tiempo con una caminata. En esos paseos había descubierto a un muchacho, evidentemente sin casa ni familia, que dormía bajo la autopista. Era un lugar raro, una especie de rincón de los que había formado la autopista al cruzar brutalmente la ciu­dad. La municipalidad había hecho una pequeña plaza seca en ese triángulo, que unía dos calles: ha­bían puesto unos bancos de cemento y canteros, pero todo se había destruido de inmediato (no era un sitio viable para ese fin) y se había cubierto de un pastizal altísimo. Sólo quedaba un estrecho pa­saje libre, que los vecinos debían de seguir usando para ir de una calle a otra sin dar la vuelta. Encima, como una colosal cornisa curvada, la autopista. Una vez Maxi, a primera hora de la mañana, se metió por ahí, y vio a este joven sentado contra el pare­dón, poniéndose las zapatillas. El joven lo miró con desconfianza mientras pasaba, y Maxi se dio cuen­ta de que había pernoctado al amparo de la autopis­ta y de lo abandonado del pasaje. Los yuyos oculta­ban a medias unos diarios que debían de haber sido su cama, y un bolso en el que debían de estar sus posesiones. Días después volvió a pasar, a la mis­ma hora, y otra vez lo vio en tren de partir. Por lo visto ése era su dormitorio: un lugar solitario, por el que no pasaba nadie de noche; y él lo abandona­ba al rayar el día. Maxi era el único que lo había des­cubierto. Las primeras veces que lo vio, le dio la im­presión de que no le gustaba la intrusión, pero después lo dejaba pasar sin alzar la vista. Empezó a pensar que, una vez descubierto su secreto, no le disgustaba que él pasara por ahí todos los días; po­día transformarse en un hábito, y por ello en una especie de compañía, aunque no intercambiaran una palabra, casi un sustituto, tan precario, de la familia o los compañeros que no tenía. Quizás al ver­lo pasar pensaba "ahí está otra vez, mi amigo des­conocido", con ésas u otras palabras. Uno nunca sabe a qué se pueden aferrar los solitarios, cuando no tienen nada. Y tener menos que éste era direc­tamente imposible. Maxi lo llamaba "el linyerita". Quién sabe qué hacía durante el día, de qué se ali­mentaba, cómo pasaba el tiempo; no debía de ale­jarse mucho, para que pudiera volver a dormir siempre en el mismo lugar. A unos pocos pasos, antes de salir de ese breve pasaje, el pastizal se ha­cía más alto y tupido, y de él salía un olor feo; ahí debía de hacer sus necesidades el linyerita.Era de edad indefinida, pero imberbe, así que no debía de tener más de dieciséis o diecisiete años, flaco y pe­queño, de pelo muy negro pero bastante pálido, con los ojos hundidos y cara de animal asustado. Tenía una especie de traje azul oscuro, sucio y arrugado.

De hecho, Maxi no tenía la total seguridad de que el linyerita durmiera ahí; siempre lo había vis­to despierto, y levantado, salvo aquella primera vez cuando estaba poniéndose las zapatillas. Pero eso no probaba nada: uno puede sacarse un zapato pa­ra quitar de él una piedrita que se le ha metido, y después necesariamente tiene que volver a ponér­selo. Además, como suele pasar con las primeras veces, cuando después la ocasión se repite siempre, esa primera vez se le hizo extraña en la memoria, y no podía confiar en ella. Claro que había otros indicios, como los diarios extendidos en el suelo, o el mal olor, y el más importante, la presencia del lin­yerita en su puesto todas las mañanas. Pero en ese punto había otra cosa incomprensible. Él no calcu­laba la hora, y esas vueltas matutinas eran irregu­lares, de modo que pasaba en cualquier momento, y sin embargo siempre lo encontraba en el mismo punto: ni estaba durmiendo todavía, ni se había ido ya. Podía ser simple coincidencia, pero seguía sien­do raro. De modo que empezó a salir más tempra­no, para ver si lo sorprendía dormido. Y no. El otro siempre le ganaba. La única explicación era que se levantara al alba, con el primer canto del gallo. Pe­ro entonces, ¿por qué lo encontraba de pie sobre sus diarios, como si acabara de despertarse? ¿Lo es­peraba a él? ¿Usaría su paso como la señal de parti­da? Podría haberlo averiguado, quizás, pasando más tarde, a ver si realmente lo esperaba. Pero pre­fería seguir la tendencia que llevaba e ir cada vez más temprano, con la ilusión de verlo algún día profundamente dormido. Y era por eso que se le­vantaba tempranísimo, desayunaba de prisa y sa­lía, y después pagaba las consecuencias muriéndo­se de sueño no bien oscurecía.