25 septiembre 2010

La Dama de las Camelias - Alejandro Dumas (hijo)

I
A mi juicio, no se pueden crear personajes sino después de haber estudiado mucho a los hombres, como
no se puede hablar una lengua sino a condición de haberla aprendido seriamente.
Como no he llegado aún a la edad de inventar, me limito a relatar.
Exhorto, pues, al lector a que se convenza de la realidad de esta historia, cuyos personajes, a excepción
de la heroína, viven todos aún. Por otra parte, hay en París .testigos de la mayor parte de los hechos que aquí recojo, y que podrían confirmarlos, si mi testimonio no bastara. Por una circunstancia particular sólo yo podía escribirlos, porque sólo yo fui el confidente de los últimos detalles, sin los cuales hubiera sido imposible hacer un relato interesante y completo.
Pues bien, veamos cómo llegaron a mi conocimiento esos detalles. El 12 de marzo de 1847 leí la calle Lafitte un gran cartel amarillo en que se anunciaba la subas de unos muebles y otros curiosos obletos de valor. Dicha subas tenía lugar tras una defunción. El cartel no ponía el nombré de la persona muerta, pero la subasta iba a llevarse a cabo en la calle de Antin, núme ro 9, el día 16, de doce a cinco de la tarde.
El cartel indicaba además que el 13 y el 14 se podía ir a ver el piso y los muebles. Siempre he sido aficionado a las curiosidades. Me prometí no perderme aquella ocasión, si no de comprar, por lo menos de ver. Al día siguiente me dirigí a la calle de Antin, número 9. Era temprano y, sin embargo, ya había gente en
el piso: hombres e incluso mujeres, que, aunque vestidas de terciopelo, envueltas en cachemiras y con
elegantes cupés esperándolas a la puerta, miraban con asombro y hasta con admiración el lujo que se
ostentaba ante sus ojos.
Más tarde comprendí aquella admiración y aquel asombro, pues, al ponerme a observar yo también, advertí sin dificultad que estaba en la casa de una entretenida. Y si hay algo que las mujeres de mundo desean ver ––y allí había mujeres de mundoes el interior de las casas de esas mujeres, cuyos carruajes salpican . los suyos a diario; que tienen, como ellas y a su lado, un palco en la Opera y en los Italianos, y que ostentan en París la insolente opulencia de su belleza, de sus loyas y de sus escándalos.
Aquella en cuya casa me encontraba había muerto: las mujeres más virtuosas podían, pues, penetrar hasta en su dormitorio. La muerte había purificado el aire de aquella espléndida cloaca, y además siempre tenían la excusa, si la hubieran necesitado, de que iban a una subasta sin saber a casa de quién iban. Habían leído los carteles, querían ver lo que los carteles prometían y elegir por anticipado: nada más sencillo. Lo que no les impedía buscar, en medio de todas aquellas maravillas, las huellas de su vida de cortesana, de la que sin duda les habían referido tan extraños relatos.
Por desgracia los misterios habían muerto con la diosa y, pese a toda su buena voluntad, aquellas dama no lograron sorprender más que lo que estaba en venta después del fallecimiento, y nada de lo que se vendía en vida de la lnquilina.
Por lo demás, no faltaban cosas que comprar. El mobiliario era soberbio. Muebles de palo de rosa y de Boule, jarrones de Sèvres y de China, estatuillas de Sajonia, raso, terciopelo y encaje, nada faltaba alli.
Me paseé por la casa y seguí a las nobles curiósas que me habían precedido. Entraron en una habitación
tapizada de tela persa, a iba a entrar yo también, cuando salieron casi al instante, sonriendo y como si les
diera vergüenza de aquella nueva curiosidad. Por ello deseaba yo más vivamente penetrar en aquella habitación. Era el cuarto de aseo, revestido de los más minuciosos detalles, en los que parecía haberse desarrollado al máximo la prodigalidad de la muerte.
Encima de una mesa grande adosada a la pared, una mesa de seis pies de largo por tres de ancho, brillaban todos los tesoros de Aucoc y de Odiot. Era aquella una magnífica colección, y ni uno solo de esos mil objetos tan necesarios para el cuidado de una mujer como aquella en cuya casa nos hallábamos estaba hecho de otro metal que no fuera oro o plata. Sin embargo una colección como aquélla sólo podía haberse hecho poco a poco, y no era el mismo amor el que la había completado.
Como a mí no me asustaba el ver el cuarto de aseo de una entretenida, me distraía examinando los detalles, cualesquiera que fuesen, y me di cuenta de que todos aquellos utensilios, magníficamente cincelados, llevaban iniciales distintas y orlas diferentes. Iba mirando todas aquellas cosas, cada una de las cuales se me representaba como una prostitución de la pobre chica, y me decía que Dios había sido clemente con ella, puesto que no había permitido que llegara a sufrir el castigo ordinario, y .la había dejado morir en medio de su lujo y su belleza, antes de la vejez, esa primera muerte de las cortesanas .
En efecto, ¿hay espectáculo más triste que la vejez del vicio, sobre todo en la mujer? No encierra dignidad alguna ni inspira ningún interés. Ese eterno arrepentimiento, no ya del mal camino seguido, sino de los cálculos mal hechos y del dinero mal empleado, es una de ––las cosas más tristes que se pueden oír.
Conocí una antigua mujer galante, a quien ya no le quedaba de su pasado más que una hija casi tan hermosa, al decir de sus contemporáneos, como había sido su madre. Aquella pobre niña, a quien su madre nunca le había dicho «eres mi hija» más que para ordenarle que sustentara su vejez como ella había sustentado su infancia, aquella pobre criatura se llamaba Louise y, obedeciendo a su madre, se entregaba sin voluntad, sin pasión, sin placer, como hubierà trabajado en un oficio, si hubiesen pensado en enseñárselo. El espectáculo continuo del desenfreno, un desenfreno precoz, alimentado por el estado continuamente enfermizo de la muchacha, apagó en ella el discernimiento del bien y del mal, que tal vez Dios le había còncedido, pero que a nadie se le ocurrió desarrollar.
Nunca olvidaré a aquella muchachita, que pasaba por los bulevares casi todos los días a la misma hora. Su madre la acompañaba sin cesar, tan asiduamente como una verdadera madre hubiera acompañado a su verdadera hija.Yo era muy joven entonces, y dispuesto a aceptar para mí la fácil moral de mi siglo. Recuerdo, sin embargo, que el espectáculo de aquella vigilancia escandalosa me inspiraba desprecio y asco.
Añádase a ello que nunca un rostro de virgen dio tal sensación de inocencia, tal expresión de sufrimiento melancólico.
Parecía una imagen de la Resignación.
Un día el rostro de la muchacha se iluminó. En medio del desenfreno programado por su madre, le pareció a la pecadora que Dios le ótorgaba una satisfacción. Y, al fin y al cabo, ¿por qué Dios, que la había creado sin fortaleza, iba a dejarla sin consuelo bajo el peso doloroso de su vida? Un día, pues, se dio cuenta de que estaba encinta, y lo que de casto había aún en ella se estremeció de gozo. El alma tiene extraños refugios. Louise corrió a anunciar a su madre la noticia que tan feliz la hacía. Da vergüenza decirlo, aunque no estamos hablando aquí de la inmoralidad por gusto: estamos contando un hecho real, que tal vez haríamos mejor callando, si no creyéramos que de cuando en cuando es preciso revelar los martirios de esos seres a quiene se condena sin oír y se desprecia sin juzgar; da vergüenza, decimos, pero la madre respondió a la hija que ya no les ssóbraba nada para dos y que no tendrían bastante para tres; que tales hijos son inútiles y que un embarazo es una pérdida de tiempo. Al día siguiente una comadrona, a quien designaremos sólo como la amiga de la madre, fue a ver a Louise, que se quedó unos días en la cama, y volvió a levantarse más débil y más pálida que antes.
Tres meses después un hombre se compadeció de ella y emprendió su curación moral y hsica; pero la última sacudida había sido excesivamente violenta, y Louise murió a consecuencia del aborto. La madre vive todavía: ¿cómo? ¡Sabe Dios!
Esta historia me vino a la memoria mientras contemplaba los estuches de plata, y en estas reflexiones debió de pasar al parecer cierto tiempo, pues ya no quedábamos en la casa más que yo y un vigilante, que desde la puerta observaba con atención si no me llevaba nada.
Me acerqué a aquel hombre, a quien tan graves recelos inspiraba.
––¿Podría decirme ––le dije–– el nombre de la persona que vivía aquí?
––La señorita Marguerite Gautier.
Conocía a esa joven de nombre y de vista.
––¡Cómo! ––––dije al vigilante––. ¿Ha muerto Marguerite Gautier?
––Sí, señor.
––¿Y cuándo ha sido?
––Creo que hace tres semanas..
––¿Y por qué dejan visitar el piso?
––Los acreedores han pensado que así subiría la subasta. La gente puede ver de antemano el efecto que hacen los tejidos y los muebles. Eso anima a comprar, ¿comprende?
––¿Ah, tenía deudas?
––¡Oh, sí, señor! Y no pocas.
Pero seguramente la subasta las cubrirá, ¿no?
––Y sobrará.
––¿Entonces quién se llevará el resto?,
––Su familia.
––¿Ah, tiene familia?
––Eso parece.
Muchas gracias.
El vigilante, tranquilo ya respecto a mis intenciones, me saludó y salí.
«¡Pobre chica! iba diciéndome mientras volvía a mi casa––. No ha debido de morir muy alegremente, pues en su mundo no hay amigos más que cuando uno está bien.»
Y, sin querer, no podía menos de compadecerme de la suerte de Marguerite Gautier.
Quizá le parezca ridículo a mucha gente, pero siento una indulgencia inagotable por las cortesanas, y no pienso tomarme la molestia de andar dando explicaciones sobre tal iridulgencia.
Un día, cuando iba a recoger un pasaporte a la comisaría, vi cómo en una de las calles adyacentes dos gendarmes se llevaban a una chica. Ignoro lo que había hecho: lo único que puedo decir es que lloraba a lágrima viva abrazando a un niño de pocos meses, de quien su detención la separaba. Desde aquel día ya no he podido despreciar a una mujer a simple vista.

19 septiembre 2010

Bicentenario Biblioteca Nacional - El universo, que otros llaman la Biblioteca

Cómo compatibilizar la tradición humanística con la tecnología es uno de los temas de "Historia de la Biblioteca Nacional", el ensayo de Horacio González, su director, aquí analizado. Además, un recorrido por la institución.

Por: Jorge Lafforgue

En el verano de 1991 comienzan a circular las "Palabras del espacio 310", que poco después se transforman en una "Revista de crítica cultural", la cual no tardará en sumar al subtítulo "crítica política"; sin cierre proclamado (si bien la primavera de 2008 está lejana), la revista ha de mantener inalterable, aunque con expandida mirada, su título originario: El Ojo Mocho. Esta publicación, que nació en un aula medio incendiada de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, con una pregunta aguerrida: "¿Fracasaron las ciencias sociales en la Argentina?", para insistir al número siguiente con otra no menos tensa: "¿Se acabó la crítica cultural?", intentará refutar con pasión e inteligencia una cierta tribulación implantada ab initio: "La pasión de la crítica está en retirada"; a lo largo de dos décadas, sus páginas labrarán un rotundo mentís a tan desdichada acechanza.
Pero ahora no se trata de realizar un balance de esa revista que –junto con Punto de Vista, si bien desde otra perspectiva– ha contribuido de manera decisiva e incisiva al desarrollo y el debate de la cultura nacional en los últimos años. La traigo a colación por un motivo sesgado: entre sus muchas singularidades, El Ojo Mocho solía incluir extensas entrevistas a intelectuales ligados al quehacer nacional (muchos son los nombres que en ella abonan ese género o sello: David Viñas y León Rozitchner, Germán García y Carlos Correas, Jorge B. Rivera y Emilio de Ipola. Asís y Fogwill, entre otros), entrevistas que se reproducen en bruto –sin editar o tal su efecto– pues en las mismas jamás se prescinde de repeticiones, rodeos, disrupciones, tics, guiños, vados y torrentes verbales del interpelado. Metodología tan peligrosa como fascinante. Metodología que uno o varios miembros del "grupo editor" asumen al interrogar y transcribir sus preguntas con las vacilaciones, aprietes y perplejidades del caso. Salvo excepciones, Horacio González está siempre presente en esos torneos retóricos. Quiero enfatizarlo: esos asaltos discursivos nada tienen de metódico ordenamiento, nadan más bien en aguas borrascosas, en aguas que se permiten las algas y el barro, la transparencia y el aceite. Si a esta presencia interrogante de Horacio González en El Ojo Mocho, le sumamos su abrumadora intervención en ensayos, comentarios críticos y grageas desperdigadas en el cuerpo de esa revista, me siento plenamente autorizado a nombrarlo su ghost director.
Si tanto un estilo de escritor como un modo de trabajo se forjan en un manifiesto aprendizaje, el extendido pasaje de Horacio González por El Ojo Mocho no hay duda que ha sido decisivo en ambos aspectos. No obstante, recordemos que hubo un antes en su quehacer intelectual, donde bien se pueden contabilizar frecuentes incursiones periodísticas, estudios de sociología en la UBA e incluso el ejercicio de la docencia en las universidades nacionales de Rosario y de Buenos Aires. Pero será durante la década del noventa, tras "ocho años de estadía en Brasil", cuando su actividad cobra dimensiones mayores.
Pongo un inicio: 1992. Ese año ha comenzado a hacerse escuchar más allá de las aulas la revista mocha, González recibe su doctorado en ciencias sociales por la Universidad de San Pablo y su nombre aparece impreso en la tapa de dos libros: La ética picaresca y La realidad satírica (respectivamente una reedición de su tesis de doctorado, significativamente vapuleada por Fogwill en El Ojo Mocho, y doce hipótesis sobre el diario Página/12). En octubre de ese año, González cierra un coloquio internacional organizado por el Goethe-Institut sobre Walter Benjamin; concluye alentando la lectura benjaminiana, "en estos días argentinos, en que la vida intelectual ve declinar el ejercicio de la imaginación y de la crítica, en nombre de academicismos que retornan con escasa culpa y pedestre convicción". (Cita que revela la cavilación central de alguien inmerso en la vida académica, que desgarradamente intenta huir de su creciente tendencia a la burocratización o previsible inepcia.)
La suma de libros publicados por González supera holgadamente el número de los años transcurridos. A veces, es cierto, él aparece como coordinador (por ejemplo en la Historia crítica de la sociología argentina, cuyas primeras cien páginas son de su autoría) u otras como coautor (por ejemplo, Eduardo Rinesi lo acompaña en un par de títulos); pero, si agregamos a los libros, sus intervenciones públicas en los más diversos medios, su actividad ensayística resulta francamente abrumadora, casi sin equivalentes en la Argentina de hoy (digo "casi" porque reparo en la nada desdeñable labor de Beatriz Sarlo y qué decir en la de José Pablo Feinmann).
Referirse a ese corpus (del cual destaco los Restos pampeanos) excede con creces los límites de la nota solicitada sobre Historia de la Biblioteca Nacional, su libro más reciente. Sin embargo, no puedo dejar de señalar un nexo muy evidente entre la revista y el libro. Ese nexo se llama justamente La Biblioteca, otra revista "nueva y antigua a la vez", pues fue fundada por Paul Groussac en 1896 y reeditada con igual título varias veces: así en 1957 por Borges, así cinco años atrás por Elvio Vitali y Horacio González, éste en tanto subdirector de la Biblioteca Nacional y luego su director. Al recorrer La Biblioteca es fácil advertir ciertas similitudes con El Ojo Mocho, desde algunas obvias, como la datación estacional –verano, primavera...– o la constitución de equipos de trabajo –donde no pocos nombres se repiten, y quiero destacar especialmente el de María Pía López– hasta el hecho de que cada número gire en torno a un tema. En los cinco años transcurridos desde entonces y mientras González permanece al frente de esa institución traspasado por los temas que despuntan en las páginas de la renovada revista, un libro se ha ido forjando al calor de esa maquinaria, un libro que resulta fundamental en la reflexión a que nos obliga el Bicentenario.

Banderas de un relato
Tenaces agitadores proclaman el fin de los grandes relatos, aunque suelen estimular intentos de recuperar el pasado como "relatos plausibles". Prestando oídos sordos al primer dictamen, González se enzarza en una historia particular, ante la que no trepida en agitar constantemente las "banderas de su relato" que, por cierto, nunca exhibe un "tamaño" reducido, pues bien puede leerse como la constitución de nuestra nación.
Pero partamos de los desalientos: de entrada es posible advertir qué no encontrará el lector en esta Historia. Por ejemplo, nadie osaría afirmar que se trata de un "Manual de uso", como tampoco nadie podría calificarla de relato prolijo, mesurado, didáctico, pleno de cuadros y estadísticas, y otros tantos adjetivos bienintencionados. Pero no pequemos de extremistas, algo sobre esos "asuntos contingentes" se desliza en el texto de Horacio González y el lector se lo agradece. Así, el apartado sobre "Los vestigios arquitectónicos" referido a los edificios que ocupó la Biblioteca antes de su sede actual (a la que luego se alude reiteradamente, a propósito del rechazo borgeano, de la conflictiva mudanza, de los esfuerzos para "extirpar un nombre" demoliendo la Mansión Unzué, del inadecuado emplazamiento de la estatua de Juan Pablo II, entre otros "intertemas").
Por otra parte, este libro es también dos libros. Pues, si este opus gonzaliano se presenta como un único volumen con foliación corrida, al texto escrito (que va hasta la página 272) le sigue un álbum de fotos de poco más de sesenta páginas. Se trata de dos partes complementarias, donde las imágenes vienen a ser corroboraciones visuales de afirmaciones que se desgranan en el texto.
Una primera y rápida mirada tal vez nos convenza de estar frente a un correcto ordenamiento: dedicatoria, índice, prólogo, seis capítulos seguidos de sus correspondientes notas y un colofón. Pero una mirada menos escolar, podrá advertir que Horacio González no ha escapado a su habitual modalidad escrituraria: el desorden organizado o, a la inversa y mejor, la organización desordenada, aunque ciertamente cuestionante.
En el breve Prólogo se ofrece una síntesis de los propósitos, esperanzas, ideas e intenciones que alberga el camino a recorrer/recorrido. Lo manifiesto, "trazar una hipótesis aceptable sobre el itinerario de una institución fundamental del país", sin desechar como subtexto los dictámenes de "la memoria personal". En la conjunción de ambas instancias "escribimos nuestra historia del orden bibliotecario argentino". Francamente, postula González, esta "historia de la Biblioteca Nacional quiere ser, a la vez, una historia de sus ensueños bibliotecarios y de las quimeras literarias del país. También de sus nada secretos filamentos políticos". Problemas que el autor no oculta: afirma "un único hilo conceptual", en tanto se imagina a la institución como una e indivisible, pero a la vez reconoce "sus discontinuidades políticas", sus etapas contrapuestas, "sus múltiples formas, sentidos y apariciones". Discute la reiterada idea del deficiente funcionamiento de la Biblioteca, la supuesta desidia que la carcome. Señala y se apoya en los trabajos que han precedido a su intento: sobre todo reitera que le "sirve de inspiración" la Historia de la Biblioteca Nacional (1893) de Paul Groussac, que es un "ensayo de historia de las pasiones públicas e intelectuales" y el subsuelo donde "asentamos y proyectamos nuestro propio recorrido". Este se enriquece con muchos aportes posteriores, tanto sobre personajes y temas específicos (Josefa Sabor-Pedro de Angelis, Paula Bruno-Paul Groussac, Bioy Casares-Borges e infinidad de otras investigaciones y provocaciones) como también sobre temas de mayor amplitud (en ese sentido los sólidos trabajos de Alejandro Parada, Roberto Casazza y Mario Tesler reciben más de un reconocimiento, y también algún disentimiento). Se llega así "al núcleo vivo de la polémica misma sobre la cultura nacional": cómo compatibilizar las tradiciones humanísticas y las primicias de las tecnologías. De donde este libro, en forma a veces encubierta, sesgada, pero las más provocativa, manifiestamente, resulta ser un despliegue e incesante asedio de tal dilema. Su subtítulo ya lo proclama: "Estado de una polémica".

De Moreno a González
Esta Historia se hilvana a través de seis capítulos, centrados cada uno de ellos en una figura protagónica. Sucesivamente: Mariano Moreno, De Angelis, Groussac, Martínez Zuviría, Borges y, por último, ¿Vitali o González? Elvio Vitali llevó a González como vicedirector de la Biblioteca, fue su amigo, la dedicatoria de este libro concluye con su nombre, y su rostro sonriente cierra la galería de fotos del volumen; pero él estuvo poco tiempo en la dirección, mientras que su sucesor permanece desde entonces. La lectura de esta Historia muestra que quienes dejaron su huella no fueron directores efímeros o fantasmales sino aquellos que tuvieron la oportunidad de desarrollar en esa institución proyectos culturales sostenidos (para bien o para mal). No haré la apología de Roca y sus sucesores que permitieron la permanencia de Groussac al frente de la Biblioteca Nacional durante 44 años; pero el opuesto absoluto es sin duda muchísimo más grave, más dañino. Pese a que tal vez González tenga razón cuando afirma que el síntoma de politización de la dirección es "arcaico y fundacional".
Pero este libro ¿es ante todo una historia de los directores de la Biblioteca Nacional? Sí y no. Sí, porque sucesivamente todos ellos son mencionados y algo se dice de sus empeños y ausencias, de lo que hicieron y de lo que dejaron de hacer. Y aclaro, tanto en lo que respecta a sus tareas específicas en la Biblioteca como en cuanto a su posicionamiento intelectual e ideológico en el campo de la cultura nacional.
Casi siempre estas últimas consideraciones ganan la partida, superando largamente a las primeras; más aun, ellas suelen constituir el meollo de las elucubraciones críticas de González.
El relato no es simple ni mucho menos lineal. Aunque no pierda de vista el árbol, Horacio González se va por las ramas, trepa, queda colgado en alguna de ellas y baja, para volver a subir; constantemente se desliza en un ir y venir... y volver. Pondré un solo ejemplo de este procedimiento narrativo que es su marca de fábrica. El capítulo 4 es el más breve (no supera las 29 páginas), si bien abarca un largo período (1931-1955: década infame y primer peronismo), en su casi totalidad con un mismo personaje como director de la Biblioteca: Gustavo Martínez Zuviría, novelista otrora muy popular bajo el seudónimo de Hugo Wast. Comienza el capítulo refiriéndose a Los protocolos de los sabios de Sión, que integran el canon antisemita universal y "son el engendro profundo de un tipo especial de conciencia conspirativa", en ellos se formulan los planes "del secreto revelado por el que un núcleo conspirativo judío se apoderaría del mundo" (recordemos Filosofía de la conspiración, libro de González de 2004; por otra parte, no olvidemos al nazismo en expansión por todo Occidente). La aguda puesta en escena de Los protocolos se justifica en tanto ellos "alentaron muchos de los proyectos novelísticos" de Hugo Wast, cuya obra "está fuertemente implicada en la divulgación de un ultramontanismo eclesial"; en particular, González se detiene en dos novelas, El Kahal y Oro, relatos alquimísticos sobre la dominación del mundo por etapas, que incluyen Buenos Aires (aquí González establece una confrontación con la casi simultánea conspiración propiciada por Macedonio Fernández para "dotar a Buenos Aires del misterio que nunca tuvo": y luego con la del Astrólogo arltiano en Los siete locos; ambas, por lo demás, sirven para probar la inferioridad literaria de Hugo Wast, entre otras cuestiones). A continuación, apoyándose en el estudio de Cristián Buchrucker, se refiere a los aportes antisemitas de los años 30 del padre Filippo, el ensayista Ramón Doll y el sacerdote Julio Menvielle (a propósito del cual se remite encomiásticamente al ensayo de Jorge Dotti). El autor hace un alto para preguntarse si "¿tienen estas reflexiones algo que ver con la historia de la Biblioteca Nacional?" Y se responde afirmativamente, dando sus razones, las cuales se reiteran y amplifican en otros pasajes del libro. Se verifica luego una "fundamental polémica", en la que César Tiempo, entonces secretario de la SADE, realiza una lapidaria crítica al manejo de la Biblioteca en ese período. De donde se salta al traslado de importantes documentos de la Biblioteca al Archivo General de la Nación, dispuesta por el ministro de Educación Méndez San Martín, pero no consentida por José Luis Trenti Rocamora ni por Raúl Touceda, los dos directores que suceden fugazmente a Hugo Wast antes de la caída del peronismo (traslado que una y otra vez González reprueba). Trenti Rocamora, que alaba la gestión de su antecesor, ve sin embargo un punto "apenas desacertado" en la misma: prohibir el acceso a la sala de atención preferencial de los investigadores de origen judío, y al respecto cuenta el caso de Boleslao Lewin. El hecho enfurece a González, que no trepida en ver a Lewin como "la encarnación del mismo Tupac-Amaru, que él estudiaba", y remata sin más "era el perseguido universal". De este episodio se salta a otros: la compra parisina de la notable colección Foulché-Delbosc; el duelo entre dos bibliófilos, uno de ellos director de la Revista de la Biblioteca Nacional; la edición facsimilar de Las profecías de Nostradamus por la Biblioteca en 1943; la utopía bibliotecaria de Martínez Zuviría, quien "intentó en el plano arquitectónico el ideal de una Ciudad Jerárquica". Pero, además, cada uno de estos temas viene salpimentado con episodios subordinados o aledaños.
Formulé apenas un ejemplo. No obstante, puede que mi formulación propicie la idea de hallarnos frente a un cóctel vertiginoso de ingredientes múltiples; o tal vez ante un pot-pourri de hechos culturales heterogéneos, que abarcan desde el artículo publicado por Moreno el 13 de setiembre de 1810 hasta esta Historia de la Biblioteca Nacional, pergeñada por su actual director. Tal vez sea pertinente recordar sus propias palabras: "Traté de orientarme en la escritura de esta historia, la de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, a través de todos los planos en que es preciso actuar en ella" .
El propósito manifiesto del autor será entonces el eje conductor del discurso, aquel que da título al volumen: Historia de la Biblioteca Nacional. Pero teniendo en cuenta que –y cabe ahora recordar aquellas entrevistas en El Ojo Mocho– ningún nudo de ese hilo narrativo aparece rigurosamente acotado; por el contrario, si existen nexos temáticos se estimula saltar sin red, se puede ser digresivo, arborescente, hasta repetitivo y machacón. Agreguemos, además, que el lenguaje utilizado por Horacio González resulta una rara mezcla de prosa barroca e intempestiva oralidad ("la experiencia real conversativa"), que a menudo nos sorprende con giros o advertencias (como ésta "Preparaos", precediendo a una cita de Amalia), sin exceptuarnos de algunos latinismos, pero sobre todo de neologismos, por lo general de carácter despectivo: señoritil, eruditismo, regleta, etcétera.
Con este recorrido metódico, lejos estamos sin embargo de dar un panorama completo del vasto material que presenta la Historia de González. Entre lo que falta apuntar, sin duda sobresalen las páginas finales del capítulo 6 que, bien visto, sólo dedica las diecisiete primeras a recordar a los directores que van de Gregorio Weinberg (1984) a Elvio Vitali; las restantes dos terceras partes del capítulo se circunscriben a los principales nudos problemáticos de la institución en estos últimos años y justifican plenamente el subtítulo del libro: "Estado de una polémica". Entre apartados ("Tecnologías", "Sindicalismo de Estado" y "Reflexiones sobre archivos y bibliotecas"), más un Epílogo, se debaten problemas que hacen a la existencia misma de la Biblioteca. No es que tales problemas irrumpan de golpe en las páginas finales, pues muchos de ellos han aflorado en pasajes anteriores; ahora se los retoma, se los analiza e interroga.
En primer término, el actual director reflexiona sobre la incidencia tecnológica en el proceso de actualización de la multifacética actividad institucional o, en términos más amplios, sobre la problemática que surge en la intersección de tecnología y cultura. Comienza González retomando la archiconocida polémica que lo enfrentara en enero de 2007 a Horacio Tarcus, entonces subdirector de la Biblioteca Nacional y a sus adláteres de turno, a quienes el autor les imputa "modestas cegueras". Hace entonces su descargo ("No me opuse ni a la modernización, ni a las tecnologías, ni a conocer a las vocaciones laborales para una nueva jornada colectiva"), repasa no sin un dejo burlón la posición de sus contrincantes de entonces (¿de hoy?), si bien confiesa que no escribe "estas líneas con gozo y vindicta" y refuerza su posición contra la investigación "del tipo extractiva" frente a la reivindicada "de sembradío", o sea que condena la beatería que se apega al documento sin hacer de éste una semilla a fecundar. En síntesis, "se confrontaban maneras distintas de interpretar el archivismo, una como instrumento de una teoría globalizada de la memoria, otra como íntima perspectiva de creación de nuevas preguntas sobre la escritura, el lenguaje de la historia y el consiguiente sentido engarzado en lo práctico inerte del pasado". La riqueza conceptual y la carga polémica de estos últimos apartados constituyen sin duda la mejor invitación a la lectura de este libro.
En un Mar del Plata otoñal, año 1941, Borges concluye un cuento que habrá de formar parte de El jardín de senderos que se bifurcan y que luego integrará Ficciones. Bifurcaciones y ficciones tejen infinitamente aquel texto memorable, que se inicia con un sinónimo dramático e implacable: "El universo, que otros llaman la Biblioteca". Sin duda, ese comienzo, el sentido de ese comienzo, ha horadado la mente y el corazón de Horacio González mientras redactaba este libro nada sigiloso.
Fuente: Revista Ñ Clarín, sábado 18 de septiembre 2010

18 septiembre 2010

Cuentos Reunidos - Kjell Askildsen

"Ajedrez" (fragmento)
"El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar sano. Pero la vida no quiere desprendesre de mí. El que no tiene nada por qué vivir, tampoco tiene nada por qué morir. Tal vez sea ese el motivo".

Con prólogo de Fogwill, esta edición es una oportunidad para deambular por un universo frío, seco y a la vez conmovedor.

El escritor noruego llega a nosotros con esta recopilación de cuentos con traducción de Baggethun y Lorenzo. Askildsen escribe cuentos cortos en un estilo realista y específicamente estático. Sus personajes son de clase media y no suele tocar temas políticos ni económicos. Su narrativa relata momentos breves de la vida de sus personajes y luego cambia el rumbo de su texto, casi como si se tratara de una serie de fotografías de cada uno. Su primer libro "Desde ahora te acompeñaré a casa", publicado en 1953, fue aclamado por la crítica y luego prohibido por inmoral en la biblioteca pública de su ciudad natal.

Narrativa
  • Un vasto y desierto paisaje. Premio de la Crítica en Noruega, 1983, (2002).
  • Últimas notas de Thomas F. para la humanidad (Premio de la Crítica en Noruega).
  • Un repentino pensamiento liberador (Premio Riksmål, 1987), (2003). 
  • Los perros de Tesalónica (2006).
  • Desde ahora te acompañaré a casa (2008).
  • Todo como antes (2008) con prólogo de Julián Rodríguez.

12 septiembre 2010

Secreto bien guardado - Viviana Elena Rivero


¿Puede el amor triunfar sobre el prejuicio?
“Un rubor se apoderó de Amalia al recordar dónde y con quiénes estaba, y quién era ella: una chica judía de la clase alta argentina con un cosquilleo en el vientre ante la mirada de… ¡un nazi!”
Buenos Aires, 2008. El hallazgo de un manuscrito familiar por parte de una joven recién llegada de España la transportará al pasado y a la historia de un amor que desafió los paradigmas de la época y se atrevió a soñar lo imposible.
Hotel Edén, Córdoba, 1940. En plena Segunda Guerra Mundial, la Argentina elige ampararse detrás de una dudosa neutralidad. Amalia, bella hija de un próspero empresario porteño de origen judío, disfruta de las vacaciones junto con su familia en el mítico hotel cordobés, ícono del lujo. Allí se hospeda también un grupo de diplomáticos alemanes cuya misión es repatriar a los marinos del acorazado Graf Spee, hundido en el Río de la Plata. Entre ellos está el apuesto abogado Marthin Müller, de carrera ascendente en las filas nazis. Amalia y Marthin no podrán refrenar una poderosa atracción que tendrá consecuencias dramáticas e impredecibles para ambos.
En Secreto bien guardado, los personajes se debaten en medio de pasiones, equívocos y situaciones límite sin tregua.
Con estilo directo y un sólido trasfondo histórico, esta novela vertiginosa y atrapante de Viviana Rivero opone la fuerza liberadora de los sentimientos a la cárcel de las convenciones sociales.

05 septiembre 2010

La Brújula de Noé - Anne Tyler

El sexagenario Liam Pennywell acaba de perder su trabajo. NO es que le gustara especialmente, así que, lejos de deprimirse, decide aprovechar la oportunidad para cambiar de aires y entrar en la siguiente fase : ese final por el que siente cierta curiosidad. Para economizar, decide cambiar de apartamente y de barrio. Pero la primera noche que pasa en su nuevo piso ocurre algo, y despierta días más tarde en un hospital sin un recuerdo claro de lo que pudo ocurrir y de cuánto tiempo ha pasado desde entonces.Durante su período de recuperación, todas las mujeres de su vida: sus hijas, su hermana y sus ex mujeres, van aparecienndo para hacerle compañía y renovar viejas recriminaciones. Es entonces cuando comienza un idilio con una mujer mucho más joven.

Anne Tyler (nacida el 25 de octubre de 1941) es una novelista estadounidense, ganadora de un Premio Pulitzer. Nacida en Minneapolis, Minnesota, Tyler se crió en Raleigh, Carolina del Norte, se graduó a los 19 años de edad en la Universidad de Duke, y completó su trabajo de graduación en estudios rusos en la Universidad de Columbia en Nueva York. Trabajó como bibliotecaria después de mudarse a Maryland. En 1963, Tyler se casó con el psiquiatra y novelista iraní Taghi Mohammad Modarressi, con quien tuvo dos hijas, Tezh and Mitra. Modarressi falleció en 1997. Tyler vive en Baltimore, Maryland, lugar que ambienta la mayoría de sus novelas.


04 septiembre 2010

Principe y Mendigo - Mark Twain


PREFACIO
Voy a poner por escrito un cuento, tal como me lo contó uno que lo sabía por su padre, el cual lo supo anteriormente por su padre; este último de igual manera lo había sabido por su padre... y así sucesivamente, atrás y más atrás, más de trescientos años, en que los padres se lo transmitían a los hijos y así lo iban conservando. Puede ser historia, puede ser sólo leyenda, tradición. Puede haber sucedido, puede no haber sucedido: pero podría haber sucedido. Es posible que los doctos y los eruditos de antaño lo creyeran; es posible que sólo a los indoctos y a los sencillos les gustara y la creyeran.

CAPITULO I

NACIMIENTO DEL PRÍNCIPE Y DEL MENDIGO
En la antigua ciudad de Londres, un cierto día de otoño del segundo cuarto del siglo XVI, le nació un niño a una familia pobre, de apellido Canty, que no lo deseaba. El mismo día otro niño inglés le nació a una familia rica, de apellido Tudor, que sí lo deseaba. Toda Inglaterra también lo deseaba. Inglaterra lo había deseado tanto tiempo, y lo había esperado, y había rogado tanto a Dios para que lo enviara, que, ahora que había llegado, el pueblo se volvió casi loco de alegría. Meros conocidos se abrazaban y besaban y lloraban. Todo el mundo se tomó un día de fiesta; encumbrados y humildes, ricos y pobres, festejaron, bailaron, cantaron y se hicieron más cordiales durante días y noches. De día Londres era un espectáculo digno de verse, con sus alegres banderas ondeando en cada balcón y en cada tejado y con vistosos desfiles por las calles. De noche era de nuevo otro espectáculo, con sus grandes fogatas en todas las esquinas y sus grupos de parrandistas alegres alborotando en,torno de ellas. En toda Inglaterra no se hablaba sino del nuevo niño, Eduardo Tudor, Príncipe de Gales, que dormía arropado en sedas y rasos, ignorante, de todo este bullicio, sin saber que lo servían y lo cuidaban grandes lores y excelsas damas, y, sin importarle, además. Pera no se hablaba del otro niño, Tom Canty, envuelto en andrajos, excepto entre la familia de mendigos a quienes justo había venido a importunar con su presencia.

CAPÍTULO II

LA INFANCIA DE TOM
Saltemos unos cuantos años. Londres tenía mil quinientos años de edad, y era una gran ciudad... para entonces. Tenía cien mil habitantes algunos piensan que el doble.
Las calles eran muy angostas y sinuosas y sucias, especialmente en la parte en que vivía Tom Canty, no lejos del Puente de Londres. Las casas eran de madera, con el segundo piso proyectándose sobre el primero, y el tercero hincando sus codos más allá del segundo. Cuanto más altas las casas tanto más se ensanchaban. Eran esqueletos de gruesas vigas entrecruzadas, con sólidos materiales intermedios, revestidos de yeso. Las vigas estaban pintadas de rojo, o de azul o de negro, de acuerdo al gusto del dueño, y esto prestaba a las casas un aspecto muy pintoresco. Las ventanas eran chicas, con cristales pequeños en forma de diamante, y se abrían hacia afuera, con bisagras, como puertas.
La casa en que vivía el padre de Tom se alzaba en un inmundo callejón sin salida, llamado Offal Court, mas allá de Pudding Lane. Era pequeña, destartalada y casi ruinosa, pero estaba atestada de familias miserables. La tribu de Canty ocupaba una habitación en el tercer piso. El padre y la madre tenían una especie de cama en un rincón, pero Tom, su abuela y sus dos hermanas, Bet y Nan, eran libres: tenían todo el suelo para ellos y podían dormir donde quisieran. Había restos de una o dos mantas y algunos haces de paja vieja y sucia, que no se podían llamar con propiedad camas, pues no estaban acomodados, y a puntapiés se les mandaba a formar un gran montón, en la mañana, y de ese montón se hacían apartijos para el uso nocturno.
Bet y Nan, gemelas, tenían quince años. Eran niñas de buen corazón, sucias, harapientas y de profunda ignorancia. Su madre era como ellas. Mas el padre y la abuela eran un par de demonios. Se emborrachaban siempre que podían, luego se peleaban entre sí o con cualquiera que se les pusiera delante; maldecían y juraban siempre, ebrios o sobrios. Juan Canty era ladrón, y su madre pordiosera. Hicieron pordioseros a los niños, mas no lograron hacerlos ladrones. Entre la desgraciada ralea pero sin formar parte de ella que habitaba la casa, había un buen sacerdote viejo, a quien el rey había deudo sin casa ni hogar con sólo una pensión de unas cuantas monedas de cobre, que acostumbraba llamar a los niños y enseñarles secretamente el buen camino. El padre Andrés también enseñó a Tom un poco de latín, y a leer y escribir; y habría hecho otro tanto con las niñas, pero éstas temían las burlas de sus amigas, que no habrían sufrido en ellas una educación tan especial.
Todo Offal Court era una colmena igual que la casa de Canty. Las borracheras, las riñas y los alborotos eran lo normal cada noche, y casi toda la noche. Los descalabros eran tan comunes como el hambre en aquel lugar. Sin embargo, el pequeño Tom no era infeliz. La pasaba bastante mal, pero no lo sabía. La pasaba enteramente lo mismo que todos los muchachos de Offal Court, y por consiguiente suponía que aquella vida era la verdadera y cómoda. Cuando por las noches volvía a casa con las manos vacías, sabía que su padre lo maldeciría y golpearía primero, y que cuando el hubiera terminado, la detestable abuela lo haría de nuevo, mejorado; y que entrada la noche, su famélica madre se deslizaría furtivamente hasta él con cualquier miserable mendrugo de corteza que hubiera podido guardarle, quedándose ella misma con hambre, a despecho de que frecuentemente era sorprendida en aquella especie de traición y golpeada por su marido.
No. La vida de Tom transcurría bastante bien, especialmente en verano. Mendigaba sólo lo necesario para salvarse, pues las leyes contra la mendicidad eran estrictas, y graves las penas, y reservaba buena parte de su tiempo para escuchar los encantadores viejos cuentos y leyendas del buen padre Andrés acerca de gigantes y hadas, enanos, y genios, y castillos encantados y magníficos reyes y príncipes. Llenósele la cabeza de todas estas cosas maravillosas, y más de una noche, cuando yacía en la oscuridad, sobre su mezquina y hedionda paja, cansado, hambriento y dolorido de una paliza, daba rienda suelta a la imaginación y pronto olvidaba sus penas y dolores, representándose deliciosamente la espléndida vida de un mimado príncipe en un palacio real. Con el tiempo un deseo vino a cautivarlo día y noche: ver a un príncipe de verdad, con sus propios ojos. Una vez les habló de ello a sus camaradas de Offal Court; pero se burlaron y escarnecieron tan despiadamente, que después de aquello guardó, gustosamente para sí su sueño.
A menudo leía los viejos libros del sacerdote y le hacía explicárselos y explayarse. Poco a poco, sus sueños y lecturas operaron ciertos cambios en él. Sus personas ensoñadas eran tan refinadas, que él empezó a lamentar sus andrajos y su suciedad, y a desear ser limpio y mejor vestido. De todos modos siguió jugando en el lodo y divirtiéndose con ello, pero en vez de chapotear en el Támesis sólo por diversión, empezó a encontrar un nuevo valor en él por el lavado y la limpieza que le procuraba.
Tom encontraba siempre algún suceso en torno del Mayo de Cheapside y en las ferias, y de cuando en cuando, él y el resto de Londres tenían oportunidad de presenciar una parada militar cuando algún famoso infortunado era llevado prisionero a la Torre, por tierra o en bote. Un día de verano vio quemar en la pira de Smithfield a la pobre Ana Askew y a tres hombres, y oyó a un ex-obispo predicarles un sermón, que no le interesó. Sí, la vida de Tom era variada, y, en conjunto, bastante agradable.
Poco a poco, las lecturas y los sueños de Tom sobre la vida principesca le produjeron un efecto tan fuerte que empezó a hacer el príncipe, inconscientemente. Su discurso y sus modales se volvieron singularmente ceremoniosos y cortesanos, para gran admiración y diversión de sus íntimos. Pero la influencia de Tom entre aquellos muchachos empezó a crecer, ahora, de día en día, y con el tiempo vino a ser mirado por ellos con una especie de temor reverente, como a un ser superior. ¡Parecía saber tanto, y sabía hacer y decir tantas cosas maravillosas, y además era tan profundo y tan sabio!
Las observaciones de Tom y los actos de Tom eran reportados por los niños a sus mayores, y éstos también empezaron a hablar de Tom Canty y a considerarlo como una criatura extraordinaria y de grandes dotes. Gente madura le llevaba sus dudas a Tom para que se las solucionara, y a menudo quedaba pasmada ante el ingenio y la sabiduría de sus decisiones. De hecho se tornó un verdadero héroe para todos cuantos le conocían, excepto para su propia familia; ésta, en realidad, no veía nada en él.
Poco después, privadamente Tom organizó una corte real. Él era el príncipe; sus más cercanos camaradas eran guardas, chambelanes, escuderos, lores, damas de la corte y familia real. A diario el príncipe fingido era recibido con elaborados ceremoniales copiados por Tom de sus lecturas novelescas; a diario, los graves sucesos del imaginario reino se discutían en el consejo real, y a diario Su fingida Alteza promulgaba decretos para sus imaginarios ejércitos, armadas y virreyes. Después de lo cual seguiría adelante con sus andrajos y mendigaría unos cuantos ardites, comería su pobre corteza, recibiría sus acostumbradas golpizas e insultos y luego se tendería en su puñado de sucia paja, y reanudaría en sus sueños sus vanas grandezas.
Y aun su deseo de ver una sola vez a un príncipe de carne y hueso crecía en él día con día, semana con semana, hasta que por fin absorbió todos sus demás deseos y llegó a ser la pasión única de su vida.
Cierto día de enero, en su habitual recorrido de pordiosero, vagaba desalentado por el sitio que rodea Mincing Lane, y Little East Cheap, hora tras hora, descalzo y con frío, mirando los escaparates de los figones y anhelando las formidables empanadas de cerdo y otros inventos letales ahí exhibidos, porque, para él, todas aquellas eran golosinas dignas de ángeles, a juzgar por su olor, ya que nunca había tenido la buena suerte de comer alguna. Caía una fría llovizna, la atmósfera estaba sombría, era un día melancólico. Por la noche llegó Tom a su casa tan mojado, rendido y hambriento, que su padre y su abuela no pudieron observar su desamparo sin sentirse conmovidos ––a su estilo––; de ahí que le dieran una bofetada de una vez y lo mandaran a la cama. Largo rato le mantuvieron despierto el dolor y el hambre, y las blasfemias y golpes que continuaban en el edificio; mas al fin sus pensamientos flotaron hacia lejanas tierras imaginarias, y se durmió en compañía de enjoyados y lustrosos príncipes que vivían en grandes palacios y tenían criados zalameros ante ellos o volando para ejecutar sus órdenes. Luego, como de costumbre, soñó que él mismo era príncipe. Durante toda la noche las glorias de su regio estado brillaron sobre él. Se movía entre grandes señores y damas, en una atmósfera de luz, aspirando perfumes, escuchando deliciosa música y respondiendo a las reverentes cortesías de la resplandeciente muchedumbre que se separaba para abrirle paso, aquí con una sonrisa y allá con un movimiento de su principesca cabeza. Y cuando despertó por la mañana y contempló la miseria que le rodeaba, su sueño surtió su efecto habitual: había intensificado mil veces la sordidez de su ambiente. Después vino la amargura, el dolor y las lágrimas.

02 septiembre 2010

Bella Malicia - Rebeca James


No fui al funeral de Alice.
En aquel momento yo estaba embarazada, loca y violentamente dolorida. Pero Alice no era el motivo de mi dolor. No, en aquella época yo odiaba a Alice y me alegré de que estuviera muerta. Alice fue quien me arruinó la vida, arrebatándome lo mejor que había tenido nunca y rompiéndolo en mil pedazos. No lloraba por Alice sino por su culpa.
Pero ahora, cuatro años después y en un momento feliz de mi existencia, por fin asentada en una vida cómoda y rutinaria con mi hija Sarah (mi pequeña Sarah, tan dulce y tan seria), en ocasiones, después de todo, me gustaría haber ido al funeral de Alice.
Lo que ocurre es que a veces veo a Alice: en el supermercado, en la puerta de la guardería de Sarah, en el bar donde Sarah y yo vamos a comer algún menú barato de vez en cuando.
Con el rabillo del ojo veo destellos del cabello rubio platino de Alice, de su cuerpo de modelo, de su ropa llamativa, y entonces me paro a mirarla, mi corazón late desbocado. Tardo un instante en recordar que está muerta, que es imposible que sea ella, pero hago un esfuerzo por acercarme y asegurarme de que su fantasma no ha vuelto para darme caza. De cerca, esas mujeres a veces se le parecen, aunque nunca, nunca son tan guapas como Alice. Muy a menudo, por el contrario, tras una inspección de cerca, no se parecen a ella en nada.
Me doy la vuelta y sigo adelante con lo que estuviera haciendo antes, pero una ola de calor me ha invadido la cara y los labios, y en los dedos me hormiguea desagradablemente la adrenalina. La situación, invariablemente, me estropea el día.
Tendría que haber ido al funeral. No habría tenido que llorar, o fingir desesperación. Podría haberme reído con amargura y escupido en su tumba. ¿A quién le hubiera importado?
Si hubiera visto descender el ataúd en la fosa, si hubiera visto la tierra cubriendo el féretro, tendría la certeza de que está realmente muerta y enterrada
En lo más hondo de mi interior me gustaría saber que Alice se fue para siempre.

1

—¿Quieres venir? —Alice Parrie me mira desde arriba, y sonríe. Es la hora del almuerzo y estoy sentada bajo un árbol, sola, absorta en un libro.
—¿Perdón? —Me protejo los ojos del sol y alzo la mirada—. ¿Adónde?
Alice me da un trozo de papel.
Lo cojo y lo leo. Es una fotocopia en colores brillantes de una invitación para la fiesta de cumpleaños de Alice. Cumple dieciocho. ¡Corre la voz! ¡Tráete a tus amigos!, leo.
¡Champán gratis! ¡Comida gratis! Sólo alguien tan popular y tan segura de sí misma como Alice puede ofrecer una invitación así; cualquiera más normal se sentiría como si estuviera rogando a la gente que fuera a su fiesta. ¿Por qué me invita a mí?, me pregunto. Conozco a Alice, todo el mundo conoce a Alice, pero nunca había hablado con ella hasta ahora. Es una de esas chicas: guapa, popular, imposible de olvidar.
Sostengo la invitación en mi mano y asiento.
—Lo intentaré. Pinta divertido —miento.
Alice me mira durante unos segundos. Suspira y se deja caer a mi lado, tan cerca que su rodilla presiona la mía con fuerza.
—No vendrás —dice ella sonriendo abiertamente.
—Probablemente no.
—Pero yo quiero que vengas, Katherine —dice ella—.Realmente significaría mucho para mí.
Me sorprende que Alice sepa mi nombre, pero es aún más sorprendente —de hecho, bastante increíble— que quiera que yo vaya a su fiesta. En el instituto Drummond High soy casi una desconocida, y no tengo amigos íntimos. Voy y vengo discretamente, sola, y me dedico sólo a estudiar. Evitar llamar la atención. Lo hago bastante bien, pero mis notas no son excepcionales. No hago deporte, no formo parte de ningún club. Y aunque sé que no puedo seguir así para siempre
—viviendo mi existencia entera como una sombra— por ahora me va bien. Me escondo, lo sé, soy una cobarde, pero en estos momentos necesito ser invisible, ser el tipo de persona que no despierta la curiosidad. Así nadie tiene que saber quién soy realmente, o qué es lo que me pasó.
Cierro el libro y empiezo a guardar mis cosas del almuerzo.
—Espera. —Alice me pone la mano en la rodilla. La miro tan fríamente como puedo y ella la retira—. En serio. Me gustaría mucho que vinieras, de verdad. Y creo que lo que le dijiste a Dan la semana pasada fue fantástico. A mí me encantaría poder decir cosas así, pero no sé hacerlo. No soy lo suficientemente rápida. Sabes, yo nunca habría visto así los sentimientos de esa mujer. No hasta que se lo dijiste a Dan.
Quiero decir, estuviste genial, lo que le dijiste estuvo muy bien, y le demostraste lo idiota que es.
Enseguida sé a qué se refiere Alice: a la única vez que he bajado la guardia, olvidándome de mí misma por un momento.
Porque ya no suelo enfrentarme a las personas. Hago un verdadero esfuerzo a diario por evitarlo. Pero la manera en que Dan Johnson y sus amigos se habían comportado dos semanas atrás me molestó tanto que no pude aguantarme.
Vino una oradora para hablarnos sobre la planificación de nuestras carreras y de la admisión en la Universidad. Es cierto que el discurso era aburrido, habíamos oído aquello millones de veces antes y la mujer estaba nerviosa y balbuceaba y vacilaba y hablaba de un modo confuso, dando vueltas a lo que decía, y la cosa empeoró aún más cuando la multitud empezó a hacer ruido y a inquietarse. Dan Johnson y su espeluznante grupo de amigotes se aprovecharon de ella. Fueron tan crueles y premeditadamente perversos que la mujer se fue humillada, hecha un mar de lágrimas. Cuando acabó todo, yo estaba detrás de Dan en el pasillo y le di un golpecito en el hombro.
Dan se volvió con aires de superioridad, esperando recibir algún tipo de aprobación por su conducta.
—¿Se te ha ocurrido pensar —empecé en un tono de voz sorprendentemente duro, cargado de ira— en todo el daño que le has hecho a esa mujer? Esta es su vida, Daniel, su carrera, su reputación profesional. Has estado patético, tu escenita para llamar la atención ha sido toda una humillación para ella. Lo siento por ti, Daniel, en tu interior debes de ser muy triste y pequeño si sientes la necesidad de maltratar así a alguien, alguien a quien ni siquiera conoces.
—Estuviste increíble —continuó Alice—. Y te lo digo sinceramente, me dejaste absolutamente sorprendida. Quiero decir, creo que todos nos sorprendimos. Nadie le habla así a Dan. —Negó con la cabeza—. Nadie.
Bueno, yo sí lo hice. Pero creo que también me hablo así a mí misma. Al menos, mi yo real lo hace.
—Fue admirable. Valiente.
Y esa es la palabra que lo provoca: «Valiente». Necesito ser valiente. Necesito que la cobardía que hay en mí sea borrada, vencida y destruida, porque no puedo soportarla más.
Me levanto y me echo el bolso al hombro.
—De acuerdo —digo sorprendiéndome a mí misma—.
De acuerdo, vendré.