31 octubre 2010

La hija del optimista - Eudora Welty

Uno
1 (fragmento)
Una enfermera les mantuvo la puerta abierta. Entró primero el juez McKelva, luego su hija Laurel y después su esposa Fay, y se adentraron todos en aquella habitación sin ventanas en la que el doctor iba a llevar a cabo el reconocimiento. El juez McKelva era un hombre alto y robusto, de setenta y un años, que habitualmente llevaba las gafas colgadas al cuello con un cordel. Ahora las tenía en la mano, y se sentó en una silla elevada y con apariencia de trono, junto a la silla giratoria del médico, flanqueado a un lado por Laurel y al otro por Fay.
Laurel McKelva Hand era una mujer enjuta, de rostro hierático, a medio camino entre los cuarenta y los cincuenta, con el pelo aún oscuro. Vestía ropa de buen corte y tejido, aunque el traje era demasiado abrigado para Nueva Orleans y tenía una arruga en el bajo de la falda. Parecía que sus oscuros ojos azules se habían pasado la noche en blanco. Fay, pequeña y pálida, embutida en su vestido con botones dorados, repiqueteaba nerviosamente con el tacón de la sandalia en el suelo. Era la mañana de un lunes de principios de marzo. Y Nueva Orleans era una ciudad extraña para todos ellos.
El doctor Courtland, en el momento preciso, cruzó la sala a grandes zancadas y estrechó la mano del juez McKelva y la de Laurel. Tuvieron que presentarle a Fay, que se había casado con el juez McKelva tan sólo un año y medio antes. Luego, el doctor se sentó en su silla giratoria y apoyó los talones en el reposapiés. Levantó la mirada con un extraño gesto de agradecimiento: como si hubiera estado esperando al juez McKelva en Nueva Orleans para entregarle un regalo, o quizás para que el juez se lo trajera a él.
–Nate –dijo el padre de Laurel–, seguramente el problema sea que ya no soy tan joven como antes. Pero me inclino a pensar que tengo algo en el ojo.
Puesto que disponía de todo el tiempo del mundo, el doctor Courtland, oftalmólogo de renombre, entrelazó los dedos de aquellas manos suyas, grandes y rudas: a Laurel siempre le pareció que el simple contacto de aquellos dedos con el cristal de un reloj podría transmitir a su piel qué hora era exactamente.
–Diría que tengo esta pequeña molestia desde el aniversario del nacimiento
El doctor Courtland asintió, como si aquel fuera un día propicio para curar cualquier dolencia.
–Hábleme de esa pequeña molestia –dijo.
–Te lo contaré. Había estado podando un poco mis rosas… estoy jubilado, ya sabes. Y me quedé allí, en un extremo del porche de casa, mirando hacia la calle… Fay se había ido a no sé dónde… –dijo el juez McKelva, y le dirigió a su esposa una amable sonrisa que se pareció mucho a un reproche.
–Yo sólo subí al pueblo, a la peluquería, para que Myrtis me pusiera los rulos.
–Y fue entonces cuando vi la higuera –dijo el juez McKelva–. ¡La higuera!
¡Lanzando destellos desde aquellos viejos trastos que a Becky se le ocurrió colgar allí hace años para espantar a los pájaros!
Ambos hombres sonrieron. Pertenecían a generaciones distintas pero eran del mismo pueblo. Becky era la madre de Laurel. En julio, aquellos reflectantes caseros, una especie de círculos de latón, apenas servían para mantener alejados a los pájaros de los higos.
–Nate, seguro que recuerdas tan bien como yo ese árbol: se encuentra entre mi patio trasero y el lugar en el que tu madre solía tener su establo. Sin embargo, cuando quise mirar en dirección a los juzgados, aquello me deslumbró. –El juez McKelva prosiguió: Así que me vi obligado a llegar a la conclusión de que había estado mirando hacia la parte de atrás.
Fay dejó escapar una risa: una nota única, alta, tan burlona como la de un grajo.
–Sí, es bastante inquietante. –El doctor Courtland giró la silla hacia su paciente–. Echémosle un vistazo.
–Ya he mirado yo. Y no he visto que tenga nada –dijo Fay–. A lo mejo te arañaste con uno de esos zarzales tuyos, cariño, pero ahí no tienes ninguna espina.
–Por supuesto, se me había olvidado por completo. Becky seguramente habría dicho que me estaba bien empleado. El peor momento para podar un rosal trepador es antes de la floración. –El juez McKelva continuó hablando con el mismo tono confidencial; tenía el rostro del doctor muy cerca del suyo–. Pero me parece que el rosal de Becky difícilmente se rendirá.
–Difícilmente –murmuró el doctor–. Creo que mi hermana aún conserva un esqueje del Rosal Trepador de la Señorita Becky[2]. –De todos modos, su rostro permaneció completamente hierático mientras se inclinaba hacia delante para apagar la luz.–¡Vaya, no se ve nada! –Fay dio un pequeño gritito–. ¿Por qué siempre tiene que andar allí enredado en esas zarzas? ¿Sólo porque yo había salido un minuto de casa?
–Porque el aniversario del nacimiento de George Washington es el dí consagrado a cortar las rosas y llevarlas a casa –dijo el doctor en tono amigable–. Debería haberle pedido usted a mi hermana Adele que fuera allí y se las cortara.
–Oh, se ofreció… –dijo el juez McKelva, pero despachó el caso de Adele con un leve movimiento de la mano–. Creo que a estas alturas ya debería haberle cogido el tranquillo al asunto.
Laurel lo había visto podar. Su padre sujetaba las rosas cortadas con ambas manos y, entonces, ejecutaba una especie de pesada danza, con un giro hacia un lado, y luego otro giro hacia el lado contrario, como si estuviera acunando a su compañera de baile, mientras se alejaba del rosal con la mirada perdida.
–¿Ha tenido más molestias desde entonces, juez Mac?
–Oh, veo un poco borroso. Nada que llame tanto la atención como aquella primera molestia.
–Muy bien, y entonces… ¿por qué no dejamos que actúe la Naturaleza?
–dijo Fay–. Eso es lo que siempre le digo yo.
Laurel había llegado directamente desde el aeropuerto; había cogido un vuelo nocturno desde Chicago. La decisión de verse con su padre había sido repentina, acordada por conferencia la tarde anterior. A su padre, en la vieja casa de Mount Salus, en Mississippi, le apeteció telefonearla en vez de escribirle una carta, pero curiosamente había sido una conversación muy seca por su parte. Al final, le había dicho: «Por cierto, Laurel, estoy teniendo algunos problemillas con la vista… últimamente. Creo que debería darle a Nate Courtland una oportunidad para que mire a ver qué puede encontrar». Y había añadido: «Fay vendrá conmigo, y así podrá ir de compras».
La confirmación de que estaba preocupado era tan novedosa que parecía significar que estaba realmente enfermo, así que Laurel había decidido ir volando El ojo increíblemente pequeño y brillante del aparato aún se mantenía suspendido entre el rígido rostro del juez McKelva y la cara oculta del doctor.
En aquel momento, las luces del techo se iluminaron de nuevo. El doctor Courtland permaneció quieto, observando con detenimiento al juez McKelva, que le devolvió la mirada.–Pensé que tenía que traerte alguna cosilla en la que pudieras ocuparte
–dijo el juez McKelva, con el tono de voz condescendiente con el que solía dictar sentencia antes de que se retirara de los tribunales.
–Tiene usted desprendimiento de retina en el ojo derecho, juez Mac
–dijo el doctor Courtland.
–Muy bien, seguro que puedes pegarla –respondió el padre de Laurel.
–Hay que solucionarlo sin pérdida de tiempo.
–Muy bien, ¿cuándo me vas a operar?
–¿Sólo por un arañazo? ¡Por qué no se agostarían esas viejas rosas y se morirían! –gritó Fay.
–El ojo no tiene ningún arañazo. Lo que ha ocurrido no ha ocurrido en la parte exterior del ojo; ha ocurrido en el interior. Y los destellos, también.
Ha ocurrido en la parte con la que su marido ve, señora McKelva.
El doctor Courtland, volviendo la espalda al juez y a Laurel, le señaló a
Fay un cartel que colgaba de la pared. La mujer caminó hacia el cuadro, esparciendo su perfume por la sala.
–Ésta es la parte exterior del ojo y ésta es la parte interior –dijo el oftalmólogo.
Y entonces señaló en el gráfico lo que había que hacer.
El juez McKelva se giró completamente hacia un lado para poder hablar con Laurel, que se encontraba sentada en una silla, junto a él.
–Lo del ojo no es una broma, ¿verdad?
–No entiendo por qué me tiene que ocurrir esto a mí –exclamó Fay.
El doctor Courtland condujo al juez hasta la puerta.
–¿Le importaría ir a mi despacho, señor, y permitir que mi enfermera le importune con algunas preguntas más?
Cuando el médico regresó a la sala de reconocimiento, se sentó en la silla del paciente.
–Laurel –dijo–, no quiero encargarme de esta operación. –Y añadió rápidamente–:
Sentí mucho lo de tu madre. –Se volvió y lanzó lo que seguramente fue su primera mirada directa hacia Fay–. Mi familia conocía a la suya desde hace mucho tiempo –le dijo; una frase que nunca se dice salvo para advertir de algo que no hay ninguna necesidad de decir.
–¿Dónde está el desgarro? –preguntó Laurel. –Cerca del centro –le contestó.
Ella mantuvo la mirada fija en el médico y éste añadió–: No hay tumor.
–Antes de que siga usted adelante, creo que yo debería saber si podrá ver bien –dijo Fay.
–En principio, eso depende de cuál sea la razón del desprendimiento
–dijo el doctor Courtland–. Y después, dependerá de lo bueno que sea el cirujano, y luego, de lo mu-cho o lo poco que el juez Mac acat nuestra recomendaciones, y luego, de la voluntad de Dios. Esta joven lo sabe bien –e hizo un leve asentimiento a Laurel.
–Una operación no es una cosa en la que uno deba precipitarse, eso lo sé perfectamente.
–No querrá que espere y que el juez pierda toda la visión de ese ojo…
Se le están formando cataratas en el otro –dijo el doctor Courtland.
–¿Mi padre tiene… ? –preguntó Laurel.
–Lo descubrí antes de irme de Mount Salus. Se han estado formando durante años; se han tomado su tiempo. Él está informado; pero piensa que ya se le pasará.
–Es como lo de mi madre. Así fue como empezó…
–Bueno, Laurel, yo no soy muy hábil a la hora de hacer suposiciones
–protestó el doctor Courtland–. Así que procederé con precaución. Yo estuve allí, en tu casa, con el juez Mac y la señorita Becky. Y pude observar muy de cerca lo que le ocurrió a tu madre.
–Yo también estaba allí. Sabes que nadie va a culparte de nada; ¿cómo imaginar que podías haber previsto que… ?
–Si hubiéramos sabido entonces lo que sabemos ahora… El ojo era sólo una parte de la cuestión… –dijo–, en tu madre.
 Laurel observó durante un instante aquel rostro curtido, tan absolutamente transparente a sus ojos. Toda la vida de Mississippi se reflejaba en su cara.
 Se levantó.
 –Desde luego, si me pides que lo haga, lo haré –dijo–. Pero desearía que no me lo pidieras.
–Mi padre no va a permitir que te desentiendas –dijo Laurel pausadamente.
–¿Es que lo que yo opine no cuenta en absoluto? –preguntó Fay, mientras salía tras ellos de la consulta–. Pues opino que deberíamos olvidarnos completamente de este asunto. La Naturaleza es el mejor cirujano.
–De acuerdo, Nate –dijo el juez McKelva cuando se reunieron todos en el despacho del doctor
Courtland–. ¿Cuándo puede ser?
–Juez Mac –contestó el doctor Courtland–, he conseguido que me haga este favor el doctor Kunomoto, de Houston. Ya sabe, fue mi profesor.
Ahora utiliza un método más radical, y puede coger un avión y presentarse aquí pasado mañana…
de George Washington[1]. –dijo el juez McKelva.

30 octubre 2010

Correr - Jean Echenoz

La soledad del corredor de fondo

El francés Jean Echenoz narra en Correr la parábola vital, entre la idolatría y el ostracismo, de Emil Zátopek, el gran atleta y campeón olímpico checoslovaco

Por Pedro B. Rey
Los libros más recientes de Jean Echenoz (Orange, 1947) producen un raro desconcierto. Ya no figuran en ellos aquellas escenas en que una imaginación, desopilante antes que fantástica, es constreñida por la simetría quirúrgica de la lengua francesa. Ravel (2006) describe con minucia, sin el menor aspaviento novelesco, los últimos años del compositor de Bolero , cuando se vio aquejado por una extraña enfermedad. Des éclairs , que acaba de ser publicada en Francia, aborda la vida del inventor Nikolas Tesla. Entre uno y otro escribió Correr , un breve y atlético relato dedicado al plusmarquista checoslovaco Emil Zátopek, conocido en los años cincuenta como la "Locomotora Humana". Cada uno de esos textos, que por decantación conforman una trilogía, se apoya en figuras históricas y parece seguir la estela de Marcel Schwob, aunque las vidas, en este caso, nada tengan de imaginarias. Echenoz evita grandes intromisiones ficticias, a tal punto que por momentos el relato se confunde engañosamente con un acopio informativo, un profuso artículo de Wikipedia enriquecido por el ritmo de la prosa (que a su manera mima el tranco de una carrera).
Si el deporte puede ser considerado un arte, Zápotek fue uno de sus cultores más heterodoxos. En Elogio de la belleza atlética , Hans Ulrich Gumbrecht lo considera la excepción a su teoría: "Existe la posibilidad de que [la belleza] sea compensada, transfigurada, por el desempeño excepcional de un atleta. Zátopek tenía una forma de correr legendariamente falta de gracia. Cada movimiento de su cuerpo parecía expresar una tortura extrema". Echenoz describe de muchas otras maneras esa peculiaridad: el checo, al avanzar, parece encojerse y desencojerse, como si cavara, "casi en trance, sin ningún prurito de elegancia." Su autodidactismo es lo que determina su estilo.
El escritor francés sigue la parábola vital del corredor de fondo, y la idolatría que suscitó, con la fidelidad de un documental. Sus performances , desde el descubrimiento de su vocación, sus carreras iniciales y profesionales, hasta llegar a la cosecha de medallas doradas en las Olimpíadas de Londres (1948) y Helsinki (1952), sus cíclicas resurrecciones y su más que digna decadencia, son registradas a conciencia. Zátopek tiene, en esta versión, algo de estratosférico, alguien a quien su perfecta fuga hacia adelante le permite abstraerse de la utilización como comunista ejemplar que de su figura hace el gobierno de Praga, que no duda en tergiversar sus declaraciones públicas o espiar y controlar su vida privada. Correr no es, sin embargo, una biografía. Emil nació en 1922 y falleció en 2000, pero el libro se atiene a lo que ocurre entre dos paréntesis históricos: la presencia nazi, durante la Segunda Guerra Mundial, y la Primavera de Praga, cuando Zátopek, que había apoyado el gobierno de Alexander Dub?ek, cae en desgracia. En un par de páginas, Echenoz deja constancia de la serie de trabajos humillantes que tuvo que realizar el atleta retirado antes de que, en los años setenta, tras una obligada confesión, se lo rehabilitara. Para entonces, las sobrias razones de Echenoz se vuelven evidentes: Correr narra las peripecias de una vida ejemplar pero también permite que, por contraposición, una época, la de la Guerra Fría, se pinte a sí misma en todo su absurdo burocrático.
ADN Cultura - La Nacion Viernes 29 de octubre de 2010

27 octubre 2010

Al Faro - Virginia Woolf

I

LA VENTANA

1 (fragmento)

Sí, mañana, por supuesto, si hace bueno -dijo Mrs. Ramsay-. Pero tendréis que levantaros con la alondra-agregó.
Estas palabras proporcionaron a su hijo una alegría extraordinaria, como si la excursión fuera ya cosa hecha; como si toda la ilusión con la que había aguardado este momento, que parecía haber tardado años y años, estuviese, tras la oscuridad de la noche, tras un día de navegación, al alcance de la mano. Pero, puesto que, ya a los seis años, era miembro de ese gran grupo que no consigue mantener en orden los sentimientos, sino que consiente que las esperanzas futuras, con sus penas y alegrías, empañen lo que sí que está al alcance de la mano, y puesto que, para quienes son así, desde la más temprana infancia, cualquier movimiento de la rueda de las emociones tiene el poder de hacer cristalizar y detener el momento sobre el que recae ya la pena, ya la exaltación, James Ramsay, que, sentado en el suelo, recortaba estampas del catálogo ilustrado del economato de la armada y el ejército, mientras su madre hablaba, adomó e romo del refrigerador con una bienaventuranza celestial. Rodeaba el dibujo un halo de complacencia. La carretilla, la cortadora de césped, el sonido de los álamos, las hojas que blanqueaban antes de la lluvia, el graznido de los grajos, los ruidos de las escobas, el rumor de los vestidos: todo esto tenía en su mente color y forma tan propios que les había dedicado un código personal, una lengua secreta; aunque él, por su parte, era la viva imagen del rigor, de la más inflexible seriedad: frente despejada, apasionados ojos azules, inmaculadamente inocentes y puros, ceño severo ante la fragilidad humana; todo esto hacía pensar a su madre (mientras observaba cómo las tijeras seguían con cuidado el contorno del refrigerador), en los estrados, en visiones de togas rojas y armiños; o en la responsabilidad de algún asunto a la vez delicado y de gran importancia, algo relacionado con alguna grave crisis de los asuntos públicos.
-Pero no hará bueno -dijo su padre, parado ante la ventana del salón.
Si hubiera tenido a mano un hacha, un espetón, o cualquier otra arma con la que hubiera podido atravesarle el pecho, y haberlo matado en aquel mismo momento, James habría echado mano de ella. Tan desmesuradas eran las emociones que Mr. Ramsay despertaba entre sus hijos con su sola presencia; ahí estaba: flaco como hoja de cuchillo, cortante, con su sonrisa sarcástica; contento no sólo por el placer de aguar la fiesta a su hijo, y de dejar en ridículo a su esposa, diez mil veces mejor que él en todos los sentidos (creía James), sino por poder exhibir además cierta secreta vanidad por la precisión de sus juicios. Decía la verdad. Siempre decía la verdad. No sabía mentir, nunca desfiguraba la naturaleza de un hecho cierto, jamás modificaría una palabra, por desagradable que fuera, para acomodarla a la conveniencia o el gusto de nadie; y menos aún la modificaría para complacer a sus propios hijos, de su carne y sangre, quienes debían saber desde la infancia que la vida es dificil, que con la realidad no se puede jugar, que para el viaje hacia esa tierra de fábula en la que se extinguen nuestras más ardientes esperanzas, donde naufragan nuestras frágiles barquillas en medio de las tinieblas (aquí Mr. Ramsay se erguía, los ojillos azules se convertían en rendijas dirigidashacia el horizonte), lo que hace falta es, sobre todo, valor, sinceridad, fuerza para conllevar los padecimientos.
-Pero puede que haga bueno, y confio en que haga bueno -dijo Mrs. Ramsay, tirando con un leve movimiento impaciente del hilo de lana castaño-rojiza del calcetín que estaba tejiendo. Si acabara esta tarde, y si, después de todo, fueran al Faro, podría regalarle lo calcetines al torrero, para el niño, que tenía síntomas de coxalgia; también les llevaría un buen montón de revistas atrasadas, tabaco y, cómo no, cualquier otra cosa de la que pudiera echar mano, y que no fuera verdaderamente indispensable; cosas de esas que lo único que hacen es estorbar en casa; debían de estar, los pobres, aburridos hasta la desesperación, todo el día allí, de brazos cruzados, sin nada que hacer, excepto cuidar el Faro, atender la mecha, pasar el rastrillo por un jardín no más grande que un pañuelo: necesitaban entretenerse. Porque, se preguntaba, ¿a quién puede gustarle estar encerrado durante todo un mes, o acaso más (cuando había tormentas), en un peñón del tamaño de un campo de tenis?, ¿no recibir cartas ni periódicos?, ¿no ver a nadie?; si estuvieras casado, ¿no ver a tu esposa?, ¿ni saber dónde están tus hijos?, ¿si están enfermos, o si se han caído y se han roto piernas o brazos?; ¿ver siempre las mismas lúgubres olas rompiendo una semana tras otra?; ¿y después la llegada de una horrible tempestad, y las ventanas llenas de espuma, y las aves que se estrellan contra el farol, y el movimiento incesante, sin poder asomar la nariz por temor a que te arrastre la mar? ¿A quién puede gustarle eso?, se preguntaba, dirigiéndose de forma especial a sus hijas. A continuación, cambiando de actitud, añadía que era preciso llevarles todo lo que pudiera hacerles la vida algo más grata.
-Sopla de poniente -dijo Tansley, el ateo, abriendo los dedos de forma que el viento pasara entre ellos; compartía con Mr. Ramsay el paseo vespertino por el jardín, de un lado para otro, y vuelta a empezar. Lo que quería decir es que el viento soplaba en la peor dirección posible para desembarcar en el Faro. Sí, hasta Mrs. Ramsay estaba de acuerdo, vaya si le gustaba decir cosas desagradables; era detestable que les refregara eso, y que hiciera que James se sintiera aún más desdichado; sin embargo, no les consentía que se rieran de él. «El ateo -lo llamaban-, el ateazo.» Rose se burlaba de él; Prue se burlaba de él; Andrew, Jasper, Roger se burlaban de él; hasta el viejo y desdentado Badger había intentado morderlo, porque era el joven número ciento diez (eso había dicho Nancy) que los había perseguido hasta las Hébridas, donde lo que de verdad les gustaba era estar solos.
-Bobadas -dijo Mrs. Ramsay, muy seria. Aparte de una muy general tendencia a exagerar, que habían heredado de ella, y aparte de la insinuación (era verdad) de que invitaba a demasiada gente a quedarse con ellos, y que tenía que hospedar a algunos en el pueblo, no podía soportar que nadie fuera descortés con los invitados, especialmente con los jóvenes, porque solían ser pobres de solemnidad; «qué gran talento», decía su marido; eran sus admiradores, e iban a pasar las vacaciones allí. A decir verdad, ella extendía su protección a todos los miembros del sexo opuesto; por razones que no sabría explicar, por su caballerosidad y valor, porque negociaban tratados, gobernaban la India, controlaban el mundo financiero, y, en fin, por una actitud hacia ella misma que no habría mujer que dejara de considerar halagüeña, una actitud que representaba algo en lo que confiar, algo infantil, reverencial; algo que una anciana podría aceptar por parte de un joven sin merma de su dignidad, y ay de la muchacha -¡al cielo rogaba que no fuera ninguna de sus hijas!- que, en lo más íntimo de su ser, no supiera apreciar esto en su verdadero valor, en todo lo que implicaba. Se volvió con severidad hacia Nancy. No los había perseguido, dijo, lo habían invitado.
Tenía que haber alguna forma de escaparse de todo esto. Tendría que haber algo más sencillo, algo menos laborioso; suspiró. Cuando se miraba en el espejo, y se veía el pelo gris, las mejillas hundidas, los cincuenta años, pensaba en que quizá podía haber hecho las cosas mejor: su marido, el dinero, los libros de él. Pero, por su parte, ni por un segundo se arrepentía de las decisiones que había tomado, tampoco eludía las dificultades, ni se demoraba en el cumplimiento de su deber. El aspecto que tenía era formidable; y sólo en la intimidad de su conciencia, levantando la mirada de los platos, después de que ella hubiera hablado con tanta seriedad acerca de Charles Tansley, se atrevían sus hijas -Prue, Nancy, Rose- a entretenerse con ideas heréticas, de las que eran responsables exclusivas, acerca de una vida enteramente diferente de la de ella; quizá en París; una vida más animada; no ocupándose siempre del hombre que fuera; porque en todas sus mentes habían brotado dudas inexpresadas acerca de la deferencia, la caballerosidad, el Banco de Inglaterra y el Imperio de la India, las sortijas y los encajes; aunque para todas ellas había en todo esto algún componente fundamental de la belleza, algo que despertaba la admiración por la virilidad en sus corazones infantiles, y que, sentadas a la mesa bajo la mirada de su madre, les hacía honrar aquella extraña severidad, aquella cortesía tan perfecta (como la de una reina que alzara del barro el sucio pie de un pobre para lavarlo), cuando las amonestaba con tanto rigor por lo del desdichado ateo que los había perseguido -hablando con propiedad, a quien habían invitado- hasta la isla de Skye.
-Mañana no se podrá desembarcar donde el Faro -dijo Charles Tansley, dando palmadas, parado ante la ventana, junto a Mr. Ramsay. Vaya si había hablado más de la cuenta. Habría deseado que ambos los hubieran dejado en paz, a ella y a James, y que hubieran seguido hablando de sus cosas. Se le quedó mirando. Según los niños era un espécimen poco afortunado, un escaparate de irregularidades; no sabía jugar al críquet, era gruñón, arrastraba los pies. Un animal insolente, había dicho Ándrew. Sabían muy bien qué era lo que de verdad le gustaba: pasear eternamente, de acá para allá, de alla para acá, con Mr. Ramsay, y hablar de quién había ganado esto, y quién había ganado aquello; quién era un talento «de primera» para la composición poética en latín; quién era «brillante, pero, en el fondo, superficial»; quién era, sin ninguna duda, el «individuo con más talento de Balliol»; quién había sepultado su genio, por poco tiempo, en Bristol o Bedford, pero de quien no se iba a dejar de hablar en cuanto vieran la luz sus Prolegoma dedicados a alguna rama de las ciencias matemáticas o la filosofía, y de los que Mr. Tansley tenía ya las galeradas de las primeras páginas, por si Mr. Ramsay quería leerlas. De cosas como éstas es de lo que hablaban.
A veces ni ella podía contener la risa. Algo había dicho ella acerca de «unas olas como montañas». Sí, estaba algo borrascoso, había respondido Charles Tansley.
-¡No se ha calado hasta los huesos? -había dicho ella.
-Algo húmedo, no calado -había respondido Mr. Tansley, pellizcando la manga, tocando los calcetines. Pero no era eso lo que les preocupaba, decían los niños. No era la cara, ni los modales. Era él, eran sus opiniones. Cuando hablaban de algo interesante, gente, música, historia, cualquier cosa, incluso cuando decían que hacía una buena tarde, y que querían salir a sentarse afuera, lo que les molestaba de Charles Tansley es que no se sentía satisfecho si no daba un rodeo para que fuera lo que fuera lo reflejara a él, y les hiciera sentirse conscientes de su superioridad, hasta conseguir irritarlos con su agria forma de exterminar tanto las flaquezas como la grandeza de la humanidad. Si iba a una exposición de pintura, lo primero que hacía era preguntar por la opinión que les merecía su corbata. Bien sabe Dios, decía Rose, que no era precisamente una corbata que pudiera gustar a cualquiera.

24 octubre 2010

Los Ejércitos - Evelio Rosero

1 -  Los Ejécritos (fragmento)
Y era así: en casa del brasilero las guacamayas reían todo el tiempo; yo las oía, desde el muro del huerto de mi casa, subido en la escalera, recogiendo mis naranjas, arrojándolas al gran cesto de palma; de vez en cuando sentía a las espaldas que los tres gatos me observaban trepados cada uno en los almendros, ¿qué me decían?, nada, sin entenderlos. Más atrás mi mujer daba de comer a los peces en el estanque: así envejecíamos, ella y yo, los peces y los gatos, pero mi mujer y los peces, ¿qué me decían? Nada, sin entenderlos.
El sol empezaba.
La mujer del brasilero, la esbelta Geraldina, buscaba el calor en su terraza, completamente desnuda, tumbada bocabajo en la roja colcha floreada. A su lado, a la sombra refrescante de una ceiba, las manos enormes del brasilero merodeaban sabias por su guitarra, y su voz se elevaba, plácida y persistente, entre la risa dulce de las guacamayas; así avanzaban las horas en su terraza, de sol y de música.
En la cocina, la bella cocinerita —la llamaban «la Gracielita»— lavaba los platos, trepada en un butaco amarillo. Yo lograba verla a través de la ventana sin vidrio de la cocina, que daba al jardín. Mecía sin saberlo su trasero, al tiempo que fregaba: detrás de la escueta falda blanquísima se zarandeaba cada rincón de su cuerpo, al ritmo frenético y concienzudo de la tarea: platos y tazas llameaban en sus manos trigueñas: de vez en cuando un cuchillo dentado asomaba, luminoso y feliz, pero en todo caso como ensangrentado. También yo padecía, aparte de padecerla a ella, ese cuchillo como ensangrentado. El hijo del brasilero, Eusebito, la contemplaba a hurtadillas, y yo lo contemplaba contemplándola, él arrojado debajo de una mesa repleta de pinas, ella hundida en la inocencia profunda, poseída de ella misma, sin saberlo. A él, pálido y temblando —eran los primeros misterios que descubría—, lo fascinaba y atormentaba el tierno calzón blanco escabullándose entre las nalgas generosas; yo no lograba entreverlas desde mi distancia, pero lo que era más: las imaginaba. Ella tenía su misma edad, doce años. Ella era casi rolliza y, sin embargo, espigada, con destellos rosados en las tostadas mejillas, negros los crespos cabellos, igual que los ojos: en su pecho los dos frutos breves y duros se erguían como a la búsqueda de más sol. Tempranamente huérfana, sus padres habían muerto cuando ocurrió el último ataque a nuestro pueblo de no se sabe todavía qué ejército —si los paramilitares, si la guerrilla: un cilindro de dinamita estalló en mitad de la iglesia, a la hora de la Elevación, con medio pueblo dentro; era la primera misa de un Jueves Santo y hubo catorce muertos y sesenta y cuatro heridos—: la niña se salvó de milagro: se encontraba vendiendo muñequitos de azúcar en la escuela; por recomendación del padre Albornoz vivía y trabajaba desde entonces en casa del brasilero —de eso hará dos años—. Muy bien enseñada por Geraldina, aprendió a preparar todos los platos, y últimamente hasta los inventaba, de manera que desde hacía un año, por lo menos, Geraldina se había desentendido para siempre de la cocina. Esto yo lo sabía, viendo a Geraldina dorarse al sol de la mañana, beber vino, tenderse y distenderse sin más preocupación que el color de su piel, el propio olor de su pelo como si se tratara del color y la textura de su corazón. No en vano su larguísimo cabello cobrizo como un ala invadía cada una de las calles de este San José, pueblo de paz, si ella nos daba la gracia de salir a pasear. La acuciosa y todavía joven Geraldina guardaba para Gracielita su dinero ganado: «Cuando cumplas quince años», yo oía que le decía, «te entregaré religiosamente tu dinero, y además muchos regalos. Podrás estudiar modistería, serás una mujer de bien, te casarás, seremos los padrinos de tu primer hijo, vendrás a visitarnos cada domingo, ¿no es cierto, Gracielita?», y se reía, yo la oía, y también reía Gracielita: en esa casa tenía su cuarto, allí la esperaban cada noche su cama, sus muñecas. Nosotros, sus más próximos vecinos, podíamos asegurar con la mano en el corazón que la trataban igual que a otra hija.
En cualquier sitio del día los niños se olvidaban del mundo, y jugaban en el jardín rechinante de luz. Los veía. Los oía. Correteaban entre los árboles, rodaban abrazados por sobre las blandas colinas de hierba que ensanchaban la casa, se dejaban caer en sus precipicios, y, después del juego, de las manos que se enlazaban sin saberlo, los cuellos y piernas que se rozaban, los alientos que se entremezclaban, marchaban a contemplar fascinados los saltos de una rana amarilla o el reptar intempestivo de una culebra entre las flores, que los inmovilizaba de espanto. Tarde o temprano aparecía el grito desde la terraza: era Geraldina, todavía más desnuda que nunca, sinuosa debajo del sol, su voz otra llama, aguda pero armoniosa. Llamaba: «Gracielita, hay que barrer los pasillos».
Ellos dejaban el juego, y una suerte de triste fastidio los regresaba al mundo. Ella iba corriendo de inmediato a retomar la escoba, atravesaba el jardín, el uniforme blanco ondeaba contra su ombligo igual que una bandera, ciñendo su cuerpo nuevo, esculpiéndola en el pubis, pero él la seguía y no demoraba en retomar, involuntariamente, sin entenderlo, el otro juego esencial, el paroxismo que lo hacía idéntico a mí, a pesar de su niñez, el juego del pánico, el incipiente pero subyugante deseo de mirarla sin que ella supiera, acechándola con delectación: ella entera un rostro de perfil, los ojos como absueltos, embebidos en quién sabe qué sueños, después las pantorrillas, las redondas rodillas, las piernas enteras, únicamente sus muslos, y, si había suerte, más allá, a lo profundo.
—Está usted encaramado en ese muro todos los días, profesor, ¿no se aburre?
—No. Recojo mis naranjas.
—Y algo más. Mira a mi mujer.
El brasilero y yo nos contemplamos un instante.
—Por lo visto —dijo él—, sus naranjas son redondas, pero más redonda debe ser mi mujer, ¿cierto?
Sonreímos. No podíamos hacer otra cosa.
—Es verdad —dije—. Si usted lo dice.
No miraba a su mujer, en ese momento, sólo a Gracielita, y, sin embargo, lancé involuntariamente una ojeada a lo hondo de la terraza donde Geraldina, tendida bocabajo en la colcha, parecía desperezarse. Enarbolaba brazos y piernas a todas las distancias. Creí ver en lugar de ella un insecto iridiscente: de pronto se puso de pie de un salto, un saltamontes esplendente, pero se transformó de inmediato nada más ni nada menos en sólo una mujer desnuda cuando miró hacia nosotros, y empezó a caminar en nuestra dirección, segura en su lentitud felina, a veces acobijada bajo la sombra de los guayacanes de su casa, rozada por los brazos centenarios de la ceiba, a veces como consumida de sol, que más que relumbrarla la oscurecía de pura luz, como si se la tragara. Así la veíamos aproximarse, igual que una sombra.
Eusebio Almida, el brasilero, tenía una varita de bambú en la mano y la golpeaba suavemente en su grueso pantalón caqui de montar. Acababa de llegar de cacería. No lejos se oía el piafar de su caballo, entre la risa esporádica de las guacamayas. Veía que su mujer se acercaba, desnuda, bordeando los azulejos de la pequeña piscina redonda.
—Sé muy bien —dijo sonriendo con sinceridad— que a ella no le importa. Eso no me preocupa. Me preocupo por usted, profesor, ¿no le duele el corazón? ¿Cuántos años dice usted que tiene?
—Todos.
—Humor no le falta, eso sí.
—¿Qué quiere que diga? —pregunté, mirando al cielo—: Le enseñé a leer al que ahora es el alcalde, y al padre Albornoz; a ambos los tiré de las orejas, y ya ve, no me equivoqué: todavía deberíamos jalárselas.
—Me hace reír, profesor. Su manera de cambiar de tema.
—¿De tema?
Pero ya su mujer estaba con él, y conmigo, aunque a ella y a mí el muro, y el tiempo, nos separaba. El sudor brillaba en su frente. Sonreía entera: la ancha risotada partía desde el vello escaso de la rosada raya a medias que más que acechar yo presentía, hasta la boca abierta, de dientes pequeños, que reía como si llorara:
—Vecino —me aulló con un grito festivo, su costumbre al encontrarnos en cualquier esquina—, tengo tanta sed, ¿no me va a regalar una naranja?
Los descubría, gozosos, ahora abrazados a dos metros debajo de mí. Las jóvenes cabezas erguidas y sonrientes me vigilaban a su vez. Elegí la mejor naranja y yo mismo la empecé a pelar, mientras ellos se mecían, divertidos. Ni a ella ni a él parecía importarles la desnudez. Sólo a mí, pero no di muestras de esta solemne, insoslayable emoción, como si nunca, en estos últimos años de mi vida, hubiese sufrido o pudiese sufrir la desnudez de una mujer. Extendí el brazo hacia abajo, con la naranja en la mano, hacia ella.
—Cuidado profesor, que se cae —dijo el brasilero—. Mejor arroje esa naranja. Se la recibo.
Pero yo seguí terciado al muro, extendido: a ella no le hacía falta sino dar un paso y recibir la naranja. Entreabrió la boca, sorprendida, dio el paso y me recibió la naranja riendo otra vez, encantada.
—Gracias —dijo.
Un efluvio amargo y dulce se remontó desde la boca enrojecida. Sé que esa misma exaltación agridulce nos sobrecogió a los dos.
—Como ve —dijo el brasilero—, no le importa a Geraldina pasearse desnuda ante usted.
—Y tiene razón —dije—. A mi edad yo ya lo vi todo.


23 octubre 2010

EL MUCHACHO DE LOS SENOS DE GOMA - Sylvia Iparraguirre

1
¿Cómo era la ciudad vista desde allá, desde arriba? Mentasti, en la cama, volvió a preguntarse qué había visto; el entresueño dilató un tablero luminoso, una grilla de bordes desatados, un estuario de oro veteado de noche derramándose sobre el lomo del río, el más ancho del mundo, núcleo irradiante de diagonales doradas y autopistas azules sobre la línea negra del horizonte. Galaxia cuadricular engarzada en la curva de la Tierra que se pierde abajo, cuyo vertiginoso desplazamiento en el espacio, con todo lo que hubiera sobre ella afirmado o volando (como hacía unas horas el Boeing 747 del Lloyd Aéreo Boliviano), era felizmente indiscernible a los exiguos sentidos humanos que la percibían inmóvil. En los confines, la ciudad se diluía en orillas nebulosas, a las que veía si se inclinaba lo suficiente sobre el pasillo o miraba por encima del hombro de su compañero de asiento (durante unos segundos —había quedado sin aliento— la ciudad iluminó todas las ventanillas). En aquellas fronteras de oscuridad, los filamentos entrecortados de callecitas perdidas se desmadejaban en un titilante polvo de estrellas y, justo allí, donde se hubiera creído que lo negro ganaba la batalla, el fulgor inesperado de una luz de intensidad anacrónica con respecto al centro resplandecía como un último alarde antes de que ganara la noche y Buenos Aires, para quien quisiera pensarla desde el espacio, dejaba las dimensiones estelares, el negro vacío,y se posaba sobre la tierra, sobre esa extensión desmesurada de pampa o llanura o como quiera que se llame, que la acorralaba desde siempre contra el límite del agua. La llovizna le daba a las luces ese particular brillo estelar, azulado, distante y melancólico, y a él, que miraba (había mirado hacía unas horas) agotado e insomne por la ventanilla, un sentimiento de disminución y nostalgia por algo impreciso y perdido en el tiempo, simultáneo al rugir de las turbinas cuyo último eco de temblor y desasosiego le vibraba en el plexo. Algo por lo que tal vez valió la pena subir, volar y volver: la ciudad nocturna, desde el aire. En la cama de su departamento de Almagro, Mentasti supo, sin abrir los ojos, que faltaba poco para que amaneciera. Su oído recogía rumores inequívocos. Un ápice de idea, o más bien el fugaz residuo de un sueño, se reveló y en un instante se desvaneció: las ciudades del mundo iluminadas en la noche como señales humanas (¿para quiénes?) de que habíamos logrado algo sobre la antigua Tierra. ¿Cómo eras? Barcos perdidos en la corriente mítica, galopes en la espalda y en el medio mugre y sudor, conglomerado de horas pico, gente reunida espacialmente según ingresos, triste calle desierta, sórdido pastizal de muerte al costado de un paso a nivel, estaciones abandonadas, hoteles rutilantes, barrios secretos, billares nocturnos llenos de humo. Desde tiempos de cabildeos y paraguas, la perla de América del sur amasa caóticamente su historia (peroraba Mentasti, los ojos cerrados, aferrado todavía a una huidiza sombra de sueño); pacífica duerme, la espalda al río (ya lo dijiste), sí, esta hembra desvelada tiene la espalda curva, su postura es fetal, de piernas recogidas, los pies descalzos se pierden desguarne-cidos en la oscuridad de abajo. A veces, en la zozobra y la amenaza, entre la delación y el miedo, las sirenas aullantes perforaban la noche. A veces, deidad indiferente, miraba absorta a los hombres, mujeres y niños que se deshacían en sus calles. Nadie la miraba a ella.
Hecha a los tumbos de las décadas, cabeza amorfa y grandilocuente, bella de noche, ¿cómo eras? Celebrada y denostada y como quiera que sea, amada, parece oportuno señalar (Mentasti, ahora más doctoral, se dirigía a alguien) que sus habitantes viven en ella acunados por incesantes mitos: la reina del Plata, la europea la insomne y cosmopolita. La gran capital del sur junto al río color del desierto, junto al río color de león, junto al río inmóvil. Opulenta en el centro y mísera en la periferia, a veces despertaba con la vida a favor y la gloria y transparencia de un cielo incomparable; a veces, había que mirarla con los ojos de la tristeza: puro cambalache, apelotonaba hoteles miserables, maternales nidos de suicidas, lujos exorbitantes, trenes suburbanos de luz enferma y ventanillas rotas donde una vez, hace mucho, se mató Erdosain. Barrios de millonarios y conventillos de anarquistas.
Grandeza arquitectónica cimentada en vacas, mar de ganaderías que cotizó en París. Metafísica y cabalística,
soñaste recodos con esquinas rosadas y verduleras olímpicas. Acogedora y voraz, corrompida o inocente en plazas de toboganes y violadores cumpliendo su triste destino, demasiado joven para ser definitivamente mala con tus madrugadas de aire límpido y brillo metálico en las avenidas vacías. En tus peores momentos no supiste proteger a hombres arrancados de sus camas a patadas y sacrificaste madres y futuras madres en un matadero que hizo honor y supo emular alfundacional. Mutante, inasible, condenados a amarte o a odiarte, sólo en la contradicción se encuentra tu forma, ¿cómo eras? Estaba por amanecer. Mentasti discurría, derivaba, lo que sea para no traer el viaje aquí y ahora, para no examinar.
Cortinas de humo. Ya era tarde para volver al sueño.
Horas atrás se desplazaba majestuoso en un asiento del Boeing 747 del Lloyd Aéreo Boliviano.
Arribo: nueve de la noche. Claudia en Ezeiza. Lloviznaba y él volvía con el corazón helado. Volvía de su primer viaje al exterior, salvo Montevideo (en catamarán). Treinta y nueve años, primer viaje al exterior: Bolivia. Dejaría para más tarde las resonancias de ese nombre, para un poco después, para cuando se repusiera del agujero negro que el viaje le había ¿irreparablemente? ocasionado. El Lloyd Aéreo de ida, la tradicional y comentada dificultad de aterrizaje en La Paz. De regreso, Buenos Aires de noche y al bajar aún más, el esplendente hongo atómico que millones de luces prefiguraban en las nubes bajas, en su techo denso, oscuro y lluvioso; y luego él en su cama, en su departamento del barrio de Almagro, sin abrir los ojos todavía, anclado a esa imagen, varado en esa imagen, de la que iba saliendo muy de a poco. El balde en planta baja, bajo la canilla, sonido familiar subiendo siete pisos por el aire y luz como por un tubo, el sonoro chorro de agua, del grave al agudo, con notable acústica. La escoba de la portera sobre las baldosas, leve chapoteo, o sea, las seis. Taconeo en el pasillo de la que va a trabajar temprano; el ladrido del perro de todos los días; el rugido de un colectivo, el chirrido delcaucho sobre el pavimento. ¿En Iquitos era? Indígenas muertos de a miles por la explotación del caucho, fortunas latinoamericanas inconmensurables, playboys de cara mestiza y esmoquin blanco. La plata de Potosí. Ahora conocía esas caras, había visto la cara de una mujer, una chola, con un chico atado la espalda, reflejada en el vidrio con Visa-Mastercard, la expresión amable no quería decir nada; dejaría a la chola y al chico para más tarde, se decía sin decirse Mentasti, con una puntada como de dolor en el costado, la puntada del que recuerda asuntos penosos cuando despierta y quiere olvidar, pasar a otro tema, abolir. Puerta del ascensor, algo parecido a una sierra que corta metal (la construcción, en la esquina) y martillazos sin continuidad. La continuidad era un tema importante (ya estaba irremediablemente despierto): la fuente de ansiedad y por l tanto de desvelo provenía de no saber cuándo se produciría el siguiente martillazo. La ciudad despertaba y arrancaba y bufaba y martillaba, crepitaba, aullaba y se aquietaba. Almagro, Corrientes cerca, demasiado (decidió no abrir los ojos, no todavía). Fitzcarraldo, aquel personaje hecho por Kinski; el auge del caucho causado por la masificación del automóvil había quedado lejos; la visión futurista de Ford, no obstante, continuaba. La jungla y los templos modernos de la cultura, palacios de la ópera en Manaos hundiéndose en la decadencia de un mundo que desaparecía; lianas reventando el terciopelo granate de las butacas, el dorado francés volviéndose negro, familias de monos parloteando en los palcos, el sonido múltiple de la selva, el sostenido acorde opaco y grave de los insectos, sin desma-yar, atravesado por el fulgurante grito del guacamayo donde antes se elevó purísima la voz de las prima donnas (se dejaba hamacar por imágenes barrocas, cosas que acá, en la tierra baldía, nunca se habían visto). Ladinamente, por debajo de las imágenes caóticas que llegaban en tropel y de la acumulación de palabras, algo porfiaba en formularse y se formulaba: categorías modernas para pensar lo premoderno y hasta lo arcaico, ésa era la síntesis general; ésa era la renguera, el defecto, el desfasaje. Subcontinente periférico pensado desde el centro. Las insidiosas palabras, filtradas por alguna grieta no obturada le sonaron a blasfemia. ¡Carajo!, gritó en silencio Mentasti. Deseó intensamente, con todo su corazón, el sonido del trueno (cuando bajó del avión, llovía, Claudia con un paraguas violeta), un trueno que por pura altisonancia cósmica apagar los sonidos cuchicheantes de acá abajo, por irrisorios y mezquinos, en especial la cháchara de su cabeza. Un ruido poderoso, atronador, irrumpe, crece, ocupa todo el espacio y cumple, en este mismo instante, su deseo: un avión despega de Aeroparque y alza vuelo, lo más parecido al trueno que se puede pedir. Coincidencias o pequeños milagros de los que somos solitarios testigos, reflexionó con cansancio Mentasti. Arriba, otro hombre cualquiera, como él, un corredor de jabones rumbo a Santiago del Estero. La República Argentina despierta. Por las calles, como un río incontenible se vuelca la multitud (metrópolis). En esta ciudad hubo de golpe multitud, de la aldea al aluvión, apenas tiempo para que tomara forma quimérica y ya se borrara el solitario flâneur, el deambulador urbano quedaba para lasotras, las que habían crecido morosamente al fuego lento del calor de los siglos, al abrigo del castillo feudal (resabios de la lectura en el avión, remanentes diurnos dando la vuelta espiralada). Naciste en ultramar, de un trazo utópico en el papel (Mentasti seguía, sumiso, su interpelante voz interior), de líneas trasladadas a la tierra que el viento borraba antes de que el español de sombrero volado lograra clavar la estaca. La insignificante cuadrícula llevada al suel fangoso por hombres agotados, gesticulantes, escudriñados desde lejos por seres invisibles, tal vez por tener el color de la tierra. Hija de contrabandistas y gauchos, de gente que bajó de los barcos con los ojos redondos y el gesto perplejo o adusto, hipnotizados por la línea plana. Estaba irremediablemente despierto y su discurso discurría (apreció), si no con lógica, ya con cierta retórica. Seguí, se alentó Mentasti encaramado a un púlpito o silla: espacio de una picaresca cuyo sustento fue una pobreza apurada por salir del paso, expresada en una lengua temporal, ocasional, entreverada (cocoliche, jerigonza hebrea, árabe mal llamada turca, etcétera), que dio forma audible a esa babel dispersada hacia la línea de un horizonte inalcanzable, o que soñaba (la babel) con volver, rumbosa, hacer la América y pegar la vuelta en otro barco, de regreso al pueblito campesino. ¿Cómo sos?, preguntó al aire Mentasti abriendo los ojos y mirando, ahora sí, el ventilador de techo inmóvil. Como sea, desde ahora me gusta imaginarte de noche y desde arriba. Esto último le sonó a final de un tango. De noche y desde arriba formaba algo, una síntesis posible, una figura, un diseño. Debía tenerlo en cuenta para cuando retomara su ensayo sobre la ciudad, una y mil veces postergado, su gran excusa de “estar trabajando”. Se sentó en la cama, la sangre le bombeó detrás de los ojos y en las sienes. Millones haciendo el mismo gesto, sacar las piernas de entre las sábanas. Torció la cabeza con cautela. La felicidad de estar solo. Claudia había tenido la suprema consideración de irse a eso de las dos.

11 octubre 2010

Pantaleón y Las Visitadoras - Mario Vargas Llosa

(fragmento)
—Despierta, Panta —dice Pochita—. Ya son las ocho. Panta, Pantita.
—¿Las ocho ya? Caramba, que sueño tengo—bosteza Pantita—. ¿Me cosiste mi galón?
—Sí, mi teniente—se cuadra Pochita—. Uy, perdón, mi capitán. Hasta que me acostumbre vas
a seguir de tenientito, amor. Si, ya, se ve regio. Pero levántate de una vez, ¿tu cita no es a?
—Las nueve, si—se jabona Pantita—. ¿Dónde nos mandarán, Pocha? Pásame la toalla, por
favor. ¿Dónde se te ocurre, chola?
—Aquí, a Lima—contempla el cielo gris, las azoteas, los autos, los transeúntes Pochita—. Uy,
se me hace agua la boca: Lima, Lima, Lima.
—No sueñes, Lima nunca, que esperanza—se mira en el espejo, se anuda la corbata Panta—.
Si al menos fuera una ciudad como Trujillo o Tacna, me sentiría feliz.
—Qué graciosa esta noticia en El Comercio—hace una mueca Pochita—. En Leticia un tipo se
crucificó para anunciar el fin del mundo. Lo metieron al manicomio pero la gente lo sacó a la fuerza
porque creen que es santo. ¿Leticia es la parte colombiana de la selva, no?
—Qué buen mozo te ves de capitán, hijito—dispone la mermelada, el pan y la leche sobre la
mesa la señora Leonor.
—Ahora es Colombia, antes era Perú, nos la quitaron —unta de mantequilla una tostada
Panta—. Sírveme otro poquito de café, mamá.
—Cómo nos mandaran de nuevo a Chiclayo recoge las migas en un plato y retira el mantel la
señora Leonor—. Después de todo, allá hemos estado tan bien ¿no es cierto? Para mí, lo principal es
que no nos alejen mucho de la costa. Anda, hijito, buena suerte, llévate mi bendición.
—En el nombre del Padre y del Espíritu Santo y del Hijo que murió en la cruz, eleva los ojos a
la noche, baja los ojos a las antorchas el Hermano Francisco—.Mis manos están amarradas, el leño
es ofrenda, ¡persígnense por mí!
—Me espera el coronel López López, señorita—dice el capitán Pantaleón Pantoja.
—Y también dos generales—hace ojitos la señorita—. Entre nomás, capitán. Sí, ésa, la puerta
cafecita.
—Aquí está el hombre—se levanta el coronel López López—. Adelante, Pantoja, felicitaciones
por ese nuevo fideo.
—La primera nota en el examen de ascenso y por unanimidad del jurado —estrecha una mano,
palmea un hombro el general Victoria—. Bravo, capitán, así se hace carrera y patria.
—Siéntese, Pantoja —señala un sofá el general Collazos—. Y agárrese bien para oír lo que va
a oír.
—No me lo asustes, Tigre —mueve las manos el general Victoria—. Se va a creer que lo
mandamos al matadero.
—Que para comunicarle su nuevo destino hayan venido los jefazos de Intendencia en persona,
le indica que la cosa tiene sus bemoles—adopta una expresión grave el coronel López López—. Sí,
Pantoja, se trata de un asunto bastante delicado.
—La presencia de estos jefes es un honor para mí —hace sonar los talones el capitán
Pantoja—. Caramba, me deja usted muy intrigado, mi coronel.
—¿Quiere fumar?—saca una cigarrera, un encendedor el Tigre Collazos—. Pero no se esté ahí
parado, tome asiento. ¿Cómo, no fuma?
—Ya ve, por una vez el Servicio de Inteligencia acertó —acaricia una fotocopia el coronel
López López—. Tal cual: ni fumador, ni borrachín ni ojovivo.
—Un oficial sin vicios —se admira el general Victoria—. a tenemos quien represente al arma
en el Paraíso, junto a Santa Rosa y a San Martín de Porres.—Tampoco exageren —se ruboriza el capitán Pantoja—. Algunos vicios tendré que no se me

conocen.
—Conocemos de usted más que usted mismo —alza y deposita otra vez en el escritorio un
cartapacio el Tigre Collazos—. Se quedaría bizco si supiera las horas que hemos dedicado a estudiar
su vida. Sabemos lo que hizo, lo que no hizo y hasta lo que hará, capitán.
—Podemos recitar su foja de servicios de memoria —abre el cartapacio, baraja fichas y
formularios el general Victoria—. Ni un solo castigo de oficial y de cadete apenas media docena de
amonestaciones leves. Por eso ha sido el elegido, Pantoja.
—Entre cerca de ochenta oficiales de Intendencia, nada menos —levanta una ceja el coronel
López López—. Ya puede inflarse como un pavo real.
—Les agradezco el buen concepto que tienen de mí—se empaña la vista del capitán Pantoja—
. Haré todo lo que pueda para responder a esa confianza, mi coronel.
—¿El capitán Pantaleón Pantoja?—sacude el teléfono el general
Scavino—. Te oigo apenas. ¿Que me lo mandas para qué, Tigre?
—En Chiclayo ha dejado un magnífico recuerdo—hojea un informe el general Victoria—. El
coronel Montes estaba loco por conservarlo. Parece que el cuartel funcionó como un reloj gracias a
usted.
—"Organizador nato, sentido matemático del orden, capacidad ejecutiva"—lee el Tigre
Collazos—. "Condujo la administración del regimiento con eficacia y verdadera inspiración."
Caracoles, el zambo Montes se enamoró de usted.
—Me confunden tantos elogios—baja la cabeza el capitán Pantoja—. Siempre he tratado de
cumplir con mi deber y nada más.
—¿El Servicio de las qué?—suelta una carcajada el general Scavino—. Ni tú ni Victoria pueden
tomarme el pelo, Tigre, ¿se han olvidado que soy calvo?
—Bueno, al toro por los cuernos—sella sus labios con un dedo el general Victoria—. El asunto
exige la más absoluta reserva. Me refiero a la misión que se le va a confiar, capitán. Suéltale el cuco,
Tigre.
—En síntesis, la tropa de la selva se anda tirando a las cholas—toma aliento, parpadea y tose
el Tigre Collazos—. Hay violaciones a granel y los tribunales no se dan abasto para juzgar a tanto
pendejón. Toda la Amazonía está alborotada.
—Nos bombardean a diario con partes y denuncias—se pellizca la barbilla el general Victoria—
. Y hasta vienen comisiones de protesta de los pueblitos más perdidos.
—Sus soldados abusan de nuestras mujeres—estruja su sombrero y pierde la voz el alcalde
Paiva Runhuí—. Me perjudicaron a una cuñadita hace pocos meses y la semana pasada casi me
perjudican a mi propia esposa.
—Mis soldados no, los de la Nación—hace gestos apaciguadores el general Victoria—. Calma,
calma señor alcalde. El Ejército lamenta muchísimo el percance de su cuñada y hará cuanto pueda
para resarcirla.
—¿Ahora le llaman percance al estupro?—se desconcierta el padre Beltrán—. Porque eso es
lo que fue.
—A Florcita la agarraron dos uniformados viniendo de la chacra y se la montaron en plena
trocha—se come las uñas y brinca en el sitio el alcalde Teófilo Morey—. Con tan buena puntería que
ahora esta encinta, general.
—Usted me va a identificar a esos bandidos, señorita Dorotea—gruñe el coronel Peter
Casahuanqui—. Sin llorar, sin llorar, ya va a ver cómo arreglo esto.
—¿Se le ocurre que voy a salir?—solloza Dorotea—. ¿Yo solitita delante de todos los
soldados?
—Van a desfilar por aquí, frente a la Prevención—se esconde detrás de la rejilla metálica el
coronel Máximo Dávila—. Usted los va espiando por la ventana y apenas descubra a los abusivos me
los señala, señorita Jesús.
—¿Abusivos?—salpica babas el padre Beltrán—. Viciosos, canallas y miserables, más bien.
¡Hacerle semejante infamia a doña Asunta! ¡Desprestigiar así el uniforme!
—A Luisa Cánepa, mi sirvienta, la violó un sargento, y después un cabo y después un soldado
raso—limpia sus anteojos el teniente Bacacorzo—. La cosa le gustó o qué sé yo, mi comandante,
pero lo cierto es que ahora se dedica al puterío con el nombre de Pechuga y tiene como cafiche a un
marica que le dicen Milcaras.a los tres reclutas el coronel Augusto Valdés—. Y el capellán los casa en este instante. Elija,

elija, ¿cuál prefiere para papá de su futuro hijito?
—A mi señora la pescaron en la propia iglesia—se mantiene rígido en el borde de la silla el
carpintero Adriano Lharque—. No la catedral, sino la del Santo Cristo de Bagazán, señor.
—Así es, queridos radioescuchas—brama el Sinchi—. A esos sacrílegos lascivos no los
contuvo el temor a Dios ni el respeto debido a Su santa casa ni las nobles canas de esa matrona
dignísima, semilla ya de dos generaciones loretanas.
—Comenzaron a jalonearme, ay Jesús mío, querían tumbarme al suelo—llora la señora
Cristina—. Se caían de borrachos y hay que oír las lisuras que decían. Delante del altar mayor, se lo
juro.
—Al alma más caritativa de todo Loreto, mi general—retumba el padre Beltrán—. ¡La ultrajaron
cinco veces!
—Y también a su hijita y a su sobrinita y a su ahijadita, ya lo sé, Scavino—sopla la caspa de
sus hombreras el Tigre Collazos—. ¿Pero ese cura Beltrán está con nosotros o con ellos? ¿Es o no
capellán del Ejército?
—Protesto como sacerdote y también como soldado, mi general—hunde vientre, saca pecho el
mayor Beltrán—. Porque esos abusos hacen tanto daño a la institución como a las víctimas.
—Está muy mal lo que pretendían los reclutas con la dama, por supuesto—contemporiza,
sonríe, hace venias el general Victoria—. Pero sus parientes casi los matan a palos, no lo olvide. Aquí
tengo el parte médico: costillas rotas, hematomas, desgarrón de oreja. En este caso hubo empate,
doctorcito.
—¿A Iquitos? —deja de rociar la camisa y alza la plancha Pochita—. Uy, qué lejos nos
mandan, Panta.
—Con madera haces el fuego que cocina tus alimentos, con madera construyes la casa donde
vives, la cama donde duermes y la balsa con que cruzas el río—cuelga sobre el bosque de cabezas
inmóviles, caras anhelantes y brazos abiertos el Hermano Francisco—. Con madera fabricas el arpón
que pesca al paiche, la pucuna que caza al ronsoco y el cajón donde entierras el muerto. ¡Hermanas!
¡Hermanos! ¡Arrodíllense por mí!
—Es todo un señor problema, Pantoja—cabecea el coronel López López—. En Contamana, el
alcalde ha dado un bando pidiendo a los vecinos que los días francos de la tropa encierren a las
mujeres en sus casas.
—Y sobre todo qué lejos del mar—suelta la aguja, remacha el hilo y lo corta con los dientes la
señora Leonor—. ¿Habrá muchos zancudos allá en la selva? Son mi suplicio, ya sabes.
—Fíjese en esta lista—se rasca la frente el Tigre Collazos—. Cuarentaitrés embarazadas en
menos de un año. Los capellanes del cura Beltrán casaron a unas veinte, pero, claro, el mal exige
medidas más radicales que los matrimonios a la fuerza. Hasta ahora castigos y escarmientos no han
cambiado el panorama: soldado que llega a la selva se vuelve un pinga loca.
—Pero el más desanimado con el sitio pareces tú, amor—va abriendo y sacudiendo maletas
Pochita—. ¿Por qué, Panta?
—Debe ser el calor, el clima, ¿no cree?—se anima el Tigre Collazos.
—Muy posiblemente, mi general—tartamudea el capitán Pantoja.
—La humedad tibia, esa exuberancia de la naturaleza—se pasa la lengua por los labios el
Tigre Collazos—. A mí me sucede siempre: llegar a la selva y empezar a respirar fuego, sentir que la
sangre hierve.
—Si la generala te oyera—ríe el general Victoria—, ay de tus garras, Tigre.
—Al principio pensamos que era la dieta—se da un palmazo en la barriga el general Collazos—
. Que en las guarniciones se usaba mucho condimento, algo que recrudecía el apetito sexual de la
gente.
—Consultamos a especialistas, incluso a un suizo que costó una punta de plata—frota dos
dedos el coronel López López—. Un dietista lleno de títulos.
—Pas d'inconvenient—anota en una libretita el profesor Bernard Lahoé—. Prepararemos una
dieta que, sin, disminuir las proteínas necesarias, debilite la libido de los soldados en un ochenta y
cinco por ciento.
—No se le vaya a pasar la mano—murmura el Tigre Collazos—. Tampoco queremos una tropa
de eunucos, doctor.
—Horcones a Iquitos, Horcones a Iquitos—se impacienta el alférez Santana—. Sí, gravísimo,

de suma urgencia. No hemos obtenido los resultados previstos con la operación Rancho Suizo. Mis
hombres se mueren de hambre, se tuberculizan. Hoy se desmayaron otros dos en la revista, mi
comandante.
—Nada de bromas, Scavino —sujeta el teléfono entre la oreja y el hombro mientras enciende
un cigarrillo el Tigre Collazos—. Le hemos dado vueltas y más vueltas y es la única solución. Allá te
mando a Pantojita con su madre y su mujer. Que te aproveche.

02 octubre 2010

Ensayo Sobre la Ceguera - José Saramago

(Fragmento) Se iluminó el disco amarillo. De los coches que se acercaban, dos aceleraron antes de que se encendiera la señal roja. En el indicador del paso de peatones apareció la silueta del hombre verde. La gente empezó a cruzar la calle pisando las franjas blancas pintadas en la capa negra del asfalto, nada hay que se parezca menos a la cebra, pero así llaman a este paso. Los conductores, impacientes, con el pie en el pedal del embrague, mantenían los coches en tensión, avanzando, retrocediendo, como caballos nerviosos que vieran la fusta alzada en el aire. Habían terminado ya de pasar los peatones, pero la luz verde que daba paso libre a los automóviles tardó aún unos segundos en alumbrarse. Hay quien sostiene que esta tardanza, aparentemente insignificante, multiplicada por los miles de semáforos existentes en la ciudad y por los cambios sucesivos de los tres colores de cada uno, es una de las causas de los atascos de circulación, o embotellamientos, si queremos utilizar la expresión común.
Al fin se encendió la señal verde y los coches arrancaron bruscamente, pero enseguida se advirtió que no todos habían arrancado. El primero de la fila de en medio está parado, tendrá un problema mecánico, se le habrá soltado el cable del acelerador, o se le agarrotó la palanca de la caja de velocidades, o una avería en el sistema hidráulico, un bloqueo de frenos, un fallo en el circuito eléctrico, a no ser que, simplemente, se haya quedado sin gasolina, no sería la primera vez que esto ocurre. El nuevo grupo de peatones que se está formando en las aceras ve al conductor inmovilizado braceando tras el parabrisas mientras los de los coches de atrás tocan frenéticos el claxon. Algunos conductores han saltado ya a la calzada, dispuestos a empujar al automóvil averiado hacia donde no moleste. Golpean impacientemente los cristales cerrados. El hombre que está dentro vuelve hacia ellos la cabeza, hacia un lado, hacia el otro, se ve que grita algo, por los movimientos de la boca se nota que repite una palabra, una no, dos, así es realmente, como sabremos cuando alguien, al fin, logre abrir una puerta, Estoy ciego.
Nadie lo diría. A primera vista, los ojos del hombre parecen sanos, el iris se presenta nítido, luminoso, la esclerótica blanca, compacta como porcelana. Los párpados muy abiertos, la piel de la cara crispada, las cejas, repentinamente revueltas, todo eso quecualquiera puede comprobar, son trastornos de la angustia. En un mo­vimiento rápido, lo que estaba a la vista desapareció tras los puños cerrados del hombre, como si aún qui­siera retener en el interior del cerebro la última imagen recogida, una luz roja, redonda, en un semáforo. Estoy ciego, estoy ciego, repetía con desesperación mientras le ayudaban a salir del coche, y las lágrimas, al brotar, tornaron más brillantes los ojos que él decía que estaban muertos. Eso se pasa, ya verá, eso se pasa enseguida, a veces son nervios, dijo una mujer. El semáforo había cambiado de color, algunos transeúntes curiosos se acercaban al grupo, y los conductores, allá atrás, que no sabían lo que estaba ocurriendo, protestaban contra lo que creían un accidente de tráfico vulgar, un faro roto, un guardabarros abollado, nada que justificara tanta confusión. Llamen a la policía, gritaban, saquen eso de ahí. El ciego imploraba, Por favor, que alguien me lleve a casa. La mujer que había hablado de nervios opinó que deberían llamar a una ambulancia, llevar a aquel pobre hombre al hospital, pero el ciego dijo que no, que no quería tanto, sólo quería que lo acompañaran hasta la puerta de la casa donde vivía, Está ahí al lado, me harían un gran favor, Y el coche, preguntó una voz. Otra voz respondió, La llave está ahí, en su sitio, podemos aparcarlo en la acera. No es necesario, inter­vino una tercera voz, yo conduciré el coche y llevo a este señor a su casa. Se oyeron murmullos de aprobación. El ciego notó que lo agarraban por el brazo, Venga, venga conmigo, decía la misma voz. Lo ayuda­ron a sentarse en el asiento de al lado del conductor, le abrocharon el cinturón de seguridad. No veo, no veo, murmuraba el hombre llorando, Dígame dónde vive, pidió el otro. Por las ventanillas del coche acechaban caras voraces, golosas de la novedad. El ciego alzó las manos ante los ojos, las movió, Nada, es como si estu­viera en medio de una niebla espesa, es como si hubie­ra caído en un mar de leche, Pero la ceguera no es así, dijo el otro, la ceguera dicen que es negra, Pues yo lo veo todo blanco, A lo mejor tiene razón la mujer, será cosa de nervios, los nervios son el diablo, Yo sé muy bien lo que es esto, una desgracia, sí, una desgracia, Dígame dónde vive, por favor, al mismo tiempo se oyó que el motor se ponía en marcha. Balbuceando, como si la falta de visión hubiera debilitado su memoria, el ciego dio una dirección, luego dijo, No sé cómo voy a agradecérselo, y el otro respondió, Nada, hombre, no tiene importancia, hoy por ti, mañana por mí, nadie sabe lo que le espera, Tiene razón, quién me iba a decir a mí, cuando salí esta mañana de casa, que iba a ocurrirme una desgracia como ésta. Le sorprendió que continuaran parados, Por qué no avanzamos, preguntó, El semáforo está en rojo, respondió el otro, Ah, dijo el ciego, y empezó de nuevo a llorar. A partir de ahora no sabrá cuándo el semáforo se pone en rojo.
Tal como había dicho el ciego, su casa estaba cerca. Pero las aceras estaban todas ocupadas por coches aparcados, no encontraron sitio para estacionar el suyo, y se vieron obligados a buscar un espacio en una de las calles transversales. Allí, la acera era tan estrecha que la puerta del asiento del lado del conductor quedaba a poco más de un palmo de la pared, y el ciego, para no pasar por la angustia de arrastrarse de un asiento al otro, con la palanca del cambio de velocidades y el volante dificultando sus movimientos, tuvo que salir primero. Desamparado, en medio de la calle, sintiendo que se hundía el suelo bajo sus pies, intentó contener la aflicción que le agarrotaba la garganta. Agitaba las manos ante la cara, nervioso, como si estuviera nadando en aquello que había llamado un mar de leche, pero cuando se le abría la boca a punto de lanzar un grito de socorro, en el último momento la mano del otro le tocó suavemente el brazo, Tranquilícese, yo lo llevaré. Fueron andando muy despacio, el ciego, por miedo a caerse, arrastraba los pies, pero eso le hacía tropezar en las irregularidades del piso, Paciencia, que estamos llegando ya, murmuraba el otro, y, un poco más adelante, le preguntó, Hay alguien en su casa que pueda encargarse de usted, y el ciego respondió, No sé, mi mujer no habrá llegado aún del trabajo, es que yo hoy salí un poco antes, y ya ve, me pasa esto, Ya verá cómo no es nada, nunca he oído hablar de alguien que se hubiera quedado ciego así de repente, Yo, que me sentía tan satisfecho de no usar gafas, nunca las necesité, Pues ya ve. Habían llegado al portal, dos vecinas miraron curiosas la escena, ahí va el vecino, y lo llevan del brazo, pero a ninguna se le ocurrió preguntar, Se le ha metido algo en los ojos, no se les ocurrió y tampoco él podía responderles, Se me ha metido por los ojos adentro un mar de leche. Ya en casa, el ciego dijo, Muchas gracias, perdone las molestias, ahora me puedo arreglar yo, Qué va, no, hombre, no, subiré con usted, no me quedaría tranquilo si lo dejo aquí. Entraron con dificultad en el estrecho ascensor, En qué piso vive, En el tercero, no puede usted imaginarse qué agradecido le estoy, Nada, hombre, nada, hoy por ti mañana por mí, Sí, tiene razón, mañana por ti. Se detuvo el ascensor y salieron al descansillo, Quiere
que le ayude a abrir la puerta, Gracias, creo que podré hacerlo yo solo. Sacó del bolsillo unas llaves, las tanteó, una por una, pasando la mano por los dientes de sierra, dijo, Ésta debe de ser, y, palpando la cerradura con la punta de los dedos de la mano izquierda intentó abrir la puerta, No es ésta, Déjeme a mí, a ver, yo le ayudaré. A la tercera tentativa se abrió la puerta. En­tonces el ciego preguntó hacia dentro, Estás ahí. Nadie respondió, y él, Es lo que dije, no ha venido aún. Con los brazos hacia delante, tanteando, pasó hacia el corre­dor, luego se volvió cautelosamente, orientando la cara en la dirección en que pensaba que estaría el otro, Cómo podré agradecérselo, dijo, Me he limitado a hacer lo que era mi deber, se justificó el buen samaritano, no tiene que agradecerme nada, y añadió, Quiere que le ayude a sentarse, que le haga compañía hasta que llegue su mu­jer. Tanto celo le pareció de repente sospechoso al ciego, evidentemente, no iba a meter en casa a un descono­cido que, en definitiva, bien podría estar tramando en aquel mismo momento cómo iba a reducirlo, atarlo y amordazarlo, a él, un pobre ciego indefenso, para luego arramblar con todo lo que encontrara de valor. No es necesario, dijo, no se moleste, ya me las arreglaré, y mien­tras hablaba, iba cerrando la puerta lentamente, No es necesario, no es necesario.