11 octubre 2010

Pantaleón y Las Visitadoras - Mario Vargas Llosa

(fragmento)
—Despierta, Panta —dice Pochita—. Ya son las ocho. Panta, Pantita.
—¿Las ocho ya? Caramba, que sueño tengo—bosteza Pantita—. ¿Me cosiste mi galón?
—Sí, mi teniente—se cuadra Pochita—. Uy, perdón, mi capitán. Hasta que me acostumbre vas
a seguir de tenientito, amor. Si, ya, se ve regio. Pero levántate de una vez, ¿tu cita no es a?
—Las nueve, si—se jabona Pantita—. ¿Dónde nos mandarán, Pocha? Pásame la toalla, por
favor. ¿Dónde se te ocurre, chola?
—Aquí, a Lima—contempla el cielo gris, las azoteas, los autos, los transeúntes Pochita—. Uy,
se me hace agua la boca: Lima, Lima, Lima.
—No sueñes, Lima nunca, que esperanza—se mira en el espejo, se anuda la corbata Panta—.
Si al menos fuera una ciudad como Trujillo o Tacna, me sentiría feliz.
—Qué graciosa esta noticia en El Comercio—hace una mueca Pochita—. En Leticia un tipo se
crucificó para anunciar el fin del mundo. Lo metieron al manicomio pero la gente lo sacó a la fuerza
porque creen que es santo. ¿Leticia es la parte colombiana de la selva, no?
—Qué buen mozo te ves de capitán, hijito—dispone la mermelada, el pan y la leche sobre la
mesa la señora Leonor.
—Ahora es Colombia, antes era Perú, nos la quitaron —unta de mantequilla una tostada
Panta—. Sírveme otro poquito de café, mamá.
—Cómo nos mandaran de nuevo a Chiclayo recoge las migas en un plato y retira el mantel la
señora Leonor—. Después de todo, allá hemos estado tan bien ¿no es cierto? Para mí, lo principal es
que no nos alejen mucho de la costa. Anda, hijito, buena suerte, llévate mi bendición.
—En el nombre del Padre y del Espíritu Santo y del Hijo que murió en la cruz, eleva los ojos a
la noche, baja los ojos a las antorchas el Hermano Francisco—.Mis manos están amarradas, el leño
es ofrenda, ¡persígnense por mí!
—Me espera el coronel López López, señorita—dice el capitán Pantaleón Pantoja.
—Y también dos generales—hace ojitos la señorita—. Entre nomás, capitán. Sí, ésa, la puerta
cafecita.
—Aquí está el hombre—se levanta el coronel López López—. Adelante, Pantoja, felicitaciones
por ese nuevo fideo.
—La primera nota en el examen de ascenso y por unanimidad del jurado —estrecha una mano,
palmea un hombro el general Victoria—. Bravo, capitán, así se hace carrera y patria.
—Siéntese, Pantoja —señala un sofá el general Collazos—. Y agárrese bien para oír lo que va
a oír.
—No me lo asustes, Tigre —mueve las manos el general Victoria—. Se va a creer que lo
mandamos al matadero.
—Que para comunicarle su nuevo destino hayan venido los jefazos de Intendencia en persona,
le indica que la cosa tiene sus bemoles—adopta una expresión grave el coronel López López—. Sí,
Pantoja, se trata de un asunto bastante delicado.
—La presencia de estos jefes es un honor para mí —hace sonar los talones el capitán
Pantoja—. Caramba, me deja usted muy intrigado, mi coronel.
—¿Quiere fumar?—saca una cigarrera, un encendedor el Tigre Collazos—. Pero no se esté ahí
parado, tome asiento. ¿Cómo, no fuma?
—Ya ve, por una vez el Servicio de Inteligencia acertó —acaricia una fotocopia el coronel
López López—. Tal cual: ni fumador, ni borrachín ni ojovivo.
—Un oficial sin vicios —se admira el general Victoria—. a tenemos quien represente al arma
en el Paraíso, junto a Santa Rosa y a San Martín de Porres.—Tampoco exageren —se ruboriza el capitán Pantoja—. Algunos vicios tendré que no se me

conocen.
—Conocemos de usted más que usted mismo —alza y deposita otra vez en el escritorio un
cartapacio el Tigre Collazos—. Se quedaría bizco si supiera las horas que hemos dedicado a estudiar
su vida. Sabemos lo que hizo, lo que no hizo y hasta lo que hará, capitán.
—Podemos recitar su foja de servicios de memoria —abre el cartapacio, baraja fichas y
formularios el general Victoria—. Ni un solo castigo de oficial y de cadete apenas media docena de
amonestaciones leves. Por eso ha sido el elegido, Pantoja.
—Entre cerca de ochenta oficiales de Intendencia, nada menos —levanta una ceja el coronel
López López—. Ya puede inflarse como un pavo real.
—Les agradezco el buen concepto que tienen de mí—se empaña la vista del capitán Pantoja—
. Haré todo lo que pueda para responder a esa confianza, mi coronel.
—¿El capitán Pantaleón Pantoja?—sacude el teléfono el general
Scavino—. Te oigo apenas. ¿Que me lo mandas para qué, Tigre?
—En Chiclayo ha dejado un magnífico recuerdo—hojea un informe el general Victoria—. El
coronel Montes estaba loco por conservarlo. Parece que el cuartel funcionó como un reloj gracias a
usted.
—"Organizador nato, sentido matemático del orden, capacidad ejecutiva"—lee el Tigre
Collazos—. "Condujo la administración del regimiento con eficacia y verdadera inspiración."
Caracoles, el zambo Montes se enamoró de usted.
—Me confunden tantos elogios—baja la cabeza el capitán Pantoja—. Siempre he tratado de
cumplir con mi deber y nada más.
—¿El Servicio de las qué?—suelta una carcajada el general Scavino—. Ni tú ni Victoria pueden
tomarme el pelo, Tigre, ¿se han olvidado que soy calvo?
—Bueno, al toro por los cuernos—sella sus labios con un dedo el general Victoria—. El asunto
exige la más absoluta reserva. Me refiero a la misión que se le va a confiar, capitán. Suéltale el cuco,
Tigre.
—En síntesis, la tropa de la selva se anda tirando a las cholas—toma aliento, parpadea y tose
el Tigre Collazos—. Hay violaciones a granel y los tribunales no se dan abasto para juzgar a tanto
pendejón. Toda la Amazonía está alborotada.
—Nos bombardean a diario con partes y denuncias—se pellizca la barbilla el general Victoria—
. Y hasta vienen comisiones de protesta de los pueblitos más perdidos.
—Sus soldados abusan de nuestras mujeres—estruja su sombrero y pierde la voz el alcalde
Paiva Runhuí—. Me perjudicaron a una cuñadita hace pocos meses y la semana pasada casi me
perjudican a mi propia esposa.
—Mis soldados no, los de la Nación—hace gestos apaciguadores el general Victoria—. Calma,
calma señor alcalde. El Ejército lamenta muchísimo el percance de su cuñada y hará cuanto pueda
para resarcirla.
—¿Ahora le llaman percance al estupro?—se desconcierta el padre Beltrán—. Porque eso es
lo que fue.
—A Florcita la agarraron dos uniformados viniendo de la chacra y se la montaron en plena
trocha—se come las uñas y brinca en el sitio el alcalde Teófilo Morey—. Con tan buena puntería que
ahora esta encinta, general.
—Usted me va a identificar a esos bandidos, señorita Dorotea—gruñe el coronel Peter
Casahuanqui—. Sin llorar, sin llorar, ya va a ver cómo arreglo esto.
—¿Se le ocurre que voy a salir?—solloza Dorotea—. ¿Yo solitita delante de todos los
soldados?
—Van a desfilar por aquí, frente a la Prevención—se esconde detrás de la rejilla metálica el
coronel Máximo Dávila—. Usted los va espiando por la ventana y apenas descubra a los abusivos me
los señala, señorita Jesús.
—¿Abusivos?—salpica babas el padre Beltrán—. Viciosos, canallas y miserables, más bien.
¡Hacerle semejante infamia a doña Asunta! ¡Desprestigiar así el uniforme!
—A Luisa Cánepa, mi sirvienta, la violó un sargento, y después un cabo y después un soldado
raso—limpia sus anteojos el teniente Bacacorzo—. La cosa le gustó o qué sé yo, mi comandante,
pero lo cierto es que ahora se dedica al puterío con el nombre de Pechuga y tiene como cafiche a un
marica que le dicen Milcaras.a los tres reclutas el coronel Augusto Valdés—. Y el capellán los casa en este instante. Elija,

elija, ¿cuál prefiere para papá de su futuro hijito?
—A mi señora la pescaron en la propia iglesia—se mantiene rígido en el borde de la silla el
carpintero Adriano Lharque—. No la catedral, sino la del Santo Cristo de Bagazán, señor.
—Así es, queridos radioescuchas—brama el Sinchi—. A esos sacrílegos lascivos no los
contuvo el temor a Dios ni el respeto debido a Su santa casa ni las nobles canas de esa matrona
dignísima, semilla ya de dos generaciones loretanas.
—Comenzaron a jalonearme, ay Jesús mío, querían tumbarme al suelo—llora la señora
Cristina—. Se caían de borrachos y hay que oír las lisuras que decían. Delante del altar mayor, se lo
juro.
—Al alma más caritativa de todo Loreto, mi general—retumba el padre Beltrán—. ¡La ultrajaron
cinco veces!
—Y también a su hijita y a su sobrinita y a su ahijadita, ya lo sé, Scavino—sopla la caspa de
sus hombreras el Tigre Collazos—. ¿Pero ese cura Beltrán está con nosotros o con ellos? ¿Es o no
capellán del Ejército?
—Protesto como sacerdote y también como soldado, mi general—hunde vientre, saca pecho el
mayor Beltrán—. Porque esos abusos hacen tanto daño a la institución como a las víctimas.
—Está muy mal lo que pretendían los reclutas con la dama, por supuesto—contemporiza,
sonríe, hace venias el general Victoria—. Pero sus parientes casi los matan a palos, no lo olvide. Aquí
tengo el parte médico: costillas rotas, hematomas, desgarrón de oreja. En este caso hubo empate,
doctorcito.
—¿A Iquitos? —deja de rociar la camisa y alza la plancha Pochita—. Uy, qué lejos nos
mandan, Panta.
—Con madera haces el fuego que cocina tus alimentos, con madera construyes la casa donde
vives, la cama donde duermes y la balsa con que cruzas el río—cuelga sobre el bosque de cabezas
inmóviles, caras anhelantes y brazos abiertos el Hermano Francisco—. Con madera fabricas el arpón
que pesca al paiche, la pucuna que caza al ronsoco y el cajón donde entierras el muerto. ¡Hermanas!
¡Hermanos! ¡Arrodíllense por mí!
—Es todo un señor problema, Pantoja—cabecea el coronel López López—. En Contamana, el
alcalde ha dado un bando pidiendo a los vecinos que los días francos de la tropa encierren a las
mujeres en sus casas.
—Y sobre todo qué lejos del mar—suelta la aguja, remacha el hilo y lo corta con los dientes la
señora Leonor—. ¿Habrá muchos zancudos allá en la selva? Son mi suplicio, ya sabes.
—Fíjese en esta lista—se rasca la frente el Tigre Collazos—. Cuarentaitrés embarazadas en
menos de un año. Los capellanes del cura Beltrán casaron a unas veinte, pero, claro, el mal exige
medidas más radicales que los matrimonios a la fuerza. Hasta ahora castigos y escarmientos no han
cambiado el panorama: soldado que llega a la selva se vuelve un pinga loca.
—Pero el más desanimado con el sitio pareces tú, amor—va abriendo y sacudiendo maletas
Pochita—. ¿Por qué, Panta?
—Debe ser el calor, el clima, ¿no cree?—se anima el Tigre Collazos.
—Muy posiblemente, mi general—tartamudea el capitán Pantoja.
—La humedad tibia, esa exuberancia de la naturaleza—se pasa la lengua por los labios el
Tigre Collazos—. A mí me sucede siempre: llegar a la selva y empezar a respirar fuego, sentir que la
sangre hierve.
—Si la generala te oyera—ríe el general Victoria—, ay de tus garras, Tigre.
—Al principio pensamos que era la dieta—se da un palmazo en la barriga el general Collazos—
. Que en las guarniciones se usaba mucho condimento, algo que recrudecía el apetito sexual de la
gente.
—Consultamos a especialistas, incluso a un suizo que costó una punta de plata—frota dos
dedos el coronel López López—. Un dietista lleno de títulos.
—Pas d'inconvenient—anota en una libretita el profesor Bernard Lahoé—. Prepararemos una
dieta que, sin, disminuir las proteínas necesarias, debilite la libido de los soldados en un ochenta y
cinco por ciento.
—No se le vaya a pasar la mano—murmura el Tigre Collazos—. Tampoco queremos una tropa
de eunucos, doctor.
—Horcones a Iquitos, Horcones a Iquitos—se impacienta el alférez Santana—. Sí, gravísimo,

de suma urgencia. No hemos obtenido los resultados previstos con la operación Rancho Suizo. Mis
hombres se mueren de hambre, se tuberculizan. Hoy se desmayaron otros dos en la revista, mi
comandante.
—Nada de bromas, Scavino —sujeta el teléfono entre la oreja y el hombro mientras enciende
un cigarrillo el Tigre Collazos—. Le hemos dado vueltas y más vueltas y es la única solución. Allá te
mando a Pantojita con su madre y su mujer. Que te aproveche.

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