21 enero 2010

Novelas que bailan tango

Tres novelas recientes –de Tomás Eloy Martínez, de Federico Andahazi y de Juan Terranova– abordan ambientes y personajes del tango. Y lo tratan como a un objeto cultural prestigioso y con un respeto alejado del desdén y de las ironías que en su momento le dedicaron Arlt, Cortázar o Marechal.
Si se tipean las palabras "tango" y "novela" en la ventana de un buen buscador de internet, en menos de un segundo aparecerán unas 19.200 referencias. Es probable que en algún rincón de esa galaxia verbal esté inscripta una trajinada pero ceretera definición: "el tango es una novela de tres minutos". Y es seguro que una gran cantidad de esas referencias pertenecerán a las últimas semanas. En la Argentina la palabra "tango" danza en el cyberespacio, en las librerías y en las mesas de la Feria del Libro.
Es que han aparecido dos novelas, El cantor de tangos (Planeta) de Tomás Eloy Martínez, y Errante en la sombra (Alfaguara) de Federico Andahazi, que han trepado a la lista de best sellers y que se suman a otra novísima del también novísimo Juan Terranova, El bailarín de tango (Ediciones del Dragón). El terceto garantiza cortes, quebradas, voces aguardentosas, tragedias sombrías y una Buenos Aires revistada hasta sus heces.
Las páginas de estas tres ficciones se suman a una tradición. El tango —"voz africana, corrupción de shango, dios del trueno y de las tempestades entre los negros yorubas de Nigeria", según arriesga el Diccionario de Argentinismos— y la novela vienen de un matrimonio de décadas que no por duradero luce esclerosado. Poco tenía aún la canción popular urbana de estetización for export cuando los socialistas y anarquistas de 1920 reunidos en torno de la revista "Claridad" (Leónidas Barletta, Elías Castelnuovo, Alvaro Yunque, César Tiempo, entre otros que iban y venían del grupo Boedo) se acercaron a los temas y personajes del suburbio. Y con ello a sus tópicos más reivindicativos: las soledades sin consuelo de los pibes pobres, las melancolías de los amores de esquina perdidos en manos de quienes tenían la botonera para encender las tramposas luces del centro, o la crítica al "niño bien pretencioso y engrupido", figura que concentró el rechazo al acercamiento entre el tango y la oligarquía porteña.
Redentoristas, programáticamente ideológicos, en los boedistas el gotán aparece con los compases de la crítica social, como un guiño cordial entre el escritor y el pueblo, sujeto activo de solidaridades y esperanzas y deseado depositario de la línea política. Ya no será así cuando la novelística argentina comience a dispararse hacia sus cumbres.
Roberto Arlt no abunda en alusiones tangueras. Pero cuando menta al dos por cuatro en El juguete rabioso (1926) no será precisamente en clave salvífica sino como banda de sonido de las caídas vitales de los bajos fondos. El traicionado Rengo, ingenuo amigo del protagonista Silvio Astier, prepara sus correrías delictivas tarareando tangos. En Los Lanzallamas, cuando Haffner, El Rufián Melancólico, agoniza, recuerda o delira que en ese mismo momento sus habituales contertulios mafiosos están preparando un picnic con escolazo en el Bajo Belgrano, al sur de Boedo o en Vicente López. Su alucinación es precisa: "el moreno Amargura desenfarda el bandoneón y en el pasto verde se destrenza el tango, negro ritmo de carnaza sensual y angurrienta". Bien. ¿hace falta decir que no hay piedad tanguera en Arlt? Antes que piedad se participa de la mirada despectiva de ciertos sectores medios y altos hacia la música de origen prostibulario.
Otra es la marca que el tango sobrelleva en Adán Buenosayres (1948) de Leopoldo Marechal. En esa novela de impulso joyceano, para describir la ciudad al lector en tono celebratorio, se comienza precisamente con la cita de "El pañuelito blanco/ que te ofrecí/ bordado con mi pelo". Pero la música popular retorna por excelencia en el Adán durante el velorio del padre de La Beba, en Saavedra, donde en términos de lenguaje Marechal hace un homenaje estilizando la letrística del género. Pero por otra parte le discute al tango su impronta de forjador de identidad tomándolo en solfa. El malevaje aparece así como posando para un grotesco.
En su novelística, Julio Cortázar, acude a retaceadas y espinosas citas tangueras. Su actitud se aproxima a los gestos desdeñosos de Arlt. En Los Premios (1960) el tango llega de la mano de Pelusa, cuando los ganadores del concurso que los llevará de viaje se reúnen en un café elegante de la Avenida de Mayo. Con orgullo arrabalero, el Pelusa, a través de su familiaridad con el tango, marca su diferencia de clase ante "los pitucos" que viajarán con él. Como se sabe en Rayuela (1963) reina el jazz por las calles de París. Fuera de alguna mención al pasar, el tango recién se presenta cuando el protagonista Horacio Oliveira regresa a Buenos Aires y se reencuentra con Traveler, su amigo de la secundaria. El cosmopolita Oliveira debe "soportar" las melodías de arrabal que su amigo empuña con su guitarra como Malevaje y Cotorrita de la suerte. Esta visión burlona se disolverá en Cortázar pero no en la novelística, sino en Un gotán para Lautrec, un texto preparado para un libro de Hermengildo Sábat. Allí se rinde incondicionalmente y lo relaciona con sus más caros gustos y sentimientos.
Serán los narradores de los años 50 (Bernardo Kordon, con Alias Gardelito, Bernardo Verbitsky con Calles de tango, Joaquín Gómez Bas con Barrio Gris) quienes reelaboren el realismo del Grupo Boedo y recuperen una presencia más plena del tango, como clave de conflictos pero también como una poética popular posible. Ernesto Sabato en Sobre héroes y tumbas (1961) participará de esta perspectiva donde la música del suburbio se mezcla con el destino nacional en lo bueno y en lo malo hasta adquirir una dimensión metafísica. En esa misma novela la figura de Carlos Gardel surgirá como un icono consolador tras el descenso a los infiernos de su protagonista, Martín, cuando luego de perder a Alejandra Vidal Olmos para siempre es asistido por una mujer de pueblo que tiene una imagen del cantor en su cuarto.
Más cerca, Manuel Puig en Boquitas pintadas (1969), título extraído del tango-foxtro Rubias de New York que Gardel interpreta en la película Tango en Brodway ("Deliciosas criaturas perfumadas/quiero el beso de sus boquitas pintadas") presenta a los ritmos urbanos de Buenos Aires asimilados al sentimentalismo folletinesco, la elusiva promesa sensual, la teleteatral mezcla de amores contrariados.
El cruce tango-novela es, ya lo sabemos, múltiple. A él acudió poco antes de morir Pedro Orgambide con Un tango para Gardel donde un sobreviviente del desastre aéreo de Medellín desempolva secretos y misterios, entre ellos un diario inédito de Alfredo Le Pera. La tentación de apelar al tango es inmensa, hacia adentro y hacia fuera. La novela Sucesos argentinos con la que Vicente Battista que se alzó con el premio Planeta en 1995 y donde aparecen citados los versos de Balada para un loco de Piazzola y Ferrer, fue traducida por Gallimard para los franceses como El tango del hombre de paja. También, alguna vez el escritor y periodista Juan Sasturain recordó la presencia de las letras de tango en los títulos de las novelas argentinas. Aquí unos ejemplos: Ni el tiro del final (José Pablo Feinmann); Una sombra ya pronto serás y No habrá más pena ni olvido (Osvaldo Soriano); Tinta roja (Jorge Manzur); La reina del plata (Bernardo Kordon); Sombras nada más, título de Antonio Di Benedetto recientemente reiterado en su última novela por el nicaragüense Sergio Ramírez.
A la fascinación no le esquivaron escritores españoles como Almudena Grandes que hizo un best seller de Malena es un nombre de tango ni Manuel Vázquez Montalbán que le rinde copiosos homenajes en Quinteto de Buenos Aires
Por lo tanto esta ola tanguera-novelística de hoy tiene en qué apoyarse. Más aun si en la Buenos Aires del 2004 los emprendimientos comerciales ligados al tango —desde las milongas hasta la fabricación de souvenirs— facturan 30 millones de dólares al año, un diez por ciento de lo que se factura en el mundo entero
Los escritores, entonces, no escapan a ese influjo milonguero en su acepción actual, vastamente mitificada por el paso del tiempo, la difusión mundial y capas varias de maquillaje estetizante. Es ya en ese empaque mítico que es tomado por Tomás Eloy Martínez en El cantor de tangos, donde se persigue a un intérprete impar —inspirado sin disimulo en Luis Cardei— para ir develando las claves de una ciudad imposible y bella y de una sociedad incomprensible en su derrotero político —la crisis del 2001 es aquí el telón de fondo— pero también atrapante y misteriosa en su ser y en sus posibilidades.
Federico Andahazi en Errante en la sombra, redobla la apuesta ornamental del tango con una prosa que por momentos parece de entonación gardeliana, más aun con sus sesenta letras escritas ad hoc. Con destino de comedia musical, a cuyo verosímil el escritor acude, la novela conecta con las líneas tendidas por el melodrama de Puig y tiene, con la de Martínez, notables puntos de contacto en las referencias: la sombra de Gardel, la presencia de organizaciones extranjeras dedicadas a la prostitución, la circulación de personajes también extranjeros desde los cuales es posible dar cuenta con más soltura del par extrañeza-encanto que genera Buenos Aires.
El narrador más joven, Juan Terranova (1975) arma en El bailarín de tango una ficción enteramente dialogada donde las peripecias de un misterioso dealer (el bailarín del título) hacen contrapunto con los jocosos comentarios sobre las noticias más escabrosas del día que dos amigas intercambian entre sí por teléfono. El ambiente milonguero no es menos turbio aunque la danza, el acto de bailar el tango, adquiere categoría de salida existencial ante un mundo, un país, presentado como puzzle desconcertante. La fuerte presencia del tango en los últimos años en los medios de comunicación, su penetración en ambientes intelectuales, en la cultura for export y en el extranjero, su cualidad de objeto de estudio aun académico, le han ganado respeto. No se repiten los gestos despectivos frecuentes en Arlt y Cortárzar. Antes bien, el claroscuro de la música ciudadana la dota de valor simbólico que sirve para explicar un país y unos destinos nacionales no menos contrastantes y le extienden la entidad de musa narrativa.

Fuente: Diario Clarin - Vicente Muleiro - 30/04/2004

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