27 agosto 2011

Comunión Plenaria - Oliverio Girondo


Los nervios se me adhirieren
al barro, a las paredes, 
abrazan los ramajes,
penetran en la tierra,
se escapan por el aire,
hasta alcanzar el cielo.

El mármol, los caballos
tienen mis propias venas.
Cualquier dolor lastima
mi carne, mi esqueleto.
¡Las veces que me he muerto
al ver matar un toro!...

Si diviso una nube
debo emprender vuelo.
Si una mujer se acuesta
yo me acuesto con ella.
Cuántas veces me han dicho:
¿Seré yo esa piedra?

Nunca sigo un cadáver
sin quemarme a su lado.
Cuando ponen un huevo,
yo también cacareo.
Basta que alguien me piense
para ser un recuerdo.

08 agosto 2011

¿Ciencia ficción o premonición?


Tres novelas, tres autores

Un mundo feliz – Aldous Huxley – Publicada en 1932
1984 – George Orwell – Publicada en 1949
Fahrenheit 451 – Ray Bradbury - Publicada en 1953

Con una temática similar, estas tres novelas plantean la necesidad de mantener el poderío de los gobernantes en base a la ignorancia, la monotonía, la programación de la mente y la anulación de la capacidad de elegir.

Sin posibilidad de pensar distinto a lo establecido, la reproducción humana basada en la tecnología in vitro y en úteros artificiales, la manipulación genética, la distracción permanente de la mente mediante un aturdimiento constante de imágenes y voces que impide la elaboración de razonamientos propios.

¿Vamos camino a ese estilo de sociedad?
La TV ¿es un medio para que la población no desarrolle opinión propia acerca de los temas importantes? ¿O para que piense de determinada manera?
¿Pensar es peligroso? ¿Tener ideas es peligroso? ¿Desarrollar un concepto es peligroso?
¿Cuán cerca o lejos estamos de lo narrado en estas novelas?

05 junio 2011

Ancestra - Enrique Ballesteros Fernández

Un grupo de amigos en una lluviosa noche de viernes; la Venta “La Nada”, un caserón perdido en los montes de Málaga; un anciano atormentado por sus fantasmas y un enigma del pasado, oculto durante décadas, por descubrir.
En este escenario, propio de novela de terror, el paso del tiempo, la muerte, el desamor, la nada o el olvido son algunos de los monstruos que van aterrando a Néstor Pérez hasta el punto de confundirse el pasado con el presente, lo real con lo imaginario, la cordura con la locura.
Mientras, tratará de vivir la otra vida de su tía abuela Estrella en “Ancestra”, un sueño de un grupo anarquista de los años previos a la guerra civil consistente en rescatar del pasado y del olvido a todos y cada uno de los antepasados del pueblo, para salvar su recuerdo de esos monstruos.
“Ancestra”  es una inquietante e intensa historia que atrapa al lector y lo pone ante el abismo y el drama vital de la lucha por el recuerdo,  ese ultimo reducto de inmortalidad que nos es permitido.

22 mayo 2011

El Cuaderno de Maya - Isabel Allende

Es una historia muy contemporanea, sucede en 2009, es sobre una chica americana de 19 anos, nacida en Berkeley, que se mete en los tremendos y termina de fugitiva en una islita de Chilo. Así, Isabel Allende se aleja del pasado, que fue el gran escenario de sus ltimas novelas. Soy Maya Vidal, diecinueve anos, sexo femenino, soltera, sin un enamorado, por falta de oportunidades y no por quisquillosa, nacida en Berkeley, California, pasaporte estadounidense, temporalmente refugiada en una isla al sur del mundo. Me pusieron Maya porque a mi Nini le atrae la India y a mis padres no se les ocurri otro nombre, aunque tuvieron nueve meses para pensarlo. En hindi, maya significa hechizo, ilusión, sueño, nada que ver con mi carácter. Atila me calzara mejor, porque donde pongo el pie no sale más pasto. Mi historia comienza en Chile con mi abuela, mi Nini, mucho antes de que yo naciera, porque si ella no hubiera emigrado, no se habra enamorado de mi Popo ni se habría instalado en California, mi padre no habría conocido a mi madre y yo no sería yo, sino una joven chilena muy diferente.

27 marzo 2011

PREMIO ALFAGUARA DE NOVELA 2011




"El ruido de las cosas al caer" de Juan Gabriel Vásquez


El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez ha sido galardonado con el Premio Alfaguara de Novela 2011, dotado con 175.000 dólares (unos 133.306 €) y una escultura de Martín Chirino, por la obra El ruido de las cosas al caer, presentada bajo el título Todos los pilotos muertos y con el seudónimo Raúl K. Fen. El jurado, presidido por Bernardo Atxaga y compuesto por Gustavo Guerrero, Lola Larumbe, Candela Peña, Imma Turbau y Juan González, ha declarado ganadora la novela por unanimidad.

Juan Gabriel Vásquez nació en Bogotá en 1973. Es autor del libro de relatos Los amantes de Todos los Santos (Alfaguara 2001) y de dos novelas. Los informantes fue elegida en Colombia como una de las novelas más importantes de los últimos veinticinco años y fue finalista del Independent Foreign Fiction Prize en el Reino Unido. Historia secreta de Costaguana ha obtenido el premio Qwerty a la mejor novela en castellano (Barcelona), el premio Fundación Libros & Letras (Bogotá) y está actualmente en la lista de los finalistas del finalista del Independent Foreign Fiction Prize que se falla el próximo 26 de mayo en Londres. Ha vivido en París y en las Ardenas belgas, y en 1999 se instaló definitivamente en Barcelona. Ha traducido obras de John Hersey, Victor Hugo y E. M. Forster, entre otros, y su labor periodística también es destacada: Vásquez es columnista del periódico colombiano El Espectador, y ganó el Premio de Periodismo Simón Bolívar con El arte de la distorsión, ensayo incluido en el libro del mismo título. También es autor de una breve biografía de Joseph Conrad, El hombre de ninguna parte(2007). Sus libros están traducidos a catorce lenguas.

El ruido de las cosas al caer se inicia con la exótica fuga y posterior caza de un hipopótamo, último vestigio del imposible zoológico con el que Pablo Escobar exhibía su poder. Ésta es la chispa que arranca los mecanismos de la memoria de Antonio Yammara, protagonista y narrador de El ruido de las cosas al caer, un negro balance de una época de terror y violencia, en una Bogotá descrita como un territorio literario lleno de significaciones.
En 1995, Antonio conoce al intrigante Ricardo Laverde, quien ha pasado veinte años en la cárcel. Laverde, de quien se sabe que fue piloto, forma parte de la parroquia de unos billares donde Yammara, joven profesor universitario de Derecho, consume el ocio de su última juventud. Entre los dos se fraguará una estrecha amistad, y Antonio, que pasa por la vida desdibujado por la duda, creerá ver en la experiencia torturada de su amigo un aviso.

13 marzo 2011

Las Puertas del Infierno - John Connolly

Samuel Johnson tiene un montón de problemas. Su padre se preocupa más del coche que de la familia, su madre se siente sola y únicamente su perro, Boswell, lo comprende de veras. Por si esto fuera poco, los Abernathy, sus estrambóticos vecinos, están a punto de abrir las puertas del infierno sin saberlo. Samuel puede impedirlo, pero nadie va a creerle, y el tiempo corre… De pronto, el destino de la humanidad está en manos del pequeño Samuel, de un perro aún más pequeño y de un demonio muy desafortunado llamado Nurd.

John Connolly nació en Dublín en 1968. Estudió filología inglesa en el Trinity College de Dublín y periodismo en la Dublin City University. Desempeñó diversos oficios antes de colaborar con el Irish Times, para el que sigue escribiendo. Vive en Dublín, pero pasa parte del año en Estados Unidos, donde se desarrollan sus novelas. Es autor de la célebre y adictiva serie policiaca protagonizada por Charlie Parker.

12 marzo 2011

1Q84 - Haruki Murakami

Ya está a la venta el nuevo y esperado libro del suceso japonés Haruki Murakami, 1Q84. Pocos lectores occidentales no han oído hablar aún de este exitoso escritor y traductor japonés, quien ha publicado varios best-sellers y colecciones de cuentos, entre los que cabe destacar Norwegian Wood, After Dark, Sputnik mi amor, Kafka en la orilla, De qué hablo cuando hablo de correr y Al sur de la frontera, al oeste del sol, entre otros. A menudo tildado de literatura pop por la crítica literaria de su país, la ficción humorística y surreal de Murakami le ha reportado un inmenso número de lectores en el mundo entero.
¿A qué se debe el curioso título de su más reciente novela? Pues al hecho de que en japonés, la letra q y el número 9 son homófonos, los dos se pronuncian kyu. De esta manera, 1Q84 es, sin serlo, 1984, una fecha que a todos nos remite a Orwell. Esa variación en la grafía manifiesta la tenue alteración del mundo en que habitan los personajes de este libro, que es, también sin serlo, el Japón de 1984.
En un mundo en apariencia normal e identificable habitan Aomame, instructora en un gimnasio, y Tengo, profesor de matemáticas. Ambos, con sus treinta años, viven vidas solitarias y perciben a su manera los leves desajustes en su entorno, que los llevarán inexorablemente a un destino común. Y ambos son más de lo que parecen. Como telón de fondo, el universo de las sectas religiosas, el maltrato y la corrupción, un universo enrarecido que el escritor transmite con una precisión que nada tiene que envidiarle a la de Orwell. Sin duda, 1Q84 será una lectura ineludible para los seguidores de Murakami.

El Grito Silencioso - Kenzaburo Oé

El grito silencioso, una extraordinaria novela de Kenzaburo Oé, supuso un paso esencial en la consolidación de su singular mundo narrativo. De hecho, éste era su libro más conocido y mejor valorado en Occidente hasta que, en 1994, la concesión del premio Nobel despertara un creciente interés por el conjunto de su obra. La historia de dos hermanos, Mitsusaburo -«Mitsu» y Takashi -«Taka»-, a la búsqueda de descifrar los complejos signos de un destino que anuda lo intransferiblemente personal a las determinaciones de la tradición y del linaje, arrastra al lector hacia un vértigo alucinado de acción y reflexión, que avanza en un movimiento espiral. Los hermanos viajan a la isla de Shikoku, tierra de sus orígenes, persiguiendo las trazas de un antepasado que cien años antes -justo cuando Japón emprendía su intempestiva modernización- había capitaneado una revuelta campesina; Taka, que se identifica con él, para emular su coraje lleva a los muchachos del equipo de fútbol que dirige a rebelarse contra «el emperador del supermercado» (de ahí el subtítulo con el que se conoció esta novela: El primer partido de fútbol de la era Man''en ). En esa cínica degradación del ideal por la que un hombre apuesta su vida y la de sus prójimos se esconde una de las claves de esta historia terrible. Las otras pueden hallarse en el ojo ciego de Mitsu, que ve lo que los otros son incapaces de apreciar; en la decadencia a la que se abandona su esposa tras el nacimiento de su hijo retrasado; en la violencia sorda y constante que atraviesa toda la narración, aun en sus momentos hilarantes, como un auténtico «grito silencioso». Verdaderamente prodigioso en su capacidad de anudar mito a historia, alucinación y lucidez, irritación y ternura, anécdota y parábola, para señalar en un gesto casi desinteresado la enorme profundidad del pozo de locura que se abre bajo las existencias aparentemente « normales», Oé ha sido comparado por esta novela con Céline y Jean Genet y, por supuesto, con Dostoievski.

08 marzo 2011

Día Internacional de la Mujer - Mujeres y Letras


El rol de la mujer en la literatura ha recorrido un largo y arduo camino, al igual que su inserción en la sociedad. El acceso a la cultura y la educación fue muy restringido en casi toda la antigüedad. Como ejemplo podemos citar a Sor Juana Inés de la Cruz quién tuvo que ingresar a una orden religiosa como única manera de acceder al mundo de los libros y la escritura. ¡Nos hubiéramos perdido de una excelsa poesía si esta mujer no hubiera optado por el camino religiosos!. Pero el tiempo demostró que la tenacidad de la mujer y su fuerza de voluntad pudieron más que todas las trabas y piedras en el camino que los hombres pudieron ponerle. Y llegamos a disfrutar de una familia entera de mujeres literatas, como las hermanas Brontë, por ejemplo o de las hermosas novelas de Jane Austen. Y luego llegaron más Simone de Beauvoir, Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, Rosa Montero, Ángeles Mastretta, Virginia Woolf, y tantas otras. Los años de silencio y enclaustramiento quedaron en el olvido para siempre. La voz femenina ya puede gritar libremente para delicia del mundo de la literatura.

Feliz Día para todas mis amigas lectoras, Feliz Día de la Mujer.
Lector De Libros

07 marzo 2011

Leopoldo Marechal - Adán Buenosayres

Prólogo Indispensable

    En cierta mañana de octubre de 192., casi al mediodía, seis hombres nos internábamos en el cementerio de Oeste, llevando a pulso un atúd de modesta factura (cuatro tablitas frágiles) cuya levedad era tanta, que nos parecia llevar en su interior, no la vencida carne de un hombre muerto, sino la materia sutil de un poema concluido. El astrólogo Schultze y yo empuñabamos las manijas de la cabecera, Franky Amundsen y Del Solar habían tomado las de los pies: al frente avanzaba Luis Pereda, fortachón y bamboleante como un jabalí ciego; detrás iba Samuel Tesler, exhibiendo un gran rosario de cuentas negras que manoseaba con ostentosa devoción. La primavera reía sobre las tumbas, cantaba en el buche de los pájaros, ardía en los retoños vegetales, proclamaba entre cruces y epitafios su jubilosa incredulidad acerca de la muerte. Y no había lágrimas en nuestros ojos ni pesadumbre alguna en nuestros corazones; porque dentro de aquel ataúd sencillo (cuatro tablitas frágiles) nos parecía llevar no la pesada carne de un hombre muerto, sino la materia leve de un poema concluido. Llegamos a la fosa recién abierta: el ataúd fue bajado hasta el fondo. Redoblaron primero sobre la caja los terrones amigos, y a continuación las paladas brutales de los sepultureros. Arrodillado sobre la tierra gorda, Samuel Tesler oró un instante con orgullosos impudor, mientras que los enterradores aseguraban en la cabecera de la tumba una cruz de metal en cuyo negro corazón de hojalata se leía lo siguiente:
ADAN BUENOSAYRES
R.I.P.

    Luego regresamos todos a la Ciudad de la Yegua Tobiana.
    Consagré los días que siguieron a la lectura de los dos manuscritos que Adán Buenosayres me había confiado en la hora de su muerte, a saber: elCuaderno de Tapas Azules y el Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia. Aquellos dos trabajos me parecieron tan fuera de lo común, que resolví darlos a la estampa, en la seguridad de que se abrirían un camino de honor en nuestra literatura. Pero advertí más tarde que aquellas páginas curiosas no lograrían del público una intelección cabal, si no las acompañaba un retrato de su autor y protagonista. Me di entonces a planear una semblanza de Adán Buenosayres: a la idea originaria de ofrecer un retrato inmóvil sucedió la de presentar a mi amigo en función de vida; y cuanto más evocaba yo su extraordinario carácter, las figuras de sus compañeros de gesta, y sobre todo las acciones memorables de que fui testigo en aquellos días, tanto más se agrandaban ante mis ojos las posibilidades novelescas del asunto. Mi plan se concretó al fin en cinco libros, donde presentaría yo a mi Adán Buenosayres desde su despertar metafísico en el número 303 de la calle Monte Egmont, hasta la medianoche del siguiente día, en que ángeles y demonios pelearon por su alma en Villa Crespo, frente a la iglesia de San Bernardo, ante la figura inmóvil del Cristo de la Mano Rota. Luego transcribiría yo el Cuaderno de Tapas Azules y Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia, como sexto y séptimo libros de mi relato.
    Las primeras páginas de esta obra fueron escritas en París, en el invierno de 1930. Una honda crisis espiritual me sustrajo después, no sólo a los afanes de la literatura, sino a todo linaje de acción. Afortunadamente, y muy a tiempo, advertí yo que no estaba llamado al difícil camino de los perfectos. Entonces, para humillar el orgullo de algunas ambiciones que confieso haber sustentado, retomé la páginas de mi Adán Buenosayres y las proseguí bien que desganadamente y con el ánimo de quien cumple un gesto penitencial. Y como la penotencia trae a veces frutos inesperados, volví a cobrar por mi obra un interés que se mantuvo hasta el fin, pese a las contrariedades y desgracias que demoraron su ejecución.
    La publico ahora, vacilando aún entre mis temores y mis esperanzas. Antes de acabar este prólogo, debo advertir a mi lector que todos los recursos novelescos de la obra, por extraños tal vez que les resulten a algunos, se ordenan rigurosamente a la presentación de un Adán Buenosayres exacto, y no a vanidosos intentos de originalidad literaria. Por otra parte, fácil ha de serle comprobar que, tanto en la cuerda poética como en la humorística, he seguido fielmente la tónica de Adán Buenosayres en su Cuaderno y en suViaje. Y una observación final: podría suceder que alguno de mis lectores identificara a ciertos personajes de la obra, o se reconociera él mismo en alguno de ellos. En tal caso, no afirmaré yo hipócritamente que se trata de un parecido casual, sino que afrontaré las consecuencias: bien sé yo que, sea cual fuere la posición que ocupan en el Infierno de Schultze o los gestos que cumplen en mis cinco libros, todos los personajes de este relato levantan una "estatura heroica"; y no ignoro que, si algunos visten el traje de lo ridículo, lo hacen graciosamente y sin deshonor, en virtud de aquel "humorismo angélico" (así lo llamó Adán Buenosayres) gracias al cual también la sátira puede ser una forma de la caridad, si se dirije a los humanos con la sonrisa que tal vez los ángeles esbozan ante la locura de los hombres.

L.M.

06 marzo 2011

MISTERIOSA BUENOS AIRES - Manuel Mujica Lainez

I

EL HAMBRE
1536

Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de
los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía.
Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes.
Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos.
Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el “Ave María” heráldico del fundador.
El enfermo se retuerce como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario de madera, se aferra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastrar el pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes, de los que condujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo. Y si no hubiera llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas, nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyoolor invade el aposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos. ¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y partirán hacia la comarca del metal y de las perlas? Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y su mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de Santillana finge a su extravío una fruta roja y verde.
Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se torna entonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es un odio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores obra como un estímulo violento. En Morón de la Frontera detestaba al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó! España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de la Plata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las cámaras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores por temor y por envidia. ¡Ah, cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y sus aires! ¡Como si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan cuando pretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentira, mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos príncipes.
¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse?
El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay... no lo hay... Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay. No hay más que ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarse en dos y tiritar en un rincón de la tienda.
El viento esparce el hedor de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces...
Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose.
Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entrelas matas, hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas... Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más...
Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche de nuestro señor Carlos V; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria.
Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia a todos han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi fuerzas, comprueba que el caballero de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruz blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo, y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de pieles de nutria que le envanece tanto.
A este Bernardo Centurión le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro galeras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos. Sabe también que el gran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él la gracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engreimiento? De verle, cuando venía a bordo de la nao, hubieran podido pensar que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene un modo de volver la cabeza morena, casi africana, y de hacer relampaguear los aros de oro sobre el cuello de pieles, que a Baitos le obliga a apretar los dientes y los puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doria! ¿Y qué? ¿Será él menos hombre, por ventura?
También dispone de dos brazos y de dos piernas y de cuanto es menester... Conversan los señores en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuando las mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encaje del mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutrias se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos. Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos del viento.
El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala. Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Había callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni suhermano, ni tan siquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de oraciones.
Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación... Si el genovés se fuera de una vez por todas... de una vez por todas... ¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre?
Ninguno lo sabrá. Un salto y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él, exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad...
No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorralado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae encima y siente, sobre la cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto al cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar con un brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, en saciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse. 
El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más.

05 marzo 2011

Libros reeditados

                                                                   Tres pasos en la ciudad
Elvio Gandolfo definió La reina de las nieves El instituto Caminando alrededor nouvellesescritas entre 1967 y 1977 que hoy se reeditan juntas, como "tres pasos de una trilogía urbana donde el clima narrativo se va haciendo progresivamente más espeso". Un espesor que se despliega moroso en la narración, crudamente realista y melancólica, acosada por      ensoñaciones que alteran el tono y prefiguran la tragedia.

La reina de las nieves 
Por Elvio Gandolfo 
Irrupciones, 200 páginas.




Delicada imaginación
Además del que da título al volumen, Autobiografía de Irene incluye otros cuatro relatos de Silvina Ocampo, entre ellos "El impostor", llevado varias veces al cine con distintos títulos. Brilla siempre la delicada imaginación de Ocampo y su prosa al borde de la poesía. La edición se completa con un epílogo de Ernesto Montequin y "un argumento" inédito para una versión de "El impostor" que no llegó a filmarse".



Autobiografía de Irene 
Por Silvina Ocampo 
Lumen, 192 páginas.

09 enero 2011

La máscara de Ripley - Patricia Highsmith

1 (fragmento)

Tom se hallaba en el jardín cuando sonó el teléfono. Dejó que madame Annette, el ama de llaves, lo contestase y siguió raspando el húmedo musgo que se adhería a los lados de los peldaños de piedra. El mes, octubre, se había presentado lluvioso.
—M’sieur Tome! —oyó decir a madame Annette con su voz de soprano—. ¡Londres al aparato!
—Ya voy —respondió Tom. Tiró la paleta al suelo y subió los peldaños. El teléfono de la planta baja estaba en la sala de estar. Tom no se sentó en el sofá de raso amarillo porque llevaba los pantalones sucios.
—Hola, Tom. Aquí Jeff Constant. ¿Recibiste...? —se oyó un ruido.
—¿Puedes hablar más alto? La comunicación es muy mala.
—¿Está mejor así? Yo te oigo muy bien.
El teléfono siempre se oía bien en Londres.
—Un poco.
—¿Recibiste mi carta?
—No —dijo Tom.
—¡Oh! Tenemos problemas. Quería ponerte al tanto; Hay un... Se oyó crepitar el aparato, luego un zumbido seguido de un chasquido sordo y la comunicación quedó cortada.
—¡Maldita sea! —musitó Tom. «¿Al tanto de qué? —se preguntó—. ¿Es que algo iba mal en la galería? ¿Se trataba de Derwatt Ltd.? Y ¿por qué tenían que advertirle a él precisamente?»
Tom apenas estaba involucrado. Ciertamente él había dado con la idea de Derwatt Ltd., y ello le proporcionaba ciertos ingresos, pero... Tom miraba el teléfono, esperando que volviese a sonar de un momento a otro.
«Quizás debiera llamar a Jeff», pensó. Desechó la idea. No sabía si Jeff estaba en su estudio o en la galería. Jeff Constant era fotógrafo. Tom se dirigió hacia la puerta vidriera que comunicaba con el jardín posterior. «Rasparé un poco más de musgo» —decidió. Tom cuidaba el jardín para pasar el rato. Le gustaba dedicar una hora diaria a esta tarea. Cortaba el césped con la segadora manual, pasaba el rastrillo, quemaba ramitas y arrancaba las malas hierbas. Era un buen ejercicio que, además, le permitía soñar despierto. Apenas llevaba unos instantes trabajando con la paleta, cuando el teléfono sonó.
Madame Annette estaba entrando en la sala de estar con un plumero para quitar el polvo. Era una mujer de escasa estatura y cuerpo robusto, de unos sesenta años y más bien alegre. No conocía ni una sola palabra de inglés y parecía incapaz de aprender incluso a decir «buenos días», lo cual convenía perfectamente a Tom.
—Yo responderé, madame —dijo Tom, tomando el aparato.
—Allô! —se oyó decir a Jeff—. Escucha, Tom, me pregunto si puedes venir a Londres.
A Londres, yo...

—Tú, ¿qué?
La comunicación era deficiente otra vez, aunque no tanto como la anterior.
—Decía que... Te lo he explicado en mi carta. Ahora no puedo darte detalles. Pero se trata de algo importante, Tom. —¿Es que alguien ha metido la pata? ¿Bernard, quizá? —En cierto modo. Un hombre está en camino desde Nueva York, probablemente llegará mañana.
—¿Quién es?
—Te lo explicaba en mi carta. Ya sabes que la exposición de Derwatt se inaugura el martes. Intentaré mantenerlo alejado hasta entonces. Ed y yo estaremos demasiado ocupados para recibir visitas.
La voz de Jeff denotaba ansiedad.
—¿Estás libre, Tom?
—Pues... sí, lo estoy.
Pero Tom no tenía el menor deseo de ir a Londres.
—Intenta ocultárselo a Heloise. Me refiero a tu viaje a Londres.
—Heloise está en Grecia.
—¡Oh, magnífico!
Por primera vez el tono de Jeff reflejaba cierto alivio. Aquella tarde, a las cinco, llegó la carta de Jeff, por correo urgente y certificado.

104 Charles Place

N.W. 8

«Apreciado Tom: »La nueva exposición de Derwatt se inaugura el martes día 15.Es la primera en dos años. Bernard tiene diecinueve telas nuevas y contamos con que nos presten otras. Ahora vamos por las malas noticias.
»Se trata de un americano llamado Thomas Murchison; no es un marchante, sino de un coleccionista retirado y podrido de dinero. Hace tres años nos compró un Derwatt. Lo comparó con un Derwatt de una época anterior que acababa de ver en Nueva York, y ahora dice que se trata de una falsificación. Es cierto, desde luego, ya que es uno de los que pintó Bernard. Me escribió una carta a la Buckmaster Gallery diciendo que, en su opinión, el cuadro que le vendimos no es auténtico porque la técnica y los colores corresponden a una época cinco o seis años anterior, en la obra de Derwatt. Tengo un claro presentimiento de que Murchison viene con la intención de armar jaleo. ¿Qué podemos hacer al respecto? A ti siempre se te ocurren buenas ideas, Tom.
»¿Puedes venir para hablar con nosotros? Todos los gastos irán a cargo de la Buckmaster Gallery. Más que ninguna otra cosa necesitamos una inyección de confianza. No creo que Bernard haya metido la pata en ninguna de las nuevas telas. Pero se le ve muy excitado y no queremos tenerle aquí durante la inauguración, especialmente durante la inauguración.

»Por favor, ¡ven en seguida si puedes!»
Saludos,

Jeff

»P. D. La carta de Murchison era cortés, pero supongamos que sea la clase de individuo capaz de insistir en entrevistarse con Derwatt en Méjico para asegurarse, etc.»

Esta última observación era muy acertada —pensó Tom— porque Derwatt no existía. El cuento (inventado por Tom) hecho público por la Buckmaster Gallery y por la pequeña banda de leales amigos de Derwatt era que éste se había retirado a un pueblecito de Méjico y no recibía a nadie, carecía de teléfono y había prohibido a la galería dar cuenta de su dirección. Bien, si Murchison se trasladaba a Méjico iba a cansarse de tanto buscar y tendría trabajo para toda una vida.
Lo que Tom veía como si ya estuviese sucediendo es que Murchison, que probablemente se traería el cuadro de Derwatt, empezaría a hablar con otros marchantes y finalmente con la prensa. Ello podría levantar sospechas y traer consigo el final del mito Derwatt. «¿Se vería metido en el asunto por el gang?» —pensó Tom—. (Tom empleaba siempre la palabra gang cuando pensaba en el grupo de habituales de la galería, los viejos amigos de Derwatt, a pesar de que odiaba este término siempre que lo empleaba). Además —se temía Tom— Bernard podía citar el nombre de Tom Ripley, no con mala intención sino a causa de su insensata, casi divina, honradez.
Tom había mantenido su nombre y su reputación intachables, sorprendentemente intachables si se tenía en cuenta todo cuanto había hecho. Resultaría muy embarazoso que los periódicos franceses publicasen que Thomas Ripley, de Villeperce-sur-Seine, esposo de Heloise Plisson, hija de Jacques Plisson, millonario y dueño de la empresa Plisson Pharmaceutiques, era el cerebro creador del lucrativo fraude llamado Derwatt Ltd., y llevaba años percibiendo un porcentaje del mismo, aunque se tratase solamente de un diez por ciento. El asunto resultaría excesivamente vil. Incluso Heloise, cuyo sentido de la moralidad era, en opinión de Tom, prácticamente inexistente, reaccionaría ante el hecho, con toda probabilidad. Su padre, por supuesto, ejercería presión sobre ella (suprimiéndole su asignación) para que se divorciase.
Derwatt Ltd., era ya una empresa de envergadura y su caída provocaría repercusiones. Con ella se derrumbaría el provechoso negocio de materiales para artistas que se vendían con la marca Derwatt y que proporcionaba también un porcentaje, en concepto de derechos de explotación, a Tom y al gang. Luego estaba la Escuela de Arte Derwatt en Perusa, destinada a acoger principalmente a viejecitas simpáticas y a jóvenes americanas de vacaciones en Europa pero, así y todo, una buena fuente de ingresos. Las ganancias de la escuela no eran, en su mayoría, producto de las enseñanzas de arte que en ella se impartían ni de la venta de los productos Derwatt, sino que procedían principalmente de su labor de intermediaria en la búsqueda de alojamiento en casas y apartamentos amueblados, siempre los más caros, para los turistas-estudiantes de bolsillos forrados de dinero que a ella acudían. La escuela percibía una parte del dinero del alquiler. Su dirección estaba a cargo de dos «locas» inglesas que no tenían conocimiento del engaño Derwatt.


Tom no acababa de decidirse sobre si debía o no ir a Londres. ¿Qué podía decir a los demás? Por otro lado, no acababa de comprender el problema. ¿Acaso un pintor no podía volver a emplear una técnica ya superada en uno de sus cuadros?
—¿M’sieur prefiere chuletas de cordero o jamón frío esta noche? —preguntó madame Annette a Tom.
—Chuletas de cordero, creo. Gracias. Por cierto, ¿cómo está su muela?
Aquella mañana madame Annette había visitado al dentista del pueblo, en quien tenía depositada una confianza inmensa, para que le examinase una muela que no la había dejado dormir en toda la noche.
—Ya no duele. ¡Es tan simpático, el Dr. Grenier! Me dijo que se trataba de un absceso, pero abrió la muela y me dijo que el nervio caería solo.
Tom asintió con la cabeza y se preguntó como diablos el nervio podía caer por sí solo. Seguramente por la fuerza de la gravedad. Una vez le habían tenido que extraer un nervio, también de una muela superior, con gran esfuerzo.
—¿Eran buenas las noticias de Londres?
—No, es decir... Era simplemente la llamada de un amigo.
—¿Hay noticias de madame Heloise?
—Hoy no.
—¡Ah, imagínese el sol! ¡Grecia!
Madame Annette estaba frotando la superficie ya rutilante de una gran cómoda de roble colocada al lado de la chimenea.
—¡Fíjese! No hay sol en Villeperce. Ya tenemos el invierno encima.
—En efecto.
Madame Annette llevaba ya varios días diciendo lo mismo cada tarde.
Tom no esperaba ver a Heloise hasta cerca de Navidad. Aunque, por otro lado, era capaz de presentarse repentinamente, sin avisar, por haber tenido una riña, intrascendente pero irreparable, con sus amigos, o sencillamente por haber cambiado de parecer sobre los largos cruceros marítimos. Heloise era muy impulsiva.
Tom puso un disco de los Beatles para levantarse el ánimo; luego, con las manos en los bolsillos, paseó de un lado a otro por el espacioso cuarto de estar. Le gustaba la casa. Era un edificio de dos plantas, de forma más bien cuadrada y construido de piedra gris, con cuatro torreones sobre otras cuatro habitaciones circulares, situadas en las esquinas de la planta alta, que daban a la casa el aspecto de un pequeño castillo. El jardín era inmenso y la finca había costado una fortuna, incluso para un americano. El padre de Heloise la había entregado como regalo de boda hacía tres años. Antes de casarse, Tom había estado necesitado de dinero, ya que el de Greenleaf no le bastaba para disfrutar del tipo de vida que le gustaba, y ello le había inducido a aceptar una parte en el asunto Derwatt. Ahora se arrepentía de ello. Se había conformado con un diez por ciento incluso cuando este porcentaje representaba muy poco. Ni él se había percatado de que el asunto Derwatt florecería de modo semejante.

Tom pasó la velada del mismo modo que la mayoría de sus veladas, tranquilo y solo, pero sus pensamientos estaban agitados. Puso el tocadiscos estereofónico a poco volumen, mientras comía, y leyó a Servan-Schreiber en francés. Se encontró con dos palabras que desconocía. Las buscaría por la noche en el Harrap's que tenía en la mesita de noche. Tenía una memoria muy buena para retener palabras que luego buscaba en el diccionario.
Después de cenar se puso un impermeable, aunque no llovía, y se dirigió a pie al pequeño café-bar situado a un cuarto de milla de distancia. Allí tomaba café algunas tardes, de pie ante la barra. Invariablemente Georges, el propietario, le bacía preguntas sobre Heloise, y se lamentaba de que Tom tuviese que pasar tanto tiempo solo. Aquella noche Tom dijo alegremente:
—Oh, no estoy seguro de que permanezca en ese yate un par de meses más. Se aburrirá.
—Quel luxe! —murmuró Georges con expresión soñadora. Era un individuo barrigudo y carirredondo.
Tom desconfiaba de su sempiterno buen humor. La esposa, Marie, una morena robusta y enérgica que usaba lápiz de labios de un tono rojo chillón, era una mujer decididamente dura, pero tenía una forma de reír estrepitosa y feliz que la hacía simpática. El bar era de los que frecuentan los obreros y ello le traía sin cuidado a Tom, pero no era su bar favorito. Simplemente era el que caía más cerca. Al menos Georges y Marie nunca se habían referido a Dickie Greenleaf. En París, algunos conocidos suyos o de Heloise sí lo habían hecho, y lo mismo había sucedido con el propietario del Hotel St. Pierre, el único que había en Villeperce. El propietario le había preguntado:
—¿A lo mejor es usted el mister Ripley que tenía amistad con el americano Greenleaf?
Tom había admitido que así era. Pero eso había sucedido tres años antes, y semejante pregunta, siempre y cuando se detuviese en aquel punto, no le ponía nervioso. De todos modos, prefería evitar el tema. Según los periódicos, había recibido una importante suma de dinero, unos ingresos regulares a decir de algunos, en el testamento de Dickie, lo cual era cierto. Al menos ningún periódico había hecho la menor insinuación en el sentido de que el mismo Tom había redactado el testamento, lo cual era igualmente cierto. Los franceses tenían siempre buena memoria para los detalles financieros.
Tras tomarse el café, Tom regresó a pie a casa, diciendo «bono soir» a uno o dos habitantes del pueblo que se encontró por el camino y resbalando de vez en cuando, por culpa de las hojas empapadas que cubrían el borde del camino. No había acera propiamente dicha. Llevaba consigo una linterna pequeña porque los faroles distaban demasiado entre sí. Vislumbró algunas familias cómodamente reunidas en la cocina, mirando la televisión y sentadas en torno a la mesa cubierta con un hule. En algunos patios se oía ladrar a los perros, sujetos con una cadena. Finalmente abrió la verja de hierro, de tres metros de altura, de su propia casa, y la grava crujió bajo sus zapatos. La luz de la habitación de madame Annette permanecía encendida. Madame Annette tenía su propio televisor. A menudo, Tom pintaba por la noche, solamente para distraerse. Sabía que como pintor era muy malo, peor que Dickie. Pero esa noche no estaba de humor. En lugar de pintar, escribió una carta a un amigo de Hamburgo, un americano llamado Reeves Minot, preguntándole cuándo iba a necesitar de sus servicios. Reeves tenía que colocar un microfilm o algo así a un cierto conde Bertolozzi, italiano, sin que éste se diese cuenta. El conde pasaría luego uno o dos días con Tom en Villeperce, y Tom aprovecharía la ocasión para extraer el objeto del equipaje o de donde estuviese —ya se lo indicaría Reeves—,  para mandarlo seguidamente a París, a un individuo del que no sabía absolutamente nada. Tom solía prestar estos servicios de intermediario, a veces con motivo de algún robo de joyas. Resultaba más fácil que Tom sacase la mercancía del equipaje de sus invitados, en vez de que alguien intentase hacerla en un hotel de París, aprovechando la ausencia del portador. Tom conocía superficialmente al conde Bertolozzi a resultas de un reciente viaje a Milán, donde Reeves, que vivía en Hamburgo, se hallaba también a la sazón. Tom y el conde habían hablado de pintura. Por lo general, a Tom le resultaba fácil convencer a quienes disponían de tiempo libre para que pasasen un par de días en su casa de Villeperce y, de paso, admirasen sus cuadros. Aparte de los Derwatts, Tom poseía un Soutine, pintor por cuya obra sentía una especial predilección, un Van Gogh, dos Magrittes, dibujos de Cocteau, de Picasso, y de muchos otros autores no tan famosos pero que él consideraba igual de buenos o incluso mejores. Villeperce estaba cerca de París, y a los huéspedes les agradaba pasar unos días en el campo antes de proseguir viaje hacia la ciudad. De hecho, Tom iba con frecuencia a buscarlos en coche a Orly, ya que Villeperce distaba sólo unos sesenta y pico de kilómetros del aeropuerto. Sólo una vez había fracasado Tom, cuando un huésped americano cayó enfermo inmediatamente después de llegar a casa de Tom debido, probablemente, a algo que había comido por el camino. Tom no había logrado acercarse a la maleta del invitado porque éste se pasó todo el tiempo en cama y despierto. El objeto —otro microfilm— lo había recuperado otro agente de Reeves en París, no sin cierta dificultad. Tom no lograba comprender el valor que podían tener algunas de estas cosas, aunque, a decir verdad, lo mismo le sucedía al leer novelas de espionaje. Además, Reeves no era más que otro intermediario que cobraba un porcentaje como él. Tom se trasladaba siempre a otra población, utilizando el coche, para reexpedir los objetos, cosa que hacía siempre utilizando un nombre y una dirección falsos en el remite.